portada-de-el-asilo

by j re crivello

Llegamos a Manfredi un 16 de junio de 1957. Aún recuerdo que el camión se detuvo frente a una caseta ubicada debajo de un arco donde ponía “Manicomio Modelo Dr. Bravo Gonzalez”. Los conductores enseñaron unos papeles y el furgón echó a andar por una carretera larga y estrecha, bordeada por álamos centenarios. Mientras avanzábamos a nuestro costado se veía una pradera y un bosque que se alternaban. ¡Hermoso sitio! —exclamé—

 

A medida que nos acercábamos aparecían distintos pabellones dispersos que se estiraban como manchas entre la arboleda. Los tejados estaban pintados de rojo y volteados en diagonal hacia sus lados protegiendo las galerías que le rodeaban formando un raro abanico. Nos detuvimos en un edificio alto y espigado. La cal blanca  de las paredes enseñaba al visitante que la apatía no era precisamente una característica de este hospicio. Varios enfermos dormitaban bajo el sol, estaban atados con sabanas a las barandillas que delimitaban los zaguanes del campo propiamente dicho. Mi sorpresa fue ver la pradera que nos rodeaba, y como vagaban enfermos sin rumbo, taciturnos, como almas olvidadas entre la hierba y todos con unos trajes grises. El único sitio, ¡el de los maniatados!, era el mío. El Pabellón 1344.

Este edificio construido en 1915 era uno de los 40 que tenía el sanatorio. De dos plantas y 200 habitaciones con zócalos de color rojo que creaban grandes líneas imaginarias en las paredes. Se diferenciaba de los demás dejar a sus enfermos en los días de sol, sentados en grandes galerías y atados con las sabanas. Al verlo desde lejos llamaba la atención a los raros visitantes que contemplaban diminutas cabezas rodeadas de un mar de sabanas.

Al descender del furgón, me llevaron escaleras arriba, la puerta dio paso a un lavabo, y una ducha inmensa. Plana, de zócalo rojo y ventanales altos donde entraba el sol. Casi en la esquina de pie una enfermera gorda, sudada, y gritaba fuerte mientras me miraba:

— ¡Desnúdate! Al terminar de desvestirme, me indico con un dedo en dirección a la ducha de la que caía agua abundante. El primer contacto con el líquido fue brutal, ¡estaba helada! El calor que arrastraba se disipo mostrando un pacto entre la temperatura exterior y la presión del chorro. Estaba distraído y adaptándome cuando sentí un latigazo en mi espalda. Me giré para intentar ver de dónde provenía el hachazo. La enfermera tenía en su mano una cuerda de algodón y cuero. “¡Qué haces bruta!” —exclamé. Una nube de golpes se descargó. Quise apartarme, pero mi edad y fragilidad me lo impedían. Cada golpe me desplazaba en el escándalo de dolor y agua. No pude resistir, cayendo al suelo. Busque levantarme, ella vino en dirección mía, era gorda, ancha, sus tetas inmensas le presionaban para desbordar la bata. Con sus dos brazos redondos y duros me agarró. ¿Qué podía hacer? La propia inclinación hizo que los botones de su bata saltaran dejando que colgaran sus dos senos en aquel infierno. La fuerza del agua no permitía verla. ¡Estaba preso del pánico!, intente sujetarme de los pechos resbaladizos, todo patinaba y éramos una masa de carne ajustándose al desequilibrio. Sentí que ella intentaba erguirse y tirar de mí, pero resbalo cayéndose sentada de culo. La muy estúpida reía de manera insolente, mientras los pelos se le aplanaban bajo la presión del agua. ¡El chorro era del tamaño  de una catarata! Levanto el brazo que sostenía esa fusta original y descargo un mazazo en mi vientre. Me fui hacia ella y le apreté nuevamente los pechos, pero patinaban, se zafaban. Ella abrió sus piernas, ¡no llevaba bragas! Le arrebaté la punta de la fusta e intente meterla en su vagina. Estaba tan desesperado que aturdido escuchaba su risa, me arrebato la fusta y me dio un hachazo en la frente. Retrocedí aturdido  sintiendo que desde mi frente caía un canal de agua y sangre, ella movió su mano derecha e introdujo sus dedos en su sexo, respiro varias veces y exhaló. Con crueldad se esforzó, cerrando las piernas. Transcurrieron unos minutos, el agua caía líquida, fría, como si fuera una salsa de espaguetis. Vi que reaccionaba y se arrastró poniéndose de pie. Mirando hacia mí, cerró su bata. Mientras sonreía me señalo una toalla y algodón con alcohol. Le escuche decir:

—Héctor Prat, descansa un poco. Todos los meses pasarás por la ducha. Levanto la fusta, cerro el agua y se marchó. Estaba molido, ayudándome de un saliente me puse de pie. No estaba herido, sangraba un poco por la frente. Me mire en un espejo, tenía una hinchazón y un corte pequeño, me seque y le puse alcohol. A los minutos ella volvió a entrar con otra bata, llevaba un juego de ropas grises para mí, e incluía una boina, las dejo en una silla. Su sonrisa decía algo ¿le había caído simpático? ¡Por Dios no sería capaz de aguantar otro mes! Al acabar de vestirme, dos enfermeros me acompañaron por un largo corredor. Al atravesar las distintas salas, en el interior se veían cientos de camas una al lado de la otra, formaban cuadrados imaginarios. Los enfermos acostados tenían sus manos atadas. El quejido de algunos, se metía en mi cerebro como si apretasen con saña diciéndome: ¡de aquí no saldrás nunca! Los tipos empujaron una puerta y se abrió la entrada a una gran habitación. Conté rápidamente más de 25 camas. Presionando en mi clavícula, el más grande me estiró en un camastro. Me ataron de ambos lados. Pase así varios días, solo me soltaban para comer e ir a lavarme… ¡Estaba desesperado! Una mañana apareció B J Grass. Era ella, la de la ducha, la enfermera jefe, le miré y sonrió y dio orden que me trasladaran a una habitación individual con un lavabo. Mi suerte cambiaba. BJ Grass era un personalidad que avasallaba, a su alrededor se movía un ejército. De cabello platino, ojos marrones y labios que agregaban un estilo asiático concitaba fidelidades y odios por igual. Su bata blanca no muy larga dejaba ese halo de inquietud que los hombres traducían en sus deseos referidos a la sensualidad: potencia, intriga y suavidad.

Anuncios