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Les dedico este artículo el día de mi cumpleaños… ¿bailamos? -j re

“Encontraron el carruaje donde lo habían dejado; el conde dijo una sola palabra árabe a Alí, y los caballos partieron al galope tendido.

Eran las dos en punto en el reloj de Alberto cuando ambos amigos entraron en el salón de baile.” Pág. 497 El Conde de Montecristo (I) Alejandro Dumas

Fueran las dos o las tres al entrar al salón de baile siempre pensamos que aquella aventura nos previene que la noche puede acabar hasta en un destierro. Las pistas donde tantas veces hemos danzado son parte de nuestro aquelarre personal. Llegamos hasta allí con un atuendo planchado para ver si la multitud es nueva o tan solo ha renovado su vicio danzarín. Sea como sea, advertimos que alguna fe nos une a los convocados: ¡danzar! Nos dejamos llevar por ese paradisíaco calentón que la música pone en nuestras mentes. Afiebrados, llenos de alcohol, o montados en un estricto ritmo de pasodoble o un rap aceitoso y mugriento. En todas estas suertes aparece nuestra genética, monos al fin, presuntuosos, casi subidos al árbol, tiritamos o gesticulamos envalentonados en un viaje grupal donde siempre intentamos localizar un partenaire.

En estos ritos de fiebre, por ver si la danza nos prohíbe o libera atendemos a ciertas reglas sociales. Acertar el paso, cuajar un acompañante, vestir como una luciérnaga ofendida, sudar, y dar un toque de sensualidad al asalto de algún estimulo que nos lleve a una aventura caliente, efímera o eterna. Por ello seguimos a S Corales…

–Son las dos. Debemos marcharnos. S Corales se puso de pie, su nueva novia le recordaba que no era gratuito el final. ¿Sería una estrecha mirada en la puerta al llegar; o una aventura palaciega dentro con sonido de sexo? S Corales contesto:

–No puedo mantenerme en pie. La pifia de éxito le había jugado una mala pasada. Al salir fuera, vómito y su nueva novia vio que su palidez era extremada. Llamo a los servicios de urgencia. S Corales paso tres días en el hospital con una brecha en el estómago. En esos días unas flores amarillas intensas llegaron cada jornada. La tarjeta ponía sucesivamente:

1#Espero estés bien. María (la de la disco)

2#Espero estés bien. María, ahora te echo de menos.

3#Espero estés bien. No puedo irte a ver. Trabajo en una compañía aérea y estoy en Asia.

Le dieron el alta y volvió a bailar el viernes siguiente. En la parte oscura de los reservados de una gran disco de Barcelona, casi al final, se podía ver una cabellera rubia aceitosa y labios rojos saturados de crema. S. Corales se acercó hasta ella y le pidió bailar a las 12 en punto. María sonrió, cómplice, sentida. Su vestido de campana ancha como en los años 50 bajaba y subía. S Corales aún pálido brillaba con un peinado engominado que partía su sien con una línea lateral vistosa. La música les ocupo durante parte de la noche y al alba creció, aunque fuera estallara una tormenta inexplicable en un otoño tardío.

 

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