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by j re crivello

“Los encerraban en el “pabellón de la ciénaga”, no sé de donde habría escapado el nombre, pero suponía una huida al pasado y una vida atada al presente inmediato”. Fuente: Historias basadas en el Manicomio donde jugaba siendo niño.

De locos hablo. Seres ajenos al mundo real, imperturbables en la mirada, sedientos de un regalo que mencionan a gritos cuando tu pasas a su lado: “¡Tabaco! ¡Tabaco!”. Se asoman a un acantilado que les presta vida, pero presienten que pasaran años envueltos en esa diferencia que le aparta de los normales.

A veces el Pabellón de la Ciénaga era un espacio roído por un olor a ausencia. Me dejaban entrar por una tía que trabaja allí. Mientras ella les trasladaba desde sus habitaciones hasta un zaguán que filtraba el día, yo correteaba por aquellas inmensas planicies de zócalo, pared, cama y multitud de ojos abiertos. Cuando conectaba con alguno de ellos, podía escuchar una historia larga y repetida de aciertos y desaciertos. Era como un sendero, aquí o allá sumaban amores o traiciones. Algunos llegados desde Europa, recordaban la Primera Guerra mundial. Eran los del espanto, los que relataban fuego, metralla y la muerte de miles de caballos hacinados entre la pólvora que vomitaba la nueva tecnología nacida con el siglo. Les dolía aquel martirio, aquel enviar a la muerte a miles de ruidosos corceles que reinaban en las praderas y ahora con los ojos fuera de sí rompían de espanto ante un ruido seco y cargado de metralla (1).

En el Pabellón de la Ciénaga, también pude asistir a apretadas nociones de sexo balbuceado por señoras mayores que en sus largas cadenas de palabras intercambiaban consejos de abstinencia y procaces maneras, para hurgar entre las pantorrillas en aquel santuario poseído, aunque no explicado. Eran otros ojos, vivaces, compuestos de retazos de escenas donde asumía que debajo de esas largas faldas dormía o despertaba un secreto, no solo de sexo, sino de vitalidad. La vida y los abortos completaban el círculo. O la desaparición de los bebes hacia familias de bien. En estos casos solo un ronquido del alma, maternal, clamaba por una experiencia única. Podría citar otros relatos, en aquel gran laboratorio de la vida, la sinrazón era tan lúcida que asomaba en cada pasillo.

Al ser tan niño, los recorría como un juego, ahora de adulto los reconstruyo como certidumbre que la locura es inquieta, y nos habla desde la desazón que genera esa pradera cargada de incertidumbres. He repasado papeles anejos que dejaba en las libretas de mi cole, son pequeños fragmentos que coleccionaba. Los he oído de esta marea humana y reproducía en los laterales de mis cuadernos mientras las matemáticas ocupaban una parte de mi mente. Decian cosas tales como:

“Abrígate, dile a R que antes de la tarde beberá leche y un pan. En esa casa le preservaran de esta cárcel que guarda a su madre en una larga noche” (María P.)

“Tú eres niño pero fuera de aquí los cadáveres en los campos se mezclan con caballos muertos y racimos de pólvora. El barro es el aliado da cada soldado, allí guarda su botín de lágrimas”.  (John Rols, ex combatiente)

“Ves esta seda, esconde otra más generosa. Dentro, hacia el final. Allí nació mi niña. Toca, mete tu mano. ¡Toca! Es un acolchado donde las mujeres amamos y sufrimos”.  Salvia (Alemana que rodo por las calles de Paris).

“¡Shist!, ¡shist! Acércate a mi boca, ven, no tengas miedo. Estoy atada a esta sabana por carecer de medios para abrirles el estómago. ¡Shist!, ¡shist! Tu aun eres niño, me llaman… la loca. No hagas caso, ves allí, detrás de aquel campo mañana estaré enterrada. ¡Búscame tabaco!” (Nacida en Dijon, sin nombre, de 80 años)

“Niño, ves. Debajo de la enagua esta la entrada a algo secreto. ¡Ves! Es parecido al pan de cada mañana. Y con mucha miga. ¡Pruébalo! (Lascia, de ojos negros, tez blanca y una mirada golfa y picante)

Las hojas continúan rellenas por una letra apretada, casi redonda. Me prometo y tal vez faltaré a la palabra de volver a ese fabuloso año que corrí por el Pabellón. Es una lista de apetitos, o de ruegos que velan el paso del tiempo. Hasta podría ponerle fecha, en cada lateral de la libreta lleva grabado el año 63.

#El tiempo es un rio separado de nuestras fobias o deseos. Y se nos desvela invulnerable#

 

Notas

(1) Las condiciones eran duras para los caballos en el frente; morían por fuego de artillería, sufrían de enfermedades de la piel y resultaron heridos por gas venenoso. Cientos de miles de caballos murieron y muchos más fueron atendidos en hospitales veterinarios y enviados de vuelta al frente. La adquisición de alimentos equinos era una cuestión importante y Alemania perdió muchos caballos por inanición al faltarle forraje. Fuente Wikipedia

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