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Russia posters

Hasta que acabe el frío seguiremos en Rusia -j re

Zavorak, ponía en la puerta de entrada al bar donde había quedado con Oleg para rescatar a la asiática, el nombre me recordaba una caja marrón antigua pintada de mi abuela (1). Un bar normal, cuatro parroquianos, un humo fuerte y desabrido que escapaba de una vieja chimenea, el suelo lleno de serrín, como si la zona fuera maderera, o algún aserradero cercano les proveyera a buen precio. Escogí una mesa lejos de la ventana, cerca de la puerta de los lavabos, imaginaba igual que en las películas que si escapaba por allí algún ventanuco daría a un patio. El tipo que lo regenteaba me puso una cola, no la había pedido, pero una sonrisa de la mesa cercana de un hombretón de barba grande se puso de pie y se  sentó conmigo. Pude descubrir que detrás de las gafas y esa barba, estaban los ojos de Oleg.

— ¿Te explico el plan? –dijo sin rodeos ni saludos, ni siquiera comentar mi peripecia vital de ayer. Podría haber respondido sí o no, o cualquier cosa, nada me convertía en héroe, y además, ¿porque narices debía participar? Quizás, tan solo por haber asistido a la visión de la mujer del tren, borrosa e inestable de una casa a doscientos metros de la estación donde retenían a la china. ¿Y qué me unía a ella? Él agregó: no te preocupes solo tú nos esperas en un coche cerca de allí y lo otro corre de mi parte.

—  ¿Entrareis sin saber quién hay dentro? —pregunte

—Nosotros pensamos, que no estará con más de dos tipos.

— ¿Y luego?

 

—La dejamos en el tren en un sitio para dos como si fuera tu esposa y en Omsk habrá gente que la recogerá y la trasladara unos días fuera hasta que retomemos el control.

—Aunque, supongo que cada vez que nos alejamos más hacia el interior de Siberia, más dificultades por tu parte para ayudarle —dije

— O. Lang es de las pocas que a nadie la domina. Fue la primera vez que pude escuchar el nombre de la china, su fuerza y sencillez, como todos los nombres de ese país, no se atravesaban en la boca. Tú solo tienes que comportarte como un marido viajero –agregó.

—  ¿Y qué gano yo en esto?

— ¿Quieres dinero?

 

—No lo decía por eso. Es que corro peligro y no tengo ningún compromiso con tu organización. Solo voy en viaje de vacaciones y veré a Maria, una mujer a la que me unen ciertos lazos emocionales.

—Te propongo algo, abre la libretilla y lo que ella diga: ¿Ok? Aquella libreta escrita por un funcionario de permisos del gobierno ruso no era mágica, me jugaba un viaje peligroso al abrir unas hojas. Estaba de mi parte desvariando, pero en mi interior bullía un cierto deseo de aventura. La abrí para leer la página 40, con ello deseaba escapar ver que me esperaba de ese compromiso que alteraba mi ruta. Y leí en voz alta:

 

Harás con continuidad y saber aquello que te domine y fatigue. Y si el miedo te vence, utiliza con sabiduría: la emoción que tú practicas desde hace años (2)

 

— ¿Qué emoción? –preguntó Oleg. ¡Zavorak! —respondí, algo que no entendio. Esa palabra recordé provenia de una localidad de Bosnia Hercegovina, y me puse de pie para seguirle.

Al llegar al sitio, me dejaron al volante del coche y me instale muy cerca de la entrada, a Oleg le acompañaban dos osos de aquellos que había visto en su casa. Escuche dos disparos y vi salir a uno de sus ayudantes, luego a Oleg y una persona tapada de arriba abajo, me acerque y se montaron al coche. Oleg dijo: “¡Vamos!”.

— ¿Y el otro? —pregunté: “A caído”. En dos segundos dimos un rodeo para desembocar en la entrada de la estación, la china se quitó la peluca y una mirada dulce mostraba una gran valentía. Nos despedimos del grupo, y entramos tranquilamente a la estación, faltaba muy poco para la partida, mostramos nuestros billetes y el revisor nos dejó en el compartimento 323 A. Ella se quitó el abrigo y pude ver su mano envuelta en una venda. “¿Duele?”          —pregunte “No, ya no” —respondió. Era no muy alta, razonablemente instalada en el valle en que los años son difíciles de descubrir, con una camiseta roja y unos pantalones negros.

 

— ¿Que hacemos ahora? –pregunté

—Viajar —respondió, mientras se estiraba con una tranquilidad pasmosa y miraba mi angustia por encima del hombro. Intente serenarme, y pude ver que el tren salía sin ningún problema. Durante un largo rato el descenso más allá de los Urales nos introdujo en Siberia. El paisaje me era desconocido y mi compañera ni hablaba. Sus ojos parecían clavados en la estepa y los pensamientos le envolvían. Me quede dormitando y los sueños me asaltaban. Desde mujeres azuladas de grandes vientres, hasta toboganes donde de niño nos tirábamos riendo. Desperté y ella no estaba, pude verle salir a la media hora del lavabo. Se había peinado y lavado. Su cabellera de rizos anudados le daba un carácter varonil, pero a la vez fresca y muy seductora. Al hablar su voz era dulce y producía suaves latiguillos que merodeaban la ironía. Dije:

— ¿Estás bien? Que narices iba a decir ante esta intrigante señora que parecía estar convencida que la vida era fácil y aventurera. O yo suponía, en mi corta experiencia de señoras asiáticas y vitales.

—Hace calor –respondió. Me precipite hasta el regulador de la temperatura y lo baje a 25. Ella sonrió. Algo me atraía de aquella mujer, su casi silencio, el no pronunciar ni una palabra, ni siquiera sabía de donde era, a lo máximo una leve sonrisa que ella utilizaba sucesivamente como dejando caer sucesivas persianas que aumentaban mi interés. Pasados unos minutos y girando su cara y mirándome directamente casi cálida, casi extrema en la sugerencia, dijo:

—Me leerías uno de aquellos poemas de la libretilla del apparátchik (3), que Oleg me conto lleva consigo.

— ¿Se refiere a…?. Su leve inclinación de la cabeza me hizo buscar en mi bolsillo aquel libro y mirar la página 18, en voz alta leí:

 

La nube silente espía

Su nervio y el mío

Nada es tan efímero y placentero como saborear

un paseo entre dos seres desconocidos (2)

 

El párrafo me había puesto nervioso, ella percibió mi dificultad. Y, sonrió. Al estirarse para ver la estepa morir en la oscuridad, no pude menos que mirar como sus senos eran redondos y surcaban dos direcciones irrealizables. Me quise quitar de mi cabeza la profecía de la anterior pitonisa que me encontré unos días atrás y retumbaba dentro de mi cabeza: el sexo es un buen compañero. Pasados unos minutos el revisor preparo la cama. Era una gran litera matrimonial. Mis dificultades iban en aumento. Ella se quitó la ropa, su desnudez amarilla, delgada de senos grandes al descubierto y una braga mínima le situó en mi interior como atractiva y sugerente a la vez. Dentro de la cama, mientras su mirada brillaba dijo: “duermo sin nada que me impida la circulación”. La manta de flores redondas, rojas, verdes y amarillas daba un toque raro a la situación. Y agregó mientras se desplazaba a un lado: “Prefiero el lado de fuera”. Ello me obligo a pasar por encima de sus piernas. Había decidido desvestirme y mantener mi calzoncillo áspero y antiguo de estilo pantalón increíblemente arrugado en la parte baja. Ella sonrió y dijo:

— Necesitas una tintorería o quitártelo. La palabra sonó a plancharme aquel trasto que aún me cubría o seguir su opinión. ¿Qué haría una vez dentro?, temía sentir el roce de su piel y terminar dominado. Al apoyar mi cabeza en la almohada su cara quedó a escasos centímetros, ella hizo una mueca de satisfacción y sus ojos parecieron dos diamantes enrojecidos. Mantuve el aliento. Mantuve el tipo. Mantuve mi caja de emociones durante segundos, hasta que su mano me dejo lívido, pues su lengua se acercó rodeándome los labios. Podía sentir mi resistencia y mis deseos a la vez comprimidos en un puño. El tren corría en medio de la estepa, y la naturaleza agreste de Siberia dormitaba. Dentro O. Lang saltaba encima de mi cuerpo como una víbora que serpentea ante su bocado y, mis dudas me hacían delirar ante el escándalo de alguien que gimoteaba y reía. ¿Tenía pánico? ¿Me sentía incómodo ante tanta fuerza de la naturaleza? O, como buen masculino la actividad femenina, avallasadora, frenética,  me oscurecía. Cerré los ojos y me deje llevar, un bocado nocturno no era un terremoto y pensé: el sexo es un buen compañero.

— ¿Estamos llegando a Omsk? –pregunte

–O. Lang, de pie y con una camiseta en la cual sus nalgas redondas sobresalían miraba la estepa. Se giró, su cálida sonrisa acompaño un: “15 minutos”. Parca, siempre parca en palabras. Yo era un prosaico, tal vez pedía una respuesta enamoradiza, del tipo: “¿nos veremos?”; o… “¡qué noche más buena!; o… ¡fue fabuloso! La situación me llevo a recordar a un compañero de la Universidad, el cual después de follar se ponía de pie y hacia flexiones, con la particular teoría que aquello a ellas les impresionaba, aun así escuche:

—Te veré más allá, un poco antes que el tren entra en China –y sonrió. Decidí abandonar la escena de fuerza física al lado de la cama como mi antiguo amigo aconsejaba, deduje que O. Lang amaba desde la acción y respondí ante su sugerencia de vernos cerca de China con un gritillo suave y acomplejado.

—Sí. ¿China? Cada vez esta locura me alejaba de mi plan anterior, ahora ella mandaba. Ella y ¡China!

Notas:

(1) –La dejare en mi cuarto de guardar trastos viejos, hay allí una caja marrón pintada con letras verdes, era de mi abuela. En su parte delantera pone Zavorak

 

(2) La libretilla del funcionario (sin editar)  Poemas inexplicables. J re­ crivello

(3) Apparátchik (en ruso: аппара́тчик;) es un término coloquial ruso que designaba a un funcionario profesional, a tiempo completo del Partido Comunista o la administración soviética (por ejemplo, un agente del “aparato” gubernamental o del partido que tenía un puesto de responsabilidad burocrática o política). El término no designaba a los altos cargos del Estado o el Partido.

 

Los miembros del “aparato” eran frecuentemente transferidos entre diversas áreas de responsabilidad, habitualmente con una formación escasa o inexistente acerca de sus nuevas responsabilidades. Debido a ello, el término “apparátchik”, o “agente del aparato”, era habitualmente el que mejor describía la profesión de aquellos.

Además, el término estaba generalmente asociado con unas ciertas disposiciones, actitudes y apariencias. Cuando lo usaban personas externas al Partido o la administración soviéticos, tenía a menudo connotaciones despectivas.

Actualmente, el término se usa también en contextos diferentes a los de la antigua Unión Soviética. Por ejemplo, se usa a menudo para describir a personas que causan cuellos de botella burocráticos en organizaciones que antes de su aparición eran eficientes. Fuente: Wikipedia

 

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