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by j re crivello. Derechos mundiales La Abeja (C)

Tenía 23 años, había dejado a mi familia, deseaba alejarme y construir una nueva vida. Solo disponía de dinero para muy pocos días. Había elegido este sitio porque tan solo vivían 1000 habitantes. Cerca del pueblo un manicomio albergaba a 4000 enfermos. Luego una cantera en la cual podía encontrar trabajo ¿Qué venía a hacer aquí? El fastidio se mezclaba con la alegría que me producía ir a la aventura.

Mis botas tocaron el borde de la carretera. Era estrecha, recta, con dos curvas en sus extremos que establecían un viaje interminable en la larga llanura. Era un paisaje egoísta y sutil, de gran amplitud, pero cobarde al aplastar al visitante entre un cielo dulce y azul y una planicie irritante.

Atravesé el camino, del otro lado se veía una gasolinera, una pista de baile y un escenario. Luego un bar y una pensión. Me rodeaba la desolación. Hacía calor, mucho calor. Fuera del poblado se veían grandes extensiones. Durante la siesta –fue mi reflexión- infaliblemente todos desaparecían en sus casas. El lento paseo me dejo frente a la puerta de la pensión, al franquear la entrada observe que serían cerca de las 2 de la tarde. Nadie se veía en la recepción, opte por golpear. Espere un momento, abrieron una puerta lateral. De ella salió una mujer, fina, estrecha de caderas, de pechos abundantes. Estaba más bien despeinada y desarreglada. Vestía con una bata que anudaba con un cinturón a la altura de su barriga, aquel estropicio en el diseño dejaba entrever un movimiento sensual. Me preguntó:

—¿Qué desea? Sus ojos chispearon, una luz de deseo despertó en mí la codicia.

—Una habitación, respondí. ¡Que estupidez!, para que si no había venido hasta aquella mugrienta recepción. Me hizo escribir mi nombre y garabatee un seudónimo: Nil Costa

—Pase. Un ademán me invito a adelantarme. Atravesamos una sala grande en la que se distribuían cuatro sillones, una mesa y un piano negro que ajado e inservible en una esquina. Hacia el fondo una puerta daba tal vez al patio –en este pueblucho asomarse a la calle era dar con un gran escenario. Por la izquierda una escalera subía a la planta superior. Ella dijo:

—Sígame. Comenzó a subir. Al ir delante, su trasero redondo, erguido, se movía y estiraba. En varias ocasiones casi zozobra. Le sobresalían unas piernas carnosas, rosadas. Sus sandalias golpeaban los escalones a ritmo obsceno. Llegamos a la primera planta, ante nosotros apareció otra sala y un largo pasillo del que se divisaban varias puertas. Me preguntó:

—¿Con lavabo?

—Si. Extrajo un manojo de llaves de su bolsillo derecho y se detuvo en la habitación 113, abrió empujando la puerta. Había dentro una cama, un ropero y una ventana que daba a la pista de baile. Ella me señalo la puerta del lavabo, decidió entrar, le seguí. Como una autómata su relato describía lo que veía, se giró para regresar hacia la cama y su cuerpo quedo frente mí. Nuevamente sus ojos dieron una antigua chispa, percibí que sus senos se hincharon. Dos palmos nos separaban. Su frente sudaba, de sus axilas mojadas despedía un hedor picante. Cual narcótico, aquel olor me paralizaba. Intente retirarme, la dura carne me atraía. ¿Qué edad tenia? Unos 30 o 40 quizás. Ella murmuro con voz acida y fría:

—Son 20 pesos diarios incluida la comida del mediodía. Dicho esto acabo de realizar el giro para salir de aquel impasse y del estrecho recinto. Parecía que se marchaba pero se detuvo un momento frente a la cama y se agacho para recoger la manta que entendía estaba puesta de una manera irregular. Por mi parte desde mi posición en el lavabo le observaba contonearse. Me pregunte: ¿es perfeccionismo o provocación? Se puso recta, abrió la puerta, antes de salir mirándome dijo:

—La cena la servimos a las 9 Cerró la puerta. Al irse el espacio recupero su aburrimiento, decidí abrir el bolso y colgar mi única camisa y pantalón de recambio.

 

La dueña de la pensión —al día siguiente- me consiguió un trabajo en la cantera del pueblo. Comenzaba a las 6 de la mañana y regresaba a las 7 de la tarde. El esfuerzo era agotador. Según mis cálculos seriamos unos 4.000 que picábamos o arrastrábamos arena del río o granito de una montaña semi-escondida. En esta tarea trabajaban 3.000 enfermos del psiquiátrico que colindaba con nuestro terreno. ¡No entendía como podían estar aquí!, ni siquiera hablaban. Les veía ir y venir como zombies en función de lo que le ordenasen y al final del día regresaban en grupos a través del camino que les unía con el asilo. Allí bebían una sopa boba y vuelta a empezar. ¿Cuál sería el acuerdo que tenían entre el Director y la familia Grover? Lo más seguro es que una parte de los resultados de la explotación terminara en los bolsillos del Director.

Los Grover, eran los dueños y señores desde hace 100 años de la explotación y de parte de la comarca. Vivían cerca de aquí, en una mansión antigua y destartalada. Lo que ganaba me alcanzaba para pagar la pensión y poco más. La brutalidad de esta familia nos ahogaba. El Viejo —así le llamaban los del pueblo- no aceptaba discusiones, mantenía su poder mediante corruptelas y acuerdos. Pocos escapaban a su influencia. ¿Dónde ir si dejaba este pueblo? Por las noches, al regresar extenuado, solo pensaba en marcharme del infierno, pero una intuición me detenía. Tal vez algo me decía que este lugar sofocante y agreste reservaba una pequeña historia en mi futuro. Una de aquellas tardes un empujón en mi hombro me retiro de mi tarea. Un tipo mediano, con poca barriga, nariz afilada y sonrisa cínica y ya sin edad dijo tan solo: “tú eres el nuevo” y sabes mates”. Luego indico a su ayudante que me pasara a la Administración de la cantera y se marchó. Mi colega levanto la mirada y sin dejar salir de su cara la más pequeña expresión dijo:

—Ese es Grover. Tienes suerte. Las tareas en esta comarca están asignadas por la suerte —pensé.

 

Héctor Prat entro en la Biblioteca como cada día, le sorprendió que esta vez estuviera sentado un tipo ya mayor, medio encorvado. Leía un libro grande casi de tres kilos de peso. Una única luz le dotaba de misterio. Decidió sentarse al comienzo pero aquel le hizo señas y fue a dar frente a él. Se saludaron y le pasó un libro y sin más lo abrió. Su mirada huidiza parecía demostrar una gran cultura pero en este espacio todos hablaban de historias disimiles y las repetían una y otra vez con insistencia. Ya se estaba acostumbrando de este lenguaje de manicomio basado en cuentos cortos que transmitían periodos de lucidez con momentos de paranoia. Aquel solo dijo.

— ¿Ella le ha mostrado la casa? Héctor Prat frunció el ceño y aquel agregó: yo fui su anterior protegido. Sin dejarle hablar, sonrió, rio y salió en dirección a la puerta. Héctor Prat se puso de pie y miró el libro grande que leía quien le acompañaba hace unos minutos, un papel escrito en letra prolija y con lápiz rojo ponía:

Los zánganos están alterados por la ausencia de día y noche; y por unas rutinas de sexo sin deseo ni amor.

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