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Amigos avanzamos por Rusia -j re

Debía darme prisa el tren salía a las 22 y Oleg me había dejado a cargo de la asiática que dirigía la intendencia de su casa. La noche anterior le había visto en aquella danza del vientre que interpreto previo a la cena. Serían las siete, golpearon la puerta de mi cuarto. Al abrir, con su cara ovalada y mejillas rosadas me dio a entender que nos marchábamos antes. La china vestía un traje chaqueta de color marrón, era delgada y no muy alta. Su exotismo, ¿era inflamable?, una pregunta que solo podía hallar respuesta al ir detrás del suave olor a lavanda que desprendía. Recogí mis cosas y fuera nos esperaba un 4X4, al salir, la gran explanada se estrechaba al llegar a la puerta de entrada de la finca. Íbamos solos. Un viaje sencillo —pensé, y  pregunte—, cuanto teníamos hasta la estación: “Casi una hora”  —respondió. A poco de salir un coche oscuro se puso detrás de nosotros, íbamos por una carretera abandonada, de camino bacheado, entre pradera y árboles. A veces unas laderas abiertas en valles profundos se acercaban dando a la belleza un contacto con el peligro de salirse de la calzada. Al mira hacia atrás nos seguía un Toyota potente, me sorprendió, pero pensaba que nos protegían, e intenté reflexionar sobre mi trayecto futuro, el tren, las vicisitudes de los próximos días, o el final de recorrido y quien me esperaba María. Note como nuestro coche aceleraba más de lo normal, le mire. Alrededor de sus ojos se reflejaba una cierta tensión. “Nos siguen” –dijo– Mire hacia atrás y el coche ya estaba encima. Ella intentaba mantener el centro de la carretera y evitaba le adelantaran. El camino pedregoso nos impedía aumentar la velocidad, intuí que temía apareciera un espacio más amplio donde nos rebasaran. Y… en segundos aquello se cumplió, nos adelantaron y dando un giro brusco en el cual atravesaron el coche por delante, al lateral de un precipicio. Ella freno en seco, la inercia nos proyectó hacia el parabrisas, vi como cerraba  con llave el coche, para luego marcar en su móvil un código de socorro. Del otro se bajaron dos hombres armados. Uno se puso al lado de su ventana para apuntar con un inmenso mosquetón e hizo una señal de que bajáramos. Decidí abrir, deseaba que fuera lo que fuera, y no acabara allí mi viaje. A ella la apartaron cerca del linde del camino y la interrogaron, aunque no entendía su idioma. Sin más la maniataron y se la llevaron al interior del otro coche, uno de ellos me apuntaba para evitar me moviera. En la parte trasera sus gritos duraron unos minutos para ver luego como su cabeza caía a un lado; quien cuidaba de mí, entro en el coche donde la detenían brevemente y, al salir me entrego una cajita de metal y, se marcharon. ¡No sabía qué hacer!, ni siquiera como regresar, abrí la caja, dentro llevaba un dedo humano que sangraba. El anillo de metal me confirmo que pertenecía a mi compañera china. Busque mi móvil y repase mis llamadas, deduje que el número de Oleg comenzaba en 084, pulse intro y me atendió. Le relate lo ocurrido, me indico como llegar en el coche a la estación y me pidió reserva sobre lo ocurrido, el dedo y la cajita de metal significaba una advertencia, de una triada china tal vez. Y se despidió diciendo:

—Guárdame la caja que la recogeré en Ekaterimburgo. Ante tal cambio decidí seguir su recomendación y pude llegar a la estación cerca de las nueve. El tren aún no había llegado y me senté en un bar lleno de parroquianos de viaje a los Urales. La cajita dorada me quemaba en el bolsillo y decidí ponerla dentro del bolso de mano. Abrí la libretilla del funcionario y leí la página 9, decía:

Arrancaras de lo previsible lo contrario

Y… situado en esa estación –de angustia

Tendrás aun tiempo de favores, de risas

Aunque las antiguas posesiones ya habrán perdido su fruto. (1)

Intente meditar sobre aquello, a veces los viajes son un compendio de territorios emocionales que atravesamos sin más. Lo que observamos en esas vistas que se suceden, puede ser muy desagradables, pero incluyen sorpresas. Del que nos contacta y, de nosotros avanzando tal vez en una ruta indescifrable.

Subí al tren a las 22, y sentí como un gran alivio. En mi compartimento una señora anciana sentada en la derecha observaba por el cristal la vida de la estación. Era redonda, no muy alta y miraba como intuyendo que los que nos rodeaba representaba la normalidad –y me tranquilizo. Me dispuse a descansar, pero antes de partir, la policía solicito que le mostráramos nuestros equipajes, la señora mayor llevaba un bolso de mano y fue rápido, en mi caso abrí mi maleta mochila y luego mi bolso de mano. El policía preguntó:

— ¿Puede abrir su bolso de mano? Le deje hurgar y escuche: ¡Bonita caja de metal! Y la levanto en su mano tres veces, haciendo un vaivén aéreo sucesivo, sin notar que dentro el dedo flotaba, luego vi como caía en el fondo mi bolso. ¡Había pasado el peligro! Si la hubiera abierto, estaría en comisaria. El tren se puso en marcha. La señora dijo:

—Sera un viaje tranquilo, —y agrego con cierta ironía— el peligro para Ud. ya ha pasado. Quise responder al estilo y “¿Ud. porque lo piensa?”, pero calle. Ella insistió:

— ¿Le apetece jugar a las cartas hasta que preparen las camas? Con lo cual me acerque y me explico un juego antiguo de adivinación en el que colocaba los reyes uno encima de otro y me solicitaba que eligiera tres cartas de compañía. De esa mezcla, ella leía distintas soluciones a un problema que previamente se nos había ocurrido. Por ejemplo pregunte: “¿La crisis mundial se terminara?” El juego respuesta dijo: “cuando la deuda se convierta en chatarra y no quede más que hambre de volver a consumir (2)”. Una respuesta que nos hizo reír, pase una larga hora con esa dama y luego dormite en la cama litera hasta cerca de Ekaterimburgo. Antes de llegar a dicha ciudad, desayunamos juntos en el comedor. Allí pude comprobar sus calidades predictivas. Mirando el paisaje que bullía de manera accidentada dijo sin mediar palabra:

—Al llegar a Ekaterimburgo deje el tren por un día y elija un hotel. Si es posible un hotel que parece por fuera un diamante azul, veo como a dos calles de allí tienen secuestrada a su amiga. Es una seductora de tez amarilla y labios redondos e inflados como los sueños que dictan la moda rusa. Para liberarla le aconsejo que espere la llegada de su amigo en un bar situado en Rosk, 13. No beba vodka, ni se angustie, ella está bien. Le acompañara en su siguiente trayecto hasta Omsk o, irán más lejos aún (3).

—Y… ¿cómo sé que ella es de fiar? —pregunté intentando alargar aquella intuición de la dama. Ella levanto la cara, sus ojos palidecían, sus finas arrugas estaban serenas y escapaba una ironía cargada de tiempo y agregó:

—El sexo es un buen compañero –Ekaterimburgo estaba a 5 minutos, nos pusimos de pie para recoger nuestras cosas. Al despedirme la dama sonrió levemente. Esa mirada, de nuevo me intrigaba: ¿era un deseo o una apuesta?

Notas:

(1) La libretilla del funcionario –poemas inexplicables. Juan re ­crivello

(2)Acción de achatarrar. Diríamos que reducimos el capital invertido a cero y las quiebras son absorbidas por el conjunto de la sociedad para comenzar un nuevo ciclo económico.

(3) Omsk (ruso: Омск) es una ciudad al sureste de Siberia en Rusia, capital del óblast de Omsk y la segunda más grande del Distrito Federal de Siberia. La población ha crecido de 53.050 en 1900 a 1.140.200 habitantes en 2003. La distancia de Moscú y Omsk es de 2.700 km. Sus coordenadas geográficas son 54º59’N 73º22’ E.

Durante la época de la Rusia Imperial, la ciudad era asiento del Gobernador General de Siberia Occidental y después del Gobernador General de las Estepas. Por un período breve durante la Guerra Civil Rusa de 1918-1919 fue proclamada capital de Rusia y resguardó las reservas de oro del Imperio. Omsk es el centro administrativo de los Cosacos de Siberia, la sede del Obispado de Omsk y Tara y del imán de Siberia

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