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by j re crivello

_Han denunciado un coche -dijo López a su jefe para agregar: “bueno uno de tantos.  Al ver como levantaba las cejas por respuesta, volvería a insistir:    —Jefe, no sé porque tengo una intuición.

—Esa intuición tuya la ¿asocias a qué? –preguntó Marcos.

—A la denuncia de desaparición de Violeta Azulay, quizás la mató en un sitio diferente y luego nos envió la cabeza en una caja. Aunque no poseemos los datos de la cabeza que unan a ambas situaciones al estar tan deformada. Marcos dijo: “espera un segundo”, para ir hasta su despacho, una espina le decía que en aquel montón de información podría encontrar algo. Cuál sería su sorpresa que al entrar dos hojas sobresalían levemente. En su interior bullía una convicción, quien sea, me la ha jugado nuevamente, otra vez por extrañas circunstancias alguien movía aquella partida de anticipación y le señalaba hacia dónde ir.

—López –gritó. Al segundo su ayudante entraba con sumo cuidado, su jefe le mostro una  fotografía de un coche blanco de la marca Seat Ibiza, para preguntarle: ¿de dónde ha salido está fotografía?

—Yo no la he traído

—Miraron y detrás aparecía una dirección de un  descampado de Castelldefels. Su ayudante escribió  en Google maps y estableció que estaba cerca de la estación donde fallecieron hace unos años un grupo de sudamericanos.

—Espera fuera y nos vamos hasta allí —dijo Ramos a su ayudante, para él una intuición sin norte ni referencia le empujaba detrás de este puzle de desaparecida y cabeza sin nombre. Antes de mirar la siguiente hoja, decidió llamar a su mujer, dando un rodeo y sin esperar más que risas del otro lado, al ser más aficionada a consultar con adivinos, pensaba que le echaría una mano. Y dijo: ¿Tu qué pensarías, si cada vez que intuyes algo sobre un asesinato, en la pila de las pruebas o de la investigación, aparecen pistas que se renuevan?

—¡Estás conectado! –dijo ella, con una respuesta sencilla y limpia.

— ¿Yo, con la…?

—Si cariño, con la o con el que ha sido asesinado        –corrigió  su mujer como viéndole venir, luego un largo silencio se impuso, para ella agregar: ¿Chiqui estás ahí?

—Vale –respondió Marcos.

—Tanto reírte de mí en estas cosas y al final… conectas. ¿Cómo se llamaba?

—Violeta  –respondió.

— ¿Y… era guapa?

—Ya estamos con el tema, sí, mucho y parece que muy lista –dijo Marcos con cierto fastidio. Ella agregó: “veo que tu conexión te llama y te cautiva”. Una risa alegre sello la afirmación.

—Tengo que cortar, hoy no iré a comer al mediodía, nos vemos esta noche. Al despedirse Marcos sentía una cierta confusión, hace dos noches había soñado con un coche blanco abandonado en un descampado e intento subirse, pero el sueño volvía a comenzar en el punto de partida fastidiándole los intentos de poseerle. No ¿confundiría su deseo de liberarla de aquella desgracia? Cada vez que comenzaba un caso de este estilo, aparecían estas ensoñaciones, pero la diferencia era que intuía que Violeta parecía estar  presente. Decidió mirar en la otra hoja, decía:

“He subido en su coche, luego de insistir durante días. ¿Por qué acepte una cita nocturna y vil? ¿Qué puede pasarme, si me dejo llevar por un territorio extremo? Intuyo que hacerlo en un coche y al borde de la curva de la carretera de Sitges viendo el mar debe… ¡ser impresionante! Él me ha prometido que con  dos botellas de cava el subidón dura unos minutos y aunque parezca todo tan organizado, me he dicho: ¡sálvate de quedar anclada en el aburrimiento! Por ello me dejare llevar, hasta el límite de lo raro y jugoso. Aunque aún recuerdo a aquella amiga fallecida hace unos meses que me decía: “he conocido a uno que me monta en su coche y  antes de… me pasa  melón frio”

Marcos señalo con lápiz amarillo, la parte de la   carta de una gran sencillez donde aparecía la frase:  la carretera de Sitges,  aquella amiga fallecida, y he conocido a uno que me monta en su coche. Luego con una chincheta unió el coche al melón frio. No quiso pensar en el estilo de aventura e improvisación salvaje que poco a poco descubría en Violeta. Pudo observar en su larga carrera de policía como las personas, si están solas se atreven a montarse en una barca o meterse en un sueño, pero no se preguntan si sus compañeros son lascivos o están poseídos por una mortificación. Había conocido muchos, llenos de aquel asqueroso deseo para hacer daño a quien acepta tan solo para disfrutar de una curva, la luna y el mar. Ello le llevo a recordar la frase “los hombres son solo máquinas de follar” de Violeta. Estaba ante una mujer que en el telediario nacional era un espléndido busto parlante, al cual más de uno le deseaba, de manera improvisada mientras hablada de un accidente, de una manifestación o de los turbios manejos de algún dictador, sin atender que quien relataba era una belleza sencilla, un busto redondo y firme, pero al que adjudicaban valores sobreentendidos. Aunque el contraste era difícil de conciliar, en lo que iba descubriendo, Violeta en su ocio les consideraba aparatos listos para ejecutar una llamada del sexo: hasta que se cruzó uno que… tal vez traía el vibrador roto en la cabeza. La frase retumbaría en sus pensamientos hasta llegar a Castelldefels. El sitio que visitaban, era un espacio detrás de la montaña, la última antes de poder ver el mar. Las urbanizaciones no habían invadido esta parte de esta ciudad costera, pero alguna vez esta zona la usaban los gitanos para abandonar sus coches robados. Pero el valle previo al mar, dormía en un verde suave y esta parte del litoral aún mantenía una increíble belleza alejada de las casas de fin de semana. El coche estaba rodeado de una maleza alta lo que impedía ser visto desde muy lejos. Un técnico de la policía hizo saltar la cerradura y un fuerte olor escapo de su interior. La sangre llenaba todo el suelo y estaba reseca, probablemente aquí le mataría para luego dejarla abandonada en la caja, si coincidían la desaparición la sangre y la cabeza.

—Jefe –dijo su ayudante, aquí no encontraremos nada y la matrícula del coche probablemente es falsa. Mientras un técnico de la brigada recogía pruebas, los dos comenzaron a subir por la carreterilla que daba salida al mar. Casi en la cima aparecía un mar largo y lento, de tonos grises y aguas cálidas que hacía honor a la fama del Mediterráneo.

 

 

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