5e317912d29c5f138d7bbdd4f59c4b23
Hombre de acero Posters Russia

Amigos, continuamos en Rusia -j re

Una frase como cualquier otra la pronunciada por Oleg Yussov la cual insinuaba que podíamos cambiar el curso de los acontecimientos. Había llegado hasta su dacha, era casi primavera y cerca de las 2 de la tarde, previamente una llamada antes de que el tren entrara en la estación de Kírov había saltado en mi móvil. No sé cómo habría obtenido mi número, pero después de dejar el tren con tanta rapidez su insistencia me hiso cambiar el billete del Transiberiano por el día siguiente que pasaba a las 22.

Ni sabía dónde dormiría. A veces dejarse llevar es una cierta ironía contra el destino, uno fuerza una agenda y los acontecimientos le sitúan en un recorrido alternativo. ¿Llegaría a ver a María al final de este largo viaje? ¿Cambiaría mi recorrido hasta esa espera de cada año? Las preguntas me hipnotizaban, pero esta vez me acompañaba una cierta indolencia de participar y dejarme llevar como un viajero sin rumbo.

—Le acompañaran a una habitación para asearse un poco, le espero en el comedor donde picaremos algo. Luego debo salir para visitar la zona Oeste, pero no le aconsejo acompañarme pues es muy peligrosa –y dicho esto, Oleg Yussov se marchó. Era recio, no muy alto y un bigote espeso escondía unos dientes que alternaban el blanco y algunas incrustaciones de oro. Una vez aseado, más tarde bajé a un gran salón, la ventana daba a un bosque cubierto por una primavera incipiente. Apareció un tipo y me dijo me sentara y situó en la mesa cercana un menú frio. ¿Vivian así los grandes oligarcas rusos? –me pregunté. Oleg llego dos horas después, entro solo y su cara mostraba despreocupación. Al mirarme, me pregunto si estaba cómodo y si necesitaba algo, luego me acompaño hasta la gran ventana y situó dos líneas imaginarias, señalando hacia la izquierda una aparente lejana Moscú y por el otro lado Ekaterimburgo –capital de los Urales. El conocía esta zona como la palma de la mano. Todo el comercio de Asia recibía un cuidado especial y pasaba por este tren. Su empresa vivía del intercambio y de sugerir negocios a los demás, a diferencia de otros grandes empresarios entendía que su pequeño ejército –así lo denomino– servía para reducir las dificultades del comercio. Hacia cumplir la palabra y los contratos y, no aceptaba el comercio de putas o droga. Las grandes vías de este próspero negocio  –agregó, se desviaban un poco más abajo para entrar por Kosovo que era la puerta de la droga en Europa.
— ¿Ha traído la libretilla de su amigo? Asentí con la cabeza y me pidió leyera una nueva copla. En mi cabez retumbaba su número y la frase del papel que me trague el día anterior: 093258663 ¡Ya eres cadáver!   Mire mi abrigo y la abrí en la página seis –y leí:

El asalto del diablo
A la conciencia
Deja libre las bondades del alma.
Hasta que algún criminal resuelve el dilema. (2)

Oleg estallo en risa, parecía sentirse identificado. Desde un descansillo donde se había apoyado dijo:
—Hace años los criminales estaban en el Estado y su música era una liturgia que aceptábamos. Ahora le hemos despojado de su poder. En aquella época Stalin solía decir: “si es no, pues no” (3), para agregar el siguiente rodeo que construía la mentira del poder, al sugerir: “espero que haya camaradas en el partido capaces de contestar” (3) y con ello daba paso a Lavrenti Beria, el jefe de la GPU. Deduje que Beria, era el criminal que resolvía el dilema, ante lo cual, pregunte:
— ¿Siempre necesitaremos organizaciones que hagan el trabajo sucio? Temí lo peor ante tal opinión. El acusó el golpe, pero se le veía animoso, sus ojos se movieron rápidos y me miro de lado mientras sus gafas rectangulares simulaban una mueca de desaprobación. Intuí que esa lateralidad era una respuesta, y agrego:
–No hay malos ni buenos: hay… actividades, con ello cerraba el tema y me invitaba a sentarnos en la mesa para degustar carne de oso frio, una delicatesen que solo aparecía en algún plato de la zona.

Esa tarde vague por el territorio sin alejarme mucho, dos tipos con un perro me acompañaban pero no pude intercambiar más que el famoso “hola y tovarich”. El espacio era inmenso, con grupos de árboles y una larga planicie. Estaba a casi 900 kilómetros de Moscú y parecía el fin del mundo. El silencio nos envolvía y las tardes eran aun cortas y frías. Abrí la “libretilla del funcionario” y leí la página 7, decía algo parecido a lo siguiente:

Brumosa tarde
Siete miembros de la envidia, apegados, tristes –marchan.
El sendero alocado y desigual les hace cambiar el paso –cada tanto
Aún recuerdo la inútil profecía:
Su acción les condenará al fracaso
Los malditos se interponen en su camino.

D Roccosick cerro la libretilla, miro sus celadores y el amplio espacio abierto a la codicia. Pudo observar un camino lleno de barro que subía hasta una pequeña ladera, le atrajo ver que subía dando una curva y marchó hasta allí. Desde aquella altura, una vez instalado, pudo observar o dudaba si era su imaginación, a los siete individuos del poema que acababa de leer, caminar en la pendiente como en un castigo merecido, audaz, hacia unas casas que referían a una población cercana. Se giró y regreso ante una sensación de frio que le invadía desde las rodillas.

La cena la dirigió una china, de estatura baja, de cara ovalada y con un peinado ajustado en la parte trasera de la cabeza. Antes de servir, ejecuto una danza compleja, con un abanico rosado esparció incienso y murmuro estrofas en la lengua del Imperio del Centro. Luego dio una orden y le acompaño con una mirada. Varios ayudantes sirvieron un entrante de ensaladas parecidas a un repollo. Estábamos en una mesa semi-baja sentados en unos asientos casi en el suelo, no sabía dónde meter mis piernas, preferí alargarlas y encomendarme a la fiesta de la verdura. Frente a mí, se sentaba una señora rubia, agradable, de buen ver, a su lado un oso redondo que según me dijeron era el pope de la iglesia ortodoxa local, en mi caso, a ambos lados tenía un pálido reflejo de hombre y en el otro la mujer de Oleg, morena, divertida cubierta de joyas y con cierto olor raro, como si fuera una loción atrevida y llena de burbujas. La conversación giró alrededor de Rusia y Putin. De aquel pasado glorioso y esté presente cargado de futuro. Oleg matizaba continuamente la tradicional cercanía del poder y sus miserias con entretenidas historias del comienzo de la revolución bolchevique. A los postres pasamos a una sala, donde sirvieron vodka y la conversación derribo las esferas de lo privado. Aún recuerdo un extenso dialogo entre el Pope y Oleg:

—Mañana recibirán una cuarta parte de grasa de reno –dijo el Pope
—Las facilidades dadas consumirán una ganancia que parecía ser extensa. Los chinos caminan con astucia y recelan de esta pradera y sus clientes –respondió Oleg
—La Iglesia ve con resistencias unir nuestro comercio con Asia. Es mejor mirar a Europa.
—Los europeos están recibiendo una lluvia de palos con la crisis, y se comportan como senadores del Imperio Romano debatiendo sin cesar mientras el Imperio se hunde.
— ¡Gran verdad! —exclamó el Pope. Pero siempre han sido nuestros aliados…
—La vuelta de Rusia a Asia será lenta pero nos llevara a la riqueza –matizo Oleg dando casi terminada la conversación, pero se volvió hacia mí y pregunto: ¿Cuál es su opinión D Roccossick? Aquella pregunta me despertó de la observación de la rubia que alisaba sus cabellos y mostraba una cierta tendencia a mover sus pechos con descaro. Las vestales modernas se construyen con grandes senos y reducidas caderas, a diferencia de la Edad Media donde las nalgas sostenían Madonas atractivas por abajo –pensé; y acto seguido, me dispuse a contestar la pregunta embarazosa, y por ello abrí la libretilla del funcionario y ante la señal de Oleg que reía fascinado por aquel libro tan raro, se dispusieron a escuchar:

Casi muertos
Los europeos divagan sobre el mal
O, rezan por el bien.
De Asia recorren ideas construidas sin carga
Donde lo uno u lo otro conviven. (3)

—Lo dicho –rio Oleg, esta ola asiática no entiende de la moral. El Pope callo angustiado ante el fin de su mundo sólido, construido en esa lucha de miedos y conciencia, una lucha desigual en suma que refería al fin de los valores estalinistas y la Rusia del poder militar. Por mi parte me excuse y al subir las escaleras aún me cruce con K. S. –la rubia y desprejuiciada, que también cansada de filosofía buscaba algo tan natural como el rugido de las emociones–. El mito de Eros me pareció banal, su duración breve mantenía atada a la gente a los gustos de la supervivencia. Pero me deje llevar, unir caminos es un medio para encontrar el propio –pensé- agitado ante el torbellino. En la habitación, ella levanto su gran vestido, y las piernas largas como la brisa revelaron lo que temía, las vestales modernas poseen senos tan perfectos y grandes que la cirugía plástica sin encontrar donde dejar las arrugas y defectos guarda allí sus secretos. De mi lado, un calzoncillo destrozado y gris maldecía, aunque un cierto musculo superior revelaba el gimnasio y las modas. Aquella noche entre los gritos de mi amada y la cama que se separaba de la pared ante tal empuje… pude intuir que Rusia aún era europea.

Notas

(1)Frase tomada de una entrevista digital a Carr en la red en Kaos

(2)Pág. 590. Los Hijos de Arbat

(3)La libretilla del funcionario poemas inclasificables de la Rusia J re crivello –sin editar-

(4) Material de inspiración: http://www.elmundoconmochila.com/administracion/libroviajes/documentos/25/1.%20RUSIA.pdf

Bibliografía utilizada para escribir esta serie de cuentos

Agosto 1914 Soljenitsin Ed. Barral Año 1972

De Napoleón a Stalin E. H. Carr. Ed. Critica Año 1983

El misterio de Lenin Enzo Bettiza Ed. Argos-Vergara Año 1984

El Misterio de Olga Chejova Antony Beevor Ed. Crítica Año 2012

Los hijos de Arbat A. Ribakov Ed. Círculo de Lectores Año 1989

Las luchas de clases en la URSS (1917/23) Charles Betelheim Ed. Siglo XXI Año 1976

 

Anuncios