Año 74

¿Cómo uno se quita de encima un pasado cargado de símbolos? La pregunta mareaba, por ello Mario Varem, fue hasta un cajoncillo que estaba dos plantas más arriba, en un desvencijado altillo, casi sin luz y aunque se dio varias veces con la cabeza contra una madera que sujetaba el techo de la casa familiar resistió. Se había establecido en esa casa, tan solo un mes antes que dijeran que vendría Perón de regreso. Le importaba un pito que ese General con picaduras en la cara y un pasado de risueño gobernante apareciera por allí. Pero a Mother si le parecía agradable y una buena noticia, esa y varias otras rencillas les apartaban, por ello había recordado un oscuro cajón dejado allí casi al final, por su abuelo Juan, quien había conocido en vida a Evita. El rumor establecido entre los familiares, consistía que alguna razón les unió. O sexo, o complicidad en los años de 1951 y 52. Su abuelo le había visitado varias veces en una casona apartada donde ella mantenía charlas con gente de su entorno. Para Mario Varem esas eran intrigas que no le acercaban a su vida diaria, un país en manos de los peronistas que preparaban el regreso de su macho espiritual, mientras la gente esperaba sumida en la idea que llegado el jefe todo podía cambiar; como decía un amigo: “hasta las letrinas aparecerán de olor a rosa”. Mientras rebuscaba, le venía una imagen, un recuerdo atado a una chica jovial, plagada de tics que vivía a dos calles de esta casa y con quien se había topado hace unas horas. ¿Por qué le picaba esta mujer con la cantidad de nalgas sueltas que vagaban por el Gran Buenos Aires? Aquel encuentro, tan solo fue una risa, un golpe, dos palabras:
—Perdón —dijo él con una camisa ajada y tonos azules que le alejaban del porteño normal tan obsesionado con la verruguita o su peinado de gomina con olor a lavanda, o con las ropas de marca.
—Ha sido mi culpa, esta zona es para despistados –dijo ella.
—Lo dices por ti
—No por su cara –contesto ella con una leve sonrisa. Era delgada, llena de fuerza en la forma de mirar. Apasionada, ¿quizás? En estos días de calor una camiseta roja le apretaba los senos hasta decir basta y si mirabas hacia abajo llevaba puesto un pantalón recortado de un tejano antiguo. No llegaba a los 30 años, tendría hijos y un marido de voz intensa que le llevaría al teatro y le daría sexo de manera interminable — pensó tan rápido que le demolió sus deseos.
—Ehh! –dijo Ella pasándole la mano por delante de la cara. ¡Pareces ido! Y broto una risa que cambiaba de paso cada segundo. Mario Varem era atractivo aun, de 30, sin mujer, dedicado a la exportación de pulseras para la Isla de Ibiza. Se maquillaba un poco, como recuerdo de la época hippie y arrastraba un deje razonablemente hortera.
—No… aquí estoy –respondió. ¿Te apetece una copa?, bueno un café. La hubiera llevado hasta la casa que había recuperado de las garras de Mother hace unos días y se la hubiera comido a besos, pero disimuló. ¡Siempre disimulaba! Hasta cuando el cartero le traía las cartas de Mother –que le enviaba desde dos calles más abajo-, largas, frías, llenas de resentimiento y dominio de los espacios débiles que les unían. Esa era la única comunicación que mantenían. Cartas siempre cartas, largas rellenas de reproches. Pero sin más, ella acepto. Y se sentaron en un bar, de aquellos que la ciudad deja unir a los sentimientos, la nostalgia y las largas conversaciones. Y no pararon de conversar de la muerte, del genio, de las cacas de los perros, e inexplicablemente se despidieron a una calle de la casa y solo retuvo que su nombre era Silvia Lara. Ni una mierda de teléfono, ni dirección, ni nada. La dejo escapar. ¡La deje escapar! Pero, llamo a la Telefónica local para preguntar mientras dejaba la caja que su abuelo había abandonado, para decirle a la empleada que le atendía, mientras un grupo de palomas fornicaba en el techo, Sil-vi-a La-ra.
—¿Como dice Señor?
— Sil-vi-a La-ra.
—Me aparecen diez, ¿cuál le doy?
—Una que este a dos calles de Belgrano 256.
—Pues tal vez sea el 2768902. Apuntó el número y colgó. Pudo escribirlo en la misma caja de cartón. Hasta ese momento no había mirado que el aparato de teléfono estaría allí desde hace 30 años, pegado a la pared, al estilo americano con un cable largo de los que usaba Mother, tan sólido, negro con un tubo especial de un cromado en los agujeros. Marcó el número y espero. Del otro lado una voz recia le respondió que esperara, sus temores se dispararon, sería el marido, su novio. ¡Oh Dios! Luego una voz femenina ligera, suave dijo: “Hola”. Él se presentó, le recordó aquel encuentro, luego enumero sus bondades para concluir con un disparate:
—Estoy en un altillo donde fornican palomas y me he acordado de ti. Luego un silencio, dos… y escucho una risa que fue en aumento, para decir:                                                                                                             —Tú vives… ¿en el caserón abandonado de aquí a dos calles?
— ¿Cómo lo sabes? ¡Como narices sabía que aquella casa estaba tan cerca de sus corazones! ¡Que estúpido, se meaba por una tipa que en el gran Buenos Aires las encontraría en cada esquina! Y él agrego: La casa esta fría y llena de teladearañas, y recuerdos. Parece ¡anclada en 1952! –exclamó-.
— ¡Cuando murió Evita! –Exclamó ella, para agregar-, en esas casonas hay mucha fuerza emocional y… sexo
— ¿Sexo?
—Si, algo que las mujeres disimulamos y los tipos desean sin cesar –dijo ella sin inmutarse-.
—Es una respuesta inusual –dijo el, mientras carraspeaba y su frente se llenaba de sudor-, ¡Estaba perdido!, con el aliento a tabaco mentolado y una camisa antigua no tendría éxito, pero insistió en una invitación para ya, para ahora. La risa volvió a crecer desde el otro lado:                                 —¿Y que llevo? –preguntó ella.
—Creo que en la nevera de abajo hay pan y salchichón. Trae vino.
— ¿De Mendoza? “De donde te venga en gana” —Fue su respuesta. “No hay timbre, debes darle fuerte a la puerta, yo estoy en el altillo”.
—Estaré allí en una hora. ¿Tienes cebolla?
— ¿Es para el sexo? –preguntó él-.
—No para hacer una ensalada –dijo ella despidiéndose mientras reía ante tal ocurrencia.

 

Próximos capítulos

Santa Evita

Los Montoneros traerán la revolución

Buenos Aires: Objetos, objetos…

La Mazacre de Ezeiza

Una partida de cartas

Otros

Anuncios