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Veneno y Líder aparece en The Pizza en Amazon mañana a Cero Euros (¿Black Friday?)

El gato estaba mojado, era verde el líquido que manchaba su pata derecha. El grifo de la pica goteaba sin remedio. En la pecera, un pez carnívoro se había devorado a los demás y esperaba expectante el error humano de una mano que entrara para acariciarle. Su mordisco de tiniebla se quedaría un dedo del vecino. ¡Si hasta daba rabia ver tamaña dejadez! El dueño del piso dormía agitado sentado sobre un retrete de madera, su cabeza ladeada se apoyaba en unos azulejos rojos. ¿La última noche? Una, o dos más. La radio estaba zumbando un discurso. Era Perón. Su maratón de masticar chicle y hablar de la alegría de la clase trabajadora, o de los descamisados sin roña y paquetes de sabrosos briose en los domingos, sonaba cruel. ¿Era aquel el paraíso? O el final de 1955.

En la despensa del barrio le habían dado al dueño, que ahora dormitaba encima del retrete la ración de vago. Una cartilla marrón que inventaban los infames gobernantes cuando intervenían con precios de dulzura y remiendos aquí o allá. Aún encima de la mesa, estaba el kilo de café, los dos de azúcar y las botellas de leche. La bebida iba a parte. Era la cuenta de la clase obrera que se había acomodado al veneno del domingo, pero racionado en semana. De repente pudo oír que golpeaban la puerta. Nadie podía venir en lunes. De la borrachera del fin de semana no le podían decir ¡ni esto!  Abrió. Era la asistenta social del Régimen. Ella le proveía de algún que otro brillante del economato. La hizo pasar. Solo escucho un discurso que reemplazo al del líder que ya afónico estaría corriendo por el parque sediento de hembras jóvenes, alguna voz agregaría: “para olvidar que el país se caía”.

Luego se escuchó un grito y el dedo astillado del visitante -por su pez hambriento, ¡a quien se le ocurría meter la mano en la charca de los peces! Fue hasta la nevera y le dio un poco de hielo. En la pecera se batía un orgulloso Dios, su pez nadaba en un agua bañada de sangre. Agitada. Llena de efímera venganza. Solo pudo ayudar a llevar a la asistenta social al dispensario. De cuentas de aquello esa mañana no pudo ir al trabajo. El régimen le dispenso por un accidente familiar  –así ponía el papel que le escribieron-. Luego con un vale que le firmaron pudo comprar salchichas, y esa tarde al estar en casa pudo oír como la radio preparaba otro discurso del líder, de visita, por cierto a una fábrica de salchichones.

Nota: Final del régimen peronista en 1955

 

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