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Amigos, solo la vida nos da sabiduría -j re

Transcurren años y uno percibe que algo disturba una relación. Algo que proviene de un ser cercano y al desear que mejore comprueba que no es posible. Ve y percibe que algún ser amado intenta que su legado sea a-sentido por los demás dando–le la razón a sus dificultades, a su egoísmo al amar, a sus intrigas para posicionarse en la constelación familiar. Pero algo no funciona bien, algo no le devuelve a esa interferencia su verdadero caudal de amor. El tiempo le lleva a su muerte. El pasado cruel se impone y deja que el poso de irritación mengue. Otro familiar, aquel que continua en la línea asume el reto de sanar esa rama familiar o empeorarla. No… esta vez la alianza se teje alrededor de otros ejes: la pertenencia, el respeto, la igualdad, la tranquilidad en la belleza de la conversación y el dialogo inter familiar.

Y con el paso del tiempo constatamos que caben todos sus miembros: adultos, jóvenes, niños, maridos o esposas, tímidos u optimistas, necios o fríos, cálidos o respetuosos.

Y sin proponernos una puerta se ensancha y la vitalidad de la rama familiar se alinea entre sí. Y una dosis de creatividad e intercambio insufla genio, nuevos proyectos. En suma la pérdida anterior, la ingratitud se reducen dando paso al caudal natural: el amor.

¿Algo hemos perdido? El tiempo, tal vez, pero no medimos a este por las horas sino por la intensidad de su transcurrir. Todo lo demás es pasado, y este es indestructible, pero agota con su balanza quien equilibra los pesos entre dicha y desdicha, entre amor y des-amor.

 

Nota: en mi caso era mi madre ¿En el suyo… lo ha descubierto?

 

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