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Hector Prat se sentó a comer en el amplio salón, a su lado una persona anciana le miro con cierta sorpresa. Ante ello dijo un “hola” pálido sin demasiada fuerza. El comensal estuvo un rato quieto mientras mordía en su boca un trozo probablemente de pan. Luego descerrajo una frase en voz muy baja:

_ ¿Es Ud. el nuevo protegido de B J Grass? Hector no quiso intervenir. Decidió seguir con aquella sopa de verduras que estaba fría y resbaladiza, pero su colega de la mesa insistio.

—A Ud. le han mostrado la casa? No entendía lo que dejaba caer aquel comensal. Una sonrisa que aumento a carcajada le llevaría a decir que si moviendo su cabeza. El vecino insistió: conozco aquella casa porque fui el protegido de ella hace algunos años. Le ayude a construir su poder y luego su amistad murió. Digamos amistad si se puede decir aquel disparate de mesa camilla y látigo bajo el torrente que se inventa cada tanto.

—¿Ud. le conoce bien a ella? –pregunto Hector Prat

—Si le conoceré. Ella comía en mi mano y yo soñaba al creerme sus promesas.

—¿Y entonces que sucedió?

—Se volvió loca con la idea de la colmena. Solo decía que esperaba llenar aquello de obreras capaces de resistir hasta desfallecer. Decía continuamente que una colonia proviene de una reina y de entre 10 o 30 padres. La transformación en zánganos, reinas u obreras era el modelo de la futura sociedad.

—Pero eso no es posible, ¡somos humanos y establecemos relaciones de afecto!

—Ella hablaba de la restricción. Las abejas utilizan la estabilidad térmica para producir la división social del trabajo entre los 3 grupos. Ella decía que la restricción estaba dirigida por sus decisiones en la jerarquía de la colonia.

—¿Y si alguien se opone

—Le destinan a la Casa. Hector Prat alarmado, quiso ver además de donde estaba el peligro si existían posibles aliados y pregunto.

—¿Quienes se oponen? Quien le respondía, miro hacia los lados y marco en la mesa como si fueran categorías:

—Los primeros los zánganos, debido a que sienten que su tarea reproductora les confina hasta la sed del sexo. Ellos están preparados para ejercer su rol alrededor de 10 veces diarias. Al poco tiempo merman en su rendimiento y de las amenazas pasan a recibir castigos. Son esclavos de la reproducción.

—Ha habido rebelión

—Sí, hace dos años 5 de ellos murieron por la ausencia de respuesta al placer. Ella me llamo una noche enfadada y me ordeno trasladarles a la casa. Lo que ocurrió con ellos no pude conocerlo. Bebió del jarro y su sorbo sonó como un chillido. Luego se levantó yendo hasta la salida. Era la segunda advertencia que recibia, la primera en la Biblioteca y ahora esta. ¿Quién estaría en la casa? Y ¿cómo llegar a ella?

 

 

  1. J Grass me llamo desde la puerta. Serían las 4 de la tarde. Fui detrás de su masa de mujer envuelta en su traje de enfermera jefe. Al llegar a un armario, deslizaría una clavija redonda coronada con un plátano de plata. Una puerta se entreabrió, luego una escalera y al final una amplia galería enclavada en la roca. Un sonido pálido y escamoso correteaba en uno de los pasillos. ¿Sería esta la entrada a la casa? —pensé. Ella empujo su caminata hasta pasearme por varias celdas, varias personas encerradas gemían. No me explicaría nada. La ruta horadada se internaba por una semi penumbra; al girar una cascada fresca y ágil tocaba el suelo, mientras la luz se colaba sin testigos. Rio, con una mirada provocativa se puso debajo del chorro para levantarse la falda y gemir de felicidad. De la parte alta de la chaqueta dejo ver su espléndida anatomía.

—Ven —dijo. Le bese, e hice el papel. A mi edad no respiraba ni sentía gran atracción, pero aquel espacio de naturaleza y vergüenza no dejaba de sorprenderme. Su cuerpo se contorneo. Esta vez no fue necesario un látigo, ni la aparición de su extremado amante. El clímax le deshizo, también en mi produjo un efecto inaudito. Mi excitación era brusca, alegre y fui a por ella mientras se dejaba caer en un lateral. Los espasmos fueron rápidos y los gritos rebotaban en la gruta. Vi que se estiraba en una especie de descanso de arena. Al dormirse recorrí aquella carcasa de cárcel y refugio. Pude adivinar que aquello era un sitio que B J Grass utilizaba no solo para castigos sino para sus negocios. En los pasillos, unas 30 celdas agregadas una a otra y pintadas de un color dorado. Luego vi una especie de almacén y una enfermería o quizás una sala de tortura. Eran tal vez intercambiables.

Al regresar ella estaba sentada en un tonel bajo, se había cambiado. Vestía una bata blanca fina que le daba una fuerza vital y seducía. Los cabellos húmedos  me inspiraban ternura y excitación a la vez. Me miró, ese lento y sediento contacto visual le hacía más humana. Puse otro tonel cerca de su lado y me senté. Ella levanto de su costado una botella y sirvió. Dos vasos de ron cubano. Dos pedazos de alcohol que al tragar rasparon mi esternón de aquellos recuerdos de fracaso y pérdida de la alegría. Aquí me sentía cómodo, importante. Sutil y enmascarado en su cercanía, B J Grass dijo:

Este sitio es como una colmena, allí están la sobreras que no aceptan las normas. Fuera un ejército se dirige hacia una cantera la de los Grover, para traer hasta este sitio lo necesario para la grandeza de esta reina. Sus ojos de vidrio y almíbar se llenaron de orgullo y poder. Y agregó:

—Algunas hormigas producen ácido, las abejas también, al picante te produce escozor, para los químicos es el más simple de los ácidos orgánicos. Nosotras los fabricamos con un átomo de carbono, dos de oxígeno y dos de hidrógeno (1). Lugo sirvió otra copa, B J Grass ahora era una belleza tan atractiva que su poder me influía hasta desearla cautivo de su olor.

 

Nota:

El ácido de las hormigas link

 

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