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Amigos, hoy regresa otro capítulo de Mother: los años de plomo en Argentina (1973/74) Una historia de amor en el marco de la desaparición de una generación ahogada en el desinterés, las desapariciones y el exilio. –j re crivello

Volví al piso de arriba de la casona de Mother, me quedaba recorrer más de una vez ese viejo desván. Vi una caja marrón, tenía unos clavos gruesos que sujetaban una tapa. Ni un signo exterior. Busque un hierro para hacer palanca y le hice saltar las maderas que le protegían. Se veía todo muy ordenado y limpio, desgarré el papel y tiré de una anilla de una carpeta. En su interior de los papeles allí guardados por mi abuelo, pude leer un recorte de periódico, decía:

“Objetos, pues. Objetos que cada noche, cuando su esposo de hábitos regulares se metía en la cama, Evita clasificaba y embalaba para después distribuirlos en persona (10.000 paquetes por aquí, 9.000 por allá, 5.000.000 de juguetes para la Navidad de 1947)” (1). La Fundación llegaría a tener catorce mil empleados y seiscientos millones de dólares a su disposición. En el diario, a veces pulcro de letra redonda estirada hacia arriba y escrito con lagunas, sin fechas, o en otras en la parte trasera de unas facturas impresas en los años 50. En una imprenta que ponía Hermanos Carrizo; decido leer una parte, está escrito en bolígrafo rojo, en el reverso de una factura, una grapa le sujeta a su hilo conductor que es el lomo del Diario de mi abuelo, de cuero y tapas hechas de manera manual. No observo ninguna dirección del relato solo su voz que dice: “la actitud febril y compulsiva de Evita al establecer una carrera contra el reloj entre los años 1949/52 –año de su muerte, en el cual la distribución de todo tipo de compensaciones monetarias o de productos instruyo al régimen, en una suerte de pecado venial, producto de sus incumplimientos enquistados en la maquinaria gubernamental”. Luego otra larga frase: “deberíamos recordar que el culto a la personalidad de Perón, las vejaciones a la prensa, a los partidos de la oposición y la corrupción formarían parte de esta cara oscura del gobierno”. Me detengo y me pregunto en voz alta. ¿Quién permitía que Evita sustituyera a los mecanismos legales del Estado Social, por una suerte de Fundación personal? Aparece en mi mente: Perón. Vuelvo a leer, mi abuelo sigue… “El líder utiliza la capacidad carismática de Evita y la fuerza del Estado para crear una red de clientelismo que coloca al país y a su sociedad en un presente vertiginoso, pero le sitúa fuera del futuro, nos hallamos en una sociedad sin normas ni razón. El despertar del 55 será de estrepito”. Estas dos últimas palabras aparecen subrayadas. Por primera vez hay una fecha, estos papeles están escritos después de la caída de Perón. No deja de ser una hipótesis, dejo de leer para recordar una anécdota, cuando era joven, una tía me acompaño hasta la orilla de un lago, aplanado en los lados, con poca vegetación y mostrándome unos enormes edificios de ladrillo que parecían hundirse en esa lamina liquida, dijo: “Todo aquello lo hizo Evita y Perón. En su época el pueblo vivía muy bien y la nación era muy rica. En los pasillos del Banco Central se acumulaba el oro” (2).
Pero, los sueños duraron hasta la década del 70. Una generación despertó e hizo acopio del cuento construido en una personalidad fuerte, sencilla y carismática. Su muerte prematura permitió separar al uno del otro, el General se fue al destierro en el 55 durante 18 años, pero la memoria se enquisto como una vana esperanza. Aunque, en el caso de Evita fuese de oropel y el sándalo, en la realidad murió sola y angustiada.
Y quedo el mito. De un país de riqueza y facilidad en los favores. Me levante y fui hasta la ventana, la calle larga y arbolada en un lado… latía. Pensé en mi nueva conquista Silvia Lara, desquiciada del Régimen, solo intuía la lucha en los Montoneros. Cada vez que me visitaba, más le amaba y más lejos estaba de sus sueños e ideales. El tiempo se aceleraba y no encontraba asidero en este país donde solo se hablaba del regreso del Mito. Y nadie descubría que ese era un foso que se abriría hasta tragarnos a los amantes (ella y yo), a todos, salvo a Mother que agruparía los silencios en nuevas intrigas para no aceptar que la ruina solo tiene nombre propio.

(1)Eva Perón. La biografía. A Dujovne Ortiz. El País Aguilar Año 1996

(2)Memorias no escritas. J re crivello

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