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¿Podré acabar esta novela?. ¡Uff amigos! Agradezco vuestro apoyo en el seguimiento -j re

—Pase, abuelo. ¿Ese apelativo indicaba que tal vez mi suerte cambiaría? Al traspasar el umbral apareció ante mis ojos una habitación rectangular de paredes amarillas. Una cama, dos sillas y una mesa corta, de madera parecida a la caoba componían un esqueleto sobrio. Las ventanas daban al patio, me acerque y puse una silla, me subí en ella para asomarme, fuera se veían las luces de los pabellones.

— ¿Qué miras?, -escuche a mi espalda. Un escalofrío me despertó, me giré, allí estaba ella, con su inmenso cuerpo ocupando todo el portal. Vestía una bata entreabierta dejando ver un conjunto rojo con pequeños lunares blancos. Me sentía ridículo subido en aquel pedestal. Di un salto mientras decía que quería salir fuera. Sus ojos brillaron, la cara se le abrió cuajada de picardía, hizo un gesto para que me acercara. Mi corazón se agito, ella humedeció sus labios pasando su lengua con suavidad. Caminé hasta colocarme a su lado, era un poco más baja. Me pidió que le siguiera, abrió una puerta y entramos en una habitación con poca iluminación. Las paredes y el techo estaban pintadas en negro. En el centro una camilla descansaba sobre un pedestal giratorio. “¿Porque te empeñas con este pobre viejo?” –fue mi intento de explicarme pero me contuve. Se marchó detrás de una pared que se abría parecida a la quilla de un viejo barco. Estaba preso del pánico. Al poco rato apareció vestida con una capa azulada. ¿Que llevaría debajo? No fue necesario esperar, la abrió y liberó un sol dorado que colgaba sujeto de sus pechos. Dijo:

—Héctor coge aquel látigo. Fui hasta él y se lo di. Se la veía feliz, sus abundantes carnes bajaban en pliegues hasta sujetar una falda dorada que se insinuaba sobre vientre y cadera. Un golpe dio en mi pecho, empujándome contra la mesa camilla. Me giré de espalda intentando protegerme, pero ella me dio un violento latigazo. Sin dejar que respirara, dio paso al juego. “¡Coge aquella tela y amordázame!” Inerte, tieso, salí de mi sitio en busca del trapo, mientras a mí alrededor oía incesante los latigazos rebotar en el suelo. Al regresar se había instalado encima de la cama. Decidí intervenir y le golpee en el vientre con fuerza, ella me cogió con las dos manos desde los hombros y me empujo en dirección a sus senos. Torpe de mí, me ahogaba entre esas montañas: ¿que pretendía?, ¿debía morderlas? Solo sentía que me golpeaba con furia una y otra vez. Intente aferrarme a la cama y la empuje intentando girase sobre su base, esta cedió y dio tres vueltas despidiéndome contra una silla. Ella fue a dar contra el suelo y comenzó a gritar:

— ¡Damián! ¡Damián!. Se abrió una puerta y por ella entraron dos enfermeros que sujetaban a un fornido de cabellos largos, iba desnudo de cadera hacia abajo, lo llevaron hasta ella y gritando como enloquecido la penetro con violencia. Los ayudantes le sostenían, mientras ella había puesto sus piernas alrededor de su espalda, y sudaba, y gemía. Me incorpore acercándome al espectáculo. La fiera de improviso se soltó, apareciendo más calmada. Uno de los ayudantes cogió el látigo y sin más explicaciones azoto al engendro. Transcurridos unos segundos, ella levanto la mano diciendo basta y se lo llevaron a rastras. Le miré, al verla estirada su cara mostraba una felicidad inaudita. Me dirigí hasta la mesa y cogí una botella de agua, fui hasta su lado y la vacíe en su cara desde una altura de un metro. El cabello se le apartaba, unas facciones suaves y unos ojos lisos de avellana dejaban discurrir el líquido. Repetí varias veces la operación hasta sentir que roncaba. Me estire a su lado y me dispuse a dormir en el desorden. Era verano y el suelo estaba caliente, la humedad pegajosa se evaporaría.

Me despertó cerca de las 7 de la mañana y dijo:

—Te llevaran a otra habitación en este mismo pabellón. Podrás salir a caminar en los horarios establecidos y también tendrás autorización para visitar la biblioteca. Pero… solo me perteneces a mí. Se acercó y me beso en la boca y se marchó. Cogí la ropa –estaba limpia-, y me cambie. Me sentía liberado, al fin tenia quien me protegiera, tan solo era cuestión de contentarla las veces que lo pidiera. Era temprano, fuera el solo se desparramaba por los campos. Salí a caminar por el manicomio. ¿Ella cumpliría lo prometido? ¿Porque me resignaba a este sitio? Tal vez la respuesta más sencilla era que me quedaban pocos años de vida, se comía bien, la habitación era agradable, podía leer y la violencia que me rodeaba no me concernía. Es más, las visitas a mi protectora o al electroshok serían pequeños inconvenientes que iba a soportar. Me dije, “este paseo lo repetiré todas las tardes”. Mi edad les impediría ponerme a trabajar, así que debían alimentarme, vestirme. Al fin, la paz había llegado a mi espíritu.

En los días siguientes, el paseo lo comenzaba en el pabellón Nº 3, luego seguía el 4 y a partir de allí se podía seguir un camino de tierra que circundaba la frontera entre el fin de nuestra civilización y los campos de labranza del que se ocupaban mis compañeros. A continuación venía la panadería, luego el establo y desde su límite partía otro sendero tortuoso y estrecho que descendía hasta el río que señalaba la frontera entre nosotros y una cantera en poder de una empresa privada donde trabajaban algunos enfermos. ¿Qué acuerdo tenían con nuestro Director? Recorriendo el cauce se llegaba hasta un puente que daba a la carretera, el linde desembocaba en el pueblo. Según decían los relatos de los que a diario se escapaban, al final se encontraba un hotel, una gasolinera y… ¡una pista de baile!, en la cual las orquestas tocaban música cada domingo. Al llegar a este punto tomaba por la izquierda para concluir el trayecto. Es por este sitio donde se cruzaba la carretera principal de entrada al hospicio y el arco de entrada que dejaba limpia la vista de los trigales y pastos yermos. Mi cansancio se comenzaba a notar camino del regreso, cuando aprecian los primeros pabellones, que a medida que me acercaba su volumen comenzaba a aumentar. En el que vivía –el de los locos furiosos-, era el último por la derecha. De tejado rojo. Le rodeaban unas  galerías externas con sus enfermos atados a las rejas de los pasillos expuestos al sol. Según mis cálculos invertía una hora en completar el recorrido. La protección que ella ejercía serenaba mi ánimo y su influencia en los enfermeros, me permitía esta escapada diaria que me relajaba y me daba esperanza. ¿Por qué al llegar al puente, no saltaba y escapaba? ¿Qué podía hacer allí fuera?, está pregunta aunque infernal y constante, me consolaba. Ese día pude entrar a la biblioteca por primera vez, de madera, y techos con vigas de hierro traidas desde Inglaterra. Una hilera de mesas con luces que acababan en unas tulipas de cristal verdoso permitía sentarse a unos 50. Pero nunca había nadie. Los locos no leían y los cuerdos esperaban cumplir las horas de trabajo y escapar, salvo ella, B J Grass. La única que estaba como si fuera una reina. Los libros no pasaban del año 1900 pero eran cientos, apilados con perfección, con ese olor antiguo y protegidos por ventanas de cristal. Saque uno, La abeja. Siempre me interesaba el naturalismo. Leí un fragmento de unas hojas interiores:

“He ordenado construir las celdas donde crecerán las reinas de la nueva generación. Tan pronto surja el primer nacimiento, estaré obligada a asesinar a todas las restantes. He tolerado a los zánganos hasta este momento, tan pronto una de ellos este maduro consumará el vuelo nupcial. El apareamiento de mi sucesora permitirá desarrollar la estirpe. Al concluir el dominio de la reproducción será el momento de exterminarlos. Daré orden a mis obreras que con su aguijón cumplan el ritual. Esta gloriosa cita anuncia mi partida. Detrás dejare un ejército. Algunas obreras me acompañaran para formar un nuevo enjambre”. Cerré el libro y miré a mi alrededor, el silencio flotaba… tal vez era un zángano —pensé.

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