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Libro de cuentos cortos para papel de Tapa blanda

Barcelona, tres de marzo de 2012

Soy el abuelo de Miltom M. He vivido durante años en la parte extraña e imbécil de Barcelona. El Raval. Las meretrices porfiaban por su trabajo, y los hombres se descolgaban desde La Rambla para intentar tener un sorbo de sexo. Pero nunca maldije aquel espacio, salvo el olor a humedad continuo y desigual. Era un barrio que tenía una vida que le mantenía en el centro de la ciudad, pero secreto y apartado del bullicio. Como todo señor me subía al metro en Liceo y trabajaba en las fábricas de la periferia de esta gran ciudad: he sido tornero, aprendiz de boxeador, cartero de sobres comerciales, y también cantante. Este último trabajo, ha sido mi particular contacto con lo salvaje. En los años cincuenta solía decir mis historias del bel canto en los cafetines que encendían la vida en el Barrio Chino. Hasta que un día desde el público una señora gruesa y simpática me dio cita en su casa. Por aquella época estaba casado y muy enamorado, pero la intriga me llevaría a golpear en aquella puerta. Era un piso del Ensanche. Al entrar una señora cubana me acompaño hasta un saloncito lleno de plantas que daba a un patio. Ese día era verano y el calor quitaba aquel estilo que nos da el tiempo seco y frio. Su dueña apareció enseguida y dijo:

—Pensé que no se atrevería a venir -dijo. En mi caso respondí  con una imaginativa estrofa “no sé si es correcto ver a una señora por la mañana, pero decidí ir a un encargo y no me resistía de cumplir con su cita”. Ella vestía con un traje negro entallado, zapatos oscuros, parecidas a unas botitas y en la solapa una flor roja fresca.

—Le he llamado porque me gustaría aprender a cantar esas canciones ligeras que le he escuchado. Mi marido es italiano y me gustaría sorprenderle.

— ¿Tiene un piano? -pregunte por salir del paso.

—Sí, pase –dijo ella y le seguí hasta una sala grande con un ventanal que miraba la ciudad desde una suave perspectiva. En aquel espacio de paredes blancas y suelos gravados con dibujos de  naturaleza tropical, estaba tan solo el piano y un sifonier de color granate.

— ¿Tiene alguna partitura? Allí –dijo señalando una silla pequeña, para agregar “me he entretenido en comprar estas en La Rambla en esa casa de música que hay en el Palacio De la Virreina”.

— La que esta, casi en la esquina de calle del Carmen –agregué. Podía haber dicho otra cosa como: que estúpido me encuentro dando clases en una casa burguesa, pero pude oír su segunda frase: “Hace calor”, mientras se quitaba la chaqueta y dejaba ver una blusa de azules y verdes que cubría aquel cuerpo sugerente. Decidí elegir una opereta de Verdi y me puse a tocar y cantar. Luego le solicite que repitiera lo que había hecho. Una dulce voz se abrió cual surco dando sentido a mi visita. En los siguientes minutos intente disimular el arrebato en que me sentía instalado, al ver una majestuosa señora que dirigía su voz hasta los límites no descritos de la música y la personalidad. En aquella tarea, pude visitarle durante un semestre. Debería confesar que fueron espacios en los cuales mi corazón, alterado saltaba de una canción a otra mientras la entrañable señora cambiaba sus blusas de mil colores. “¡Un zafiro!” —pensé. Tal vez la suerte me había permitido ver una joya escondida. En los últimos días, cuando presentía que su espíritu voluble y accidentado me decía que su interés por el canto decrecía sostuve una conversación que zanjo mis dudas. Aquel dialogo comenzó con un contacto accidental de su mano en la mía y una sonrisa. Ella dijo:

—Ud. es un excelente señor, digo… profesor. Ante lo cual respondí con una sonrisa. Ella agrego: y posee algunas cualidades secretas.

—Intimas –dije, parecía corregirla cuando mi espíritu temblaba ante la incerteza de lo que vendría luego. Ella captando mi idea afirmó: “Cada noche construimos la incorrección del día siguiente”

— ¿Ud. Cree? –pregunte.

—Para contenernos –dijo, es necesario rezar a dios y practicar ese hábito. Ante tanta prevención solo respondí: “dígame  ¿es posible  sujetarse y amar?” Ella respondió con un ejemplo:

—Cuando canto y Ud. toca el piano, el arrebato me alegra el alma. Me parece que es posible escapar, es más, a veces descubrimos que nuestra soledad necesita ser domesticada. Al finalizar la frase, pude ver como sus ojos brillaban como dos frías diademas. No sabía qué hacer. Si estarme en el sitio, o tocar una nueva opereta, o marcharme. María de los Milagros dijo:

—Mañana será nuestro último día, hoy… le invito. Y camino hasta una puerta unida a la pared pero que abría con una trampilla. Al entrar, la habitación, todos sus accesorios eran rojos, incluida su único mueble, una solida cama de patas estilo siglo XVI que ocupaba todo el centro de la alcoba.

 Por ello, estimado nieto Milton M, la seducción es inexplicable, avanza sigilosa, insatisfecha, secreta terminaba la carta que leía de su abuelo, enviada con un matasello de 5 Euros. Tenía varias en un cajoncito de su habitación del final. ¿Por qué a su abuelo le había dado últimamente por enviarle unas misivas tan personales? Agarro un papel y con birome roja escribió: ¿tienes más historias de estas? Abuelo las espero. Firmó Milton M y la echo en un buzón con un matasello de 10 Euros.

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