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En Neflix ofrecen una particular versión de Sor Juana Inés, poeta y monja que vivió en México. Comparada con Gongora, fiel a un mundo done la literatura era reservada a los hombres y sacerdotes, y sometida al control de la Inquisición, debemos considerar el esfuerzo sobrehumano para hacer oír su voz en aquella época. Le dedico dos artículos esta semana y les invito a compartir. –j re

 

El seno ofrece al venevo

la valerosa Gitana,

Que no siente herir el cuerpo

La que tiene herida el alma;

Que en quien lo más perece

Lo menos falta.

Sor Juana Inés de la Cruz, 1691

Dice Octavio Paz en su obra, Sor Juana Inés de la Cruz que: “la Congregación de la Purísima era una cofradía que reunía a las personalidades más influyentes (del Virreinato) de la Nueva España. Estaba dirigida por nueve sacerdotes de la Compañía (de Jesús). […] La autoridad suprema era el prefecto. Cada martes se reunían los congregantes. Se comenzaba con rezos, después seguía un examen de conciencia, a cuyo término el prefecto impartía una lección”. (1)

El prefecto era el sacerdote Núñez de Miranda, que además era calificador de la de la Inquisición, en su tarea en el Santo Oficio. En el tema que nos interesa además era el confesor particular de la poetisa Sor Juana Inés. Nos encontramos en el siglo XVII en México.

Son los últimos años de la vida de esta monja que ha roto con los convencionalismos de su tiempo, al dedicar durante veinticinco años a escribir más de lo profano que de lo sagrado.

Octavio Paz nos permite también considerar como es la mentalidad de un religioso con poder  “se azotaba […] y los golpes eran tan recios y propinados tan sin piedad que se oían fuera del aposento, causando lástima y compasión a los que los escuchaban”. (2)

En los últimos años de su vida se producirá la renuncia de Sor Juana a su actividad profana,  por la pérdida de apoyos en los círculos oficiales del poder laico y la presión de sacerdotes como el citado, además del arzobispo de México, Aguiar y Seijas. Diría su confesor al respecto: “es menester mortificarla para que no se mortifique mucho, yéndola a la mano, en sus penitencias porque no pierda la salud y se inhabilite”. (3)

¿Drama humano? ¿Insolencia del poder religioso?

Tal vez una mezcla de ambos. La inteligencia inmoral de la Compañía de Jesús que está representada en estos dos sacerdotes, intenta doblegar la sutil independencia intelectual de Sor Juana. He preferido no abusar del concepto de mujer y considerar que es la propia libertad de un individuo –hombre o mujer,  opuesto a la perversidad moral. Los castigos corporales que la Congregación se aplica sobre sí misma como norma, acentúan un espíritu dominado por las reglas, la mala conciencia y el deseo de liberar la angustia intima de sus miembros.

En Sor Juana podemos observar algunos trazos que explican la pérdida de sus privilegios, con respecto al poder ideológico de la Iglesia, en una publicación suya: “la Carta Atenagórica”*, allí sugiere Sor Juana, que la necesidad de correspondencia del amor de Cristo por parte de los humanos, nace del libre albedrío, puesto que el amar a Dios “es el sumo bien del hombre y esto no puede ser sin que el hombre quiera”.(4)

Sor Juana anuncia la separación del “Yo que piensa, de Dios”, que aparecerá con Descartes. Y…  estimado lector, al poder religioso aquello le incomoda.

Notas:

(1)Pág. 583 Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Octavio Paz, Seix Barral Editores, año 1982.

(2)Pág. 586. Obra citada

(3) Pág. 596 Obra citada

(4) Pág. 517 Obra citada

*Carta Atenagórica de la madre Juana Inés de la Cruz, religiosa profesa de velo y coro en el muy religioso convento de San Jerónimo.

 

 

 

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