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Russia Stamp

Nos vamos a Rusia amigos, esta semana pasaré a las tardes mis artículos de no-ficción –j re

D Roccossick subió al tren cerca de las 3 de la madrugada. La estación roja de Moscú —como así le llamaba su familia, estaba llena de gente que venia del interior con miles de regalos para sus parientes, para ellos una visita cada tanto al corazón del Imperio les llevaría a visitar la tumba de Lenin entre otros. Este líder que conmociono al mundo, en 1917, era recordado por su familia como alguien: “que amaba el anonimato, apreciaba la sensación de seguridad que le producía el destierro y gustaba de manejar los hilos secretos del partido tras los bastidores de una existencia ordenada” (1)  Las largas horas que tenía por delante le llevarían en el Transiberiano por el corazón de Rusia. Aunque era primavera aún se observaba en gran parte de la estepa la cubierta de nieve, o una especie de agua barrosa que se deslizaba sobre los prados. La próxima estación estaba a 400 Km. A su lado le acompañaba una señora redonda como un pez de lago, de canas, labios gruesos y un suave bigotito. Dedujo que bajaría pronto, pero cuando había pasado una hora se la topo de frente a la entrada del baño. El saludo pareció pueril. De aquello como “salgo de aquí y Ud. entra para hacer sus necesidades sobre las mías. Y… ello nos une. O, nos otorga un capricho de la naturaleza en esta sociedad tecnológica”. Pero antes de entrar, el pregunto:

— ¿Esta limpio? Cuasi ridículo, un varón esperaba la confirmación femenina de aquella senda.

—Si. Tenga cuidado de no tirar fuerte de la cadena que se viene una ola de agua que salta hasta sus pies. ¡Vea como me ha dejado la falda! El miro hacia abajo y aquella buena mujer llevaba húmeda la caña que cubría sus piernas. Estas eran rosadas y recias. Los zapatos de color negro brillaban como si la ola de agua se hubiera agazapado detrás de una moda urbana occidental. El pregunto:

— ¿Dónde se baja? “En Nihzny, pero voy a un pueblo llamado Racrok, a casa de un antiguo amigo que es panadero”. La licitud de hablar de un amante de manera directa estaba mal visto. Pero ella se cuidó de agregar: “Es viudo y hace tiempo que insiste para que le  visite y  conocer esa extraordinaria región”. Lo de extraordinario sonaba rebuscado, parecía insistir en la escenografía para alejar de si la complicidad con el panadero. D Roccosick pregunto:

— ¿Es posible que según dicen desde allí venga la fama de comer carne de lobo? Ella le miro con astucia y se persigno:

— ¡Por Dios! La fama les precede, pero aquellos que visitamos la zona, ¡somos tan europeos!, que amamos el buen filete rodeado de salsa al estilo francés. ¿Y sino? –Y callo. D R práctico y no tan ingenuo cabeceo con el movimiento del tren para luego responder:

—La salsa francesa no se contradice con el festín de la jauría. Ambos rieron. Ella se acercó un poco y cerró la puerta del lavabo –y dijo:

—Le contare una historia que he vivido. En esta región –debo confesar, ya estuve una vez. Fue hace dos años, para el verano. Sus habitantes cazan lobos en esa época y les comen en hogueras que hacen en el campo. Yo presencie una cacería.

—Con el señor que Ud. ahora… –dijo D Roccosick

—No, fue con otro señor que contacte a través del correo de citas de las revistas. Lo he utilizado bastante y –tosió con discreción– para agregar abriendo sus ojos bien grandes: ¡con ello conozco Rusia! Pues bien –prosiguió, en aquella cacería presencie como destripan a la manada y luego cuelgan su piel a la entrada de cada habitación, que construyen de madera, durante los días del festín.

—Algo muy normal –puntualizo D R. El alma rusa esta desequilibrada en sus juegos de caza y rebeldía —agregó. Esta última frase parecía encadenar los años en que el país se cobró la vida de los Zares y vivió una guerra civil. Pero ella se detuvo perpleja, no iba con su estilo esa relación con la política. Se aliso el cabello y se acercó un poco más a su oído y deslizo:

—La piel flotaba durante días, mientras el vodka alegraba las carnes que batían dentro. Y sonrió, al ver que la descripción humedecía los ojos de D Roccosick.

—Veo que conoce bien la zona –dijo. Una tierra de lobos y silencios –agregó.

—Donde la caza es un ritual que utilizan para conocer la profundidad el alma humana  –puntualizo ella. Él quiso decir algo profundo sobre lo escuchado y apoyándose en la puerta del lavabo –agrego:

—A veces aquella manera de repetir historias donde mezclamos pólvora, alcohol y pieles me hace recordar de las noches de tres. Uno sublima y dos rezan para que aquello se prolongue en amor. Los dos volvieron a reír. Ella reviso su bolso y extrajo un termo. Le invito a entrar al lavabo y cerro con el pestillo. D Roccosick se puso en guardia, pero pudo ver, que ella distribuía en dos vasos un vodka sin marca.

—Lo hago yo en mi casa –y le invito. Luego puso una pequeña manta de lunares blancos y se sentó en la taza de wáter. Mientras le miraba, le atraían aquellos labios carnosos con un bigotillo fino en su parte superior. Ella fue llenando y bebieron hasta vaciar el termo, y su compañera se durmió apoyada en la pared. D Roccosick la levanto y con mucho esfuerzo la arrastro por el pasillo dejándola en un compartimento con una hilera de asientos vacíos. Lugo miro su billete, bajaba en Nizhny Nóvgorod, a 422 Km de Moscú, decidió cuidar que su compañera del vodka se recordara de bajar. Mientras miraba la estepa, su amiga roncaba dejando escapar una cantidad de aire de un pitido huidizo. ¡Tierra de lobos! –pensó. La gran Rusia era un paisaje inquieto donde sus gentes aman sin descanso y duermen con un brillo cálido en sus mejillas. Mientras desfallecia viendo el paisaje recordaba el dialogo con el funcionario que le dio el permiso para atravesar la Gran Rusia.

— ¿A que va hasta allí?  —preguntó un tipo casi calvo y reducido a una vida mediocre

—A ver una mujer. D. Rocossik adorno la respuesta por un ciclo vital de ilusión y cansancio. Llevaba años haciendo esa ruta hasta el extremo Rusia casi con Mongolia o China. Para llegar el tren le ponía 27 horas. Y ella le esperaba en la estación. De allí iban a su dacha, la construyeron para descanso de una amante de Pedro I El Grande y por casualidad llego a sus manos al final de la Glasnost. Vendieron todo y pudo conseguir comprar aquello semiderruido a un precio de capitalismo en decadencia. Por todo ello agrego: ella me espera al final del invierno y me quedo allí todo el verano.

— ¿Se retirara allí?

—Tal vez. El golpe del sello del funcionario sobre el permiso de circulación interior dio fin a la entrevista. Pero, quien le conocía de hacer el trámite durante tantos años, agrego:

—Espere. Se apartó del mostrador, giro detrás de una puerta y le entrego una libretilla. La cara de sorpresa de D. Rocossick hizo que este se explicara: “es un libro de poemas, lo he escrito este invierno y me haría el honor que Ud. lo leyera más allá de los Urales y al regreso me diera su opinión. ¡Quédeselo! D Rocossick solo miro en la portada ponía:

–Ya mechtayuvstretitzhencshiny, chtobyrazdelit s neymoyuzhizn (1) Lo guardo con delicadeza y al verle pudo descubrir otra persona. Aquel sonrió y él le correspondió. Luego se despidieron, antes de dejarle D.Rocossick el funcionario dijo:

–La encontrará. La vida era una apuesta cubierta de resinas de amor –quiso agregar pero no se atrevió.

Notas 1:

(1) Sueño para encontrar a una mujer para compartir mi vida

 

 

Notas 2:

(1) Pág. 92 El misterio de Lenin, Enzo Bettiza. Ed Argos Vergara

(2) Nizhny Nóvgorod (442 km, HHM) sobre el río Volga; hasta el día de hoy, la estación principal de esta ciudad lleva su antigua denominación soviética, Gorky-Moskovski (aunque el nombre de la ciudad fue cambiado en 1990), y aparece así en muchos horarios.

(3)Ferrocarril Transiberiano

Próximos capítulos:

01-D Roccosick –bebe vodka con un tal Oleg

02-D Roccosick: “Si la abuela tuviese barba, la abuela sería el abuelo” (1)

03-D Roccosick y Oleg

04-¡Zavorak!

05-¡Pokróvskoye!

06-Akademgorodok.

07-O. Lang

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