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by j re crivello

Buganvillas

Otoño es una estación propicia para el nacimiento de esta flor, su delicado rojo y la dificultad de poseerla en una pared o un patio abandonado nos recuerda al amor de nuestros hijos. Cuando se acercan a los 20 y se alejan de nuestra realidad.

Podemos poseerles pero debemos dejar que su líquido se escurra sin más. Luego su amor regresara despacio y fértil. Pero al apartarse sentimos un gran dolor y una profunda satisfacción. Se han ido. Y les dejamos, como una lenta y suave tarde de nuestro viaje al frío.

El Jazmín

Es de color blanco o azul cielo. Llega otoño y se retira. Desde el verano ha crecido alocado y su siesta en los tórridos devaneos del sol, nos han grabado en aquella atmosfera de camiseta, tumbona o reinado del lagarto.

Dirá en su momento Epicuro que “el azar es inestable, pero nuestra voluntad es libre”. Esta mezcla de afable inseguridad y pecado por vivir es nuestro sino como humanos.

Desde la madriguera observamos que es posible alumbrar: una borrachera, un estilo, una violenta ráfaga de amor. Podemos elegir y combinarlas. De este coctel explosivo o los subsiguientes  estará previsto el marco de nuestras futuras miserias o alborozos renacimientos.

Por ello el jazmín alberga esta dualidad, crecer y brindarse y aplacar su furia al llegar el frio. Una bebida exquisita de vitalidad que nos embriaga y… envilece.

 Amarillas

De las extrañas trepadoras que pueblan otoño, estas flores crecen por el tallo y luego al afianzarse invaden su entorno hasta desplazar a sus compañeras de viaje. Extraña metáfora de la vida. Su amarillo salvaje y glacial nos atrae hasta partir, un polo diferente de nuestra mirada.

¿Es la angustia de otoño? Una estación que nos interna en el frio y las tardes de poca luminosidad.  Del descaro de esta planta al entregarnos las últimas ráfagas del verano, aparece la mitología de la actividad extractiva, laboral, del crudo invierno de la crisis. Al final del trayecto nos espera lo incierto, el desgaste, ¿Una liberación?

Tal vez hablamos del final de nuestras penalidades y recelos del homo económico o simplemente es un estado vital.

Plegados a la cintura del correoso invierno nos dejaremos llevar. La nuca estará firme, los pensamientos quizás también, pero el corazón batirá alocado ante lo cual, un extraño filosofo como Epicuro definirá: “el futuro no es del todo nuestro, pero no nos deja de pertenecer”.

Plantas sin flores

Acidas, se rebelan ante el otoño. Su ropa esta dura y su savia aguantan. Sin ellas no seriamos capaces de atravesar el frio. Es una lucha entre el final sin arrepentimiento, sin exclusividad y los que continúan ardiendo en su verde amarronado y fértil.

De esa difícil tarea podríamos remitirnos a unas dolorosas conclusiones. Dirá Epicuro que el bien y el mal residen en las sensaciones, y “la muerte es privación de la sensación”. En esta cascada de vida, los que preservan la realidad saben que esta  llama no posee nada de terrible, para “quien está convencido que no vivir, no posee nada de terrible”.

Nuestras amigas las plantas, aquellas que hibernan sus sensaciones o las que se mantienen, nos recuerdan, que al atrapar con un diente una semilla, vemos su delicada apuesta. ¿Dirá Ud. que es un atrevimiento recordar donde está la vida?

Dalí que amaba la vida, se obsesionaba por los enigmas que ella esconde. Su “Gran masturbador” es una irreverencia ante el ocaso. Pero es preferible seguir a Epicuro: “el hecho de conocer correctamente que la muerte no es nada para nosotros, nos hace satisfactoria la mortalidad de la vida”.

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