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Vuelvo a intentar atacar esta novela que se me escurre el final. He hecho cambios -j re

“Joe Slater, que llegó a la institución bajo la atenta vigilancia de cuatro policías estatales, y que era descrito como de carácter sumamente peligroso, no dio, sin embargo, muestras de tal peligrosidad la primera vez que lo vi”. Pág. 37 Más allá del muro del sueño H. P. Lovecraft

Me detuve, mi vida cargaba una gran insatisfacción, delante se podía ver un sendero que se extendía flanqueado por unas rejas. Observe que entre los hierros alguien había abandonado un par de zapatos. Inconscientemente pensé en los que llevaba, estaban muy viejos. Al principio dude, mire hacia ambos lados, ¡era el momento! Me agache y me quite los míos. Comprobé que aquellos eran de mi tamaño, al empujar mi pie sentí un ligero escozor. ¿Qué hago con los otros? Decidí empujarles del otro lado de la reja, al caer la maleza les cubrió. Proseguí caminando –una extraña desazón me abordaba. ¿Y si estaban infectados? Quise regresar sobre mis pasos, una idea me mortificaba, gire en la esquina y entre en un bar. Me apetecía una cerveza. Atravesé por el centro de la sala hasta el final del local y me acomode en la barra. El aspecto era deprimente, aquello pertenecía al Hospital San Roque. Multitud de familiares y médicos hablaban sin descanso. A veces al regresar del trabajo me había detenido en este establecimiento para apurar una copa. Me gustaba reflexionar y dejarme llevar sobre las dificultades de la vida. Desde hace unos años, la monotonía presidía mi existencia, las horas las pasaba –casi siempre- refugiado en una habitación esperando volver al trabajo. Eran años difíciles, caminar por la calle representaba un peligro. Parecía que siempre fuese necesario demostrar tu inocencia. Llame al camarero, le solté 30 pavos y me di vuelta para ir al lavabo. Una presión en mi hombro me freno en seco. Mis pensamientos se disiparon. ¿Quién me retenía con tanta insistencia? Logré ver a mi lado a dos enfermeros con bata blanca. Me asían de ambos brazos. El más alto me empujo en un intento de afirmar su autoridad. Procuré zafarme de su crueldad. Lo único que logre fue que su fuerza aumentara. El camarero quien me conocía intento intervenir. Ni siquiera le escucharon. Me llevaron en volandas hacia la salida. En segundos me encontré en el interior de un furgón Psiquiátrico de la Cruz Roja. ¿Dónde me llevaban? Preferí esperar, decidí que luego protestaría. El viaje fue rápido, por la ventana observe que entrábamos al Borras -un psiquiátrico famoso en la ciudad. ¿Y a cuento de que venía aquello? Abrieron la puerta y sin dejarme hablar uno me cogió por el cuello. La presión me asfixiaba, mientras el otro con paciencia me ponía una camisa de fuerza. Era incapaz de protestar, el miedo y la presión que ejercía el energúmeno me provocaban asfixia y sentía la lengua acartonada. Si intentaba hablar, el gigantón apretaba más. Metido en aquel extraño traje me llevaron hasta una celda o habitación. Allí me soltaron. No podía moverme, aquella cosa me estrangulaba sin dejarme una posición más cómoda.

Desperté varias horas después, me hallaba tumbado en la cama, quizás me había desmayado, ¡esta puta pocilga me hartaba! Por el ruido intentaban abrir la puerta, ¡aquel seria mi momento de protesta! Entro uno que parecía director y dos que le Acompañaban. Intente explicarme, el tipo me miró y esbozo una sonrisa cínica. Pasados unos segundos solo dijo:

_Te has cambiado de ropa, pero te olvidaste de quitar los zapatos. Por ello te reconocimos… Este tío esta chiflado —pensé para gritar con fuerza:

_ ¡Los zapatos no eran míos! La cara de mi interlocutor amago con sorna, dejando que los otros dos me soltaran. Uno me acerco un plato, allí flotaba una sopa lánguida en la que bailaban unos trozos negros. El Director agrego:

_Te trasladaran a Manfredi mañana, si no te pones furioso viajaras sin chaleco. Sin ningún otro gesto se giro y salió. Los dos enfermeros como viejas golfas le abrían el camino. Aunque hice un intento de protestar, cedí. Una extraña indolencia me frenaba diciéndome al oído –este no es el sitio adecuado. Tal vez mi aburrimiento vital me empujaba a seguir en esta dirección. Cogí la cuchara, al introducirla en aquel potingue era suficiente para describir un movimiento aceitoso. Esto me deprimía, cogí el pan para acompañarme. ¡Jodido estaba antes y… más jodido ahora!

 

Llegamos a Manfredi un 16 de junio de 1957. Aún recuerdo que el camión se detuvo frente a una caseta ubicada debajo de un arco donde ponía “Manicomio Modelo Dr. Bravo Gonzalez”. Los conductores enseñaron unos papeles y el furgón echo a andar por una carretera larga y estrecha, bordeada por álamos centenarios. Mientras avanzábamos a nuestro costado se veía una pradera y un bosque que se alternaban. ¡Hermoso sitio! —exclamé—

Sigue mañana…

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