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Lo primero es hablar, parlar, ser parlanchín. Al contar historias vemos los contenidos que gustan y los reelaboramos de manera sucesiva. Ser chismoso, mucho, oír, ver, atravesar caminos trillados que otros dejan abandonados a la primera. Y al acostarse soñar una y otra vez.

Ayer en uno de mis sueños, bajaba una escalera y aparecía mi madre. Yo cruel casi no le saludo; ella altiva y fresca se acercó como si no hubiera pasado nada durante años. Le pregunté y vivía en mi misma ciudad.

Al soñar las historias buscan vidas y explican sucesivas transformaciones inesperadas. Si al despertar captamos esa compleja red veremos que al trasladarla al papel digital será solo el comienzo de una aventura que se diluirá dejando a su madre alejada en el tiempo.

Si haces reuniones en su casa o sale, a menudo los demás cuentan historias vacías, suaves, casi mini-monólogos, un buen escritor debe preguntar suavemente para obtener información y revivir historias ajenas para transformarlas en el semillero de las propias. No es copiarlas, es sembrar semillas en nuestra creatividad.

Luego están las buenas frases, está plagado de ellas, nos visitan y sonríen como diciéndonos: ¡Exprímeme por favor! Con solo trasladar una de ellas será la base de historias estupendas que crecerán pidiendo permiso a cual más cruel, más astuta, más aguda.

Con ello, podemos hacer listas de ideas, de historias, de chismes, de personajes. Aún recuerdo varios, pero uno era un señor delgado, gris, que bailaba con una rubia despampanante en una sala de fiestas de Barcelona: El Imperator. Allí se daban cita en los años 70/80 casados con sus respectivos paquetes de cigarrillos marca Winston de contrabando de Andorra para ligar señoras que deseaban conquistar una parcela de amor y de economía familiar sana. Pues el tipo en cuestión, bailaba como si tuviera maniatados los testículos. ¡Así… vió!

Cada personaje que descubrimos enciende una historia. –j re

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