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by j re crivello

Hablar de la madre de uno es una operación quirúrgica, nos resistimos a liberar la energía que contenemos por no aceptar. ¿Los errores? ¿La reconciliación? Asomarse a ese inmenso espacio, es una vez pasado el tiempo, un camino ajetreado. Es más fácil quedarse con la rabia dentro. Pero la intuición prescribe sacar fuera del edificio las largas tardes de desidia y abandono, aunque como hijos cargamos en la cuenta materna nuestras necesidades.

Lo dicho. Quiero guardar mi rabia sin dejar que aquel recuerdo se transforme en capacidad de crear y reconciliarse. Mi madre falleció sola en su piso. Desmayada al lado de la cama, rodeada de sus pinturas, sus cuadros que daban fe de su ascenso a un cierto equilibrio de su alma. De su última etapa solo recuerdo una cierta frustración por un dialogo cargado de reproches y culpas. El alejamiento se cultiva en espacios de nuestra vida para reducir aquello que nos molesta. Creamos un paquete y lo empujamos a zonas donde la memoria fiel y solicita lo archiva bajo cadenas, candados y espacios en los cuales esquivamos en nuestra vida diaria.

¿Es la madre una señora que debe cargar con la ingratitud? Es posible, cada uno de nosotros posee diferentes historias, o sucesos que guarda clasificado en esa zona de esto no debe escapar de aquí. Alguno pensará, los escritores lo tienen fácil, pero llevo 20 líneas y solo deseo alejarme de la zona guardada bajo llave.

#Una señora rubia de ojos verdes que insistía en una relación basada en la culpa por no haber estado cuando debía estar.

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