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1.600.000 españoles comerán en 2017 con la recaudación de alimentos de este fin de semana. Los desajustes entre emprender y crear riqueza con la desigualdad son un reto -j re crivello

Margarita temblaba bajo la lluvia, Una tormenta infame y calurosa escupió agua, tierra y hedor en el verano del trópico. Nadie protestaría. Todos aguardarían con calma que se deshiciese aquel espectro caído desde el cielo.

Ella esperaba que abrieran la fábrica. A las 5 de la mañana un pitido diría ¡adelante!, de allí hasta las 7. Con sus 13 años tenía un compromiso con su familia. Con la literatura barata, también. Dirían que en la piedra de la globalización, millones de pobres se incorporaban al consumo. O, más sueños se reunirían en la aldea. A ella le importaba bien poco, salvo aquella nube azul zafiro que el polvo de las maquinas barrían sobre su pueblo. Un toxico que mataba en barrena. Su agria lengua les pasaba al lado y resucitaba a los que la familia había enterrado. Se decía a si misma que a los 18 se subiría a un tren o a un barco apiñada para dejarse caer donde el mundo les insultaba, pero estaba libre de fuego y suciedad. En esa parte de Europa o América los caciques no podían dictar sus normas y la fría altanería del pan y carne donde iría a comprar a diferencia del pueblo donde residia estaría llena de lineales batiéndose con ofertas. El pitido les despertó. Su nieve aromática comenzó a inundar la aldea. Ni el asco, ni el inoportuno matambre de seda pendiente de comprar, le apartarían de aquel espacio listo para llevarle hasta los 18.

Este artículo aparece en The Pizza

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