by j re crivello

En aquel pueblo copiaban los sueños de los vecinos. Eran vagos muy vagos. La siesta se alargaba con insolencia y el primero en abrir era el del bar. Lo veía siempre desde mi ventana alejado y cerca a la vez. En esos largos veranos me enviaba mi madre un mes a vivir con mi padre. Él se dedicaba a farmacéutico, pero no tenía diploma y no vendía medicamentos, o los tenía escasos. Vendía todo lo que se le pasara por su mente. Mi prima por ello siempre le llamó los genes de Mingo. Un tipo especial, de bigotito afilado y risa sarcástica. Alto, mujeriego, renuente a participar en combates que destrozaran la vida. Pero siempre atento, siempre buscando el olfato al dinero, o el olfato al sexo. Era inevitable que su vida diera vueltas por miles de pueblos que el descubría de la nada. Nadie les conocía, bueno a decir, pasado el tiempo sus nombres eran sustituidos por un paréntesis (por aquí paso Mingo) En aquella época yo tenía alrededor de 8 años, más o menos. Nadie me decía lo que hacer, por ello el pueblo vivía metido en mi cabeza: como aquella que respiraba fuerte, como aquel que doblaba una barra de hierro puesta en su boca, o como aquel que al caminar imitaba una pausa, o sea voy, espero, voy, o sea … voy. No había tele, o solo unas horas. No había más que caramelos del mismo color. Y en mí bullía una noticia que duró años: ¡han matado a Kennedy!

Por las tardes en ese pueblo después de abrir el bar todos salían poco a poco a ver qué pasaba. Todos y las víboras. Ellas se movían despacio, se escondían en las piedras, se unían a la fuerza de la tierra.

Pero en todo pueblo siempre hay un sueño. Era rubia de 20, de charla rápida y ávida de caminar. Con ella subí laderas, me moje en los diques que formaba el rio. Me asomé al precipicio de la mujer. Pues hasta allí todas las chicas de mi edad eran como yo pero con vestido. Ella era una que no era más que un sueño atrapado en un enigma. Mis amigos me preguntaban por la extraña relación. Yo me preguntaba por ello. Ella no se preguntaba por nada. Solo atendía a una disposición, la conversación y la aventura.

El verano terminó y el pueblo se derritió como un helado cargado de sueños. Ella se marchó. Yo regrese con mi madre.

En las sierras ladeadas y marrones de aquella lejana comarca aun me veo caminando a su lado. Cuando en la discusión moderna aparece en ráfagas algún escándalo de un amor de diferencia de edades, razono y me pregunto:

¿El amor tiene edad? ¿El sexo tal vez?

Las suaves colinas paren ríos, los ríos víboras y peces de colores. Las piedras ruedan hasta atrapar el agua formando meandros. El sol quema y late, tiene sed de sandias o moras silvestres. Los pueblos abren y cierran sus puertas, sus habitantes se vigilan, se aman y matan a tiros. Las gallinas ponen cientos de huevos, el sexo quema ora aquí ora allá. De vez en cuando un aventurero visita ese encierro de cuatro casas y ama sin licencia y con el trae a su hijo. Y su hijo respira un viento caliente y bobo, pero con intriga. La intriga teje su cuento que recordaremos pasados los años.

Los genes de Mingo han parido muchas historias. Su hijo da fe.

 

Nota:

Los Genes de Mingo (nunca publicaré ese libro ¿O sí?)

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