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Ante mi manifiesta dificultad por dar final a está novela ayer recibí algunos mensajes de apoyo que agradezco:

C.R. M Juan, la acabarás, seguro…y con nosotros también, por lo menos conmigo…¡¡qué estrés!!…

j. re: jua jua! Me rodea el miedo…

C. R. M. ¿A ti?, no me lo creo…ya he leído cada cosita tuya que ya, ya…

j. re: Pues a veces se impone, esta historia nace alli… a los 8 años. Jugaba en ese manicomio

J. G. R: Me encanta Juan! Dale candela!!

Pues seguimos… con B J Grass -04

Tenía 22 años, mi nombre Car Brown, había dejado a mi familia, deseaba alejarme y construir una nueva vida. Solo disponía de dinero para muy pocos días. Había elegido Manfredi porque tan solo vivían 1000 habitantes. Cerca del pueblo un manicomio albergaba a 4000 enfermos. ¿Qué venía a hacer aquí? El fastidio se mezclaba con la alegría que me producía ir a la aventura.

Mis botas tocaron el borde de la carretera. Era estrecha, recta, con dos curvas por sus extremos que establecían un viaje interminable en la llanura. Era un paisaje egoísta y sutil, de gran amplitud, pero cobarde al aplastar al visitante entre un cielo dulce y azul y una planicie irritante.

Atravesé el camino, del otro lado se veía una gasolinera, una pista de baile y un escenario. Luego un bar y una pensión. A mí alrededor me rodeaba la desolación. Hacía calor, mucho calor. Fuera del poblado veía grandes extensiones. Durante la siesta –fue mi reflexión- infaliblemente todos desaparecían en sus casas, pero tampoco se podía contar gran cantidad de ellas. El lento paseo me dejo frente a la puerta de la pensión, al franquear la entrada observe que serían cerca de las 2 de la tarde. Nadie se veía en la recepción, opte por golpear. Espere un momento, abrieron una puerta lateral. De ella salió una mujer, fina, estrecha de caderas, de pechos abundantes. Estaba más bien despeinada y desarreglada. Vestía con una bata que anudaba con un cinturón a la altura de su barriga, aquel estropicio en el diseño dejaba entrever un movimiento sensual. Me preguntó:

—¿Que desea? Sus ojos chispearon, una luz de deseo despertó en mí la codicia.

—Una habitación, respondí. ¡Que estupidez!, para que si no había venido hasta aquella mugrienta recepción.

—Pase. Su voz grave y un ademán me invito a adelantarme. Atravesamos una sala grande en la que se distribuían cuatro sillones, una mesa y un piano negro  ajado e inservible en una esquina. Hacia el fondo una puerta daba tal vez al patio –en este pueblucho asomarse a la calle era dar con un gran escenario. Por la izquierda una escalera subía a la planta alta. Ella dijo:

—Sígame. Comenzó a subir. Al ir delante, su trasero redondo, erguido, se movía y estiraba. En varias ocasiones casi zozobra. Veía como sobresalían unas piernas carnosas, rosadas. Sus sandalias golpeaban los escalones a ritmo obsceno. Llegamos a la primera planta, ante nosotros apareció otra sala y un largo pasillo del que se divisaban varias puertas. Me preguntó:

—¿Con lavabo?

—Si. Extrajo un manojo de llaves de su bolsillo derecho y se detuvo en la habitación 113, abrió empujando la puerta. Había allí dentro una cama, un ropero y una ventana que al asomarse daba a la pista de baile. Ella me señalo la puerta del lavabo, decidió entrar, le seguí. Como una autómata su relato describía lo que veía, se giró para regresar hacia la cama. Al pasar por su lado el espacio estrecho hizo que su cuerpo se encajara sin proponerlo frente a mí. Nuevamente sus ojos dieron una antigua chispa, percibí que sus senos se hincharon. Dos palmos nos separaban. Su frente sudaba, de sus axilas mojadas despedía un hedor picante. Cual narcótico, aquel olor me paralizaba. Intente retirarme, su piel llena de pecas marrones me atraía. ¿Qué edad tenia? Unos 30 o 40 quizás. Ella murmuro, la voz grave, acida y fría dijo:

—Son 20 pesos diarios incluida la comida del mediodía. Dicho esto acabo de realizar el giro para salir de aquel impasse y del estrecho recinto. Parecía que se marchaba pero se detuvo un momento frente a las cama y se agacho para recoger la manta que entendía estaba puesta de una manera irregular. Por mi parte desde mi posición le observaba contonearse de espaldas. Me pregunte: ¿es perfeccionismo o provocación? Se puso recta, abrió la puerta, antes de salir, mirándome dijo:

—¡Cenamos a las 9! Cerró la puerta. Al irse, el espacio recupero su aburrimiento, decidí abrir el bolso y colgar mi única camisa y pantalón de recambio.

 

La dueña de la pensión —al día siguiente me consiguió un trabajo en la cantera del pueblo. Comenzaba a las 6 de la mañana y regresaba a las 7 de la tarde. El esfuerzo era agotador. Según mis cálculos seriamos unos 4.000 que picábamos o arrastrábamos arena del río o granito de una montaña semi-escondida. En esta tarea trabajaban 3.000 enfermos del psiquiátrico que colindaba con nuestro terreno. ¡No entendía como podían estar aquí!, ni siquiera hablaban. Les veía ir y venir como zombies en función de lo que le ordenasen y al final del día regresaban en grupos a través del camino que les unía con el asilo. Allí bebían una sopa boba y vuelta a empezar. ¿Cuál sería el acuerdo que tenían entre el Director y la familia Grover? Lo más seguro es que una parte de los resultados de la explotación terminara en los bolsillos del Director.

Los Grover, eran los dueños y señores desde hace 100 años de la explotación y de parte de la comarca. Vivían cerca de aquí, en una mansión antigua y destartalada. Lo que ganaba me alcanzaba para pagar la pensión y poco más. La brutalidad de esta familia nos ahogaba. El Viejo —así le llamaban los del pueblo no aceptaba discusiones, mantenía su poder mediante corruptelas y acuerdos. Pocos escapaban a su influencia. ¿Dónde ir si dejaba este pueblo? Por las noches, al regresar extenuado, solo pensaba en marcharme del infierno, pero una intuición me detenía. Tal vez algo me decía que este lugar sofocante y agreste reservaba una pequeña historia en mi futuro. Mientras pensaba, alguien detrás me dio un golpe en la espalda Y dijo apresurado con voz rápida y ojos malévolos: “tú eres el nuevo” y sin parar hablo de la Cantera, de su origen, de los locos que trabajaban, de las buenas mujeres, de su poder, de mi futuro y que me pasaría a trabajar en las oficinas, escupió dos veces  en el suelo y sin más dio vuelta y se marchó. Miré a un lado y un trabajador de la mina dijo con ironía:

—¡Joder! Ese es Grover, el Viejo. ¡Has tenido suerte!

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