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by j re crivello

U Faber se despeloto muy rápido, la amiga una pelirroja de senos grandes y agitados repetía enloquecidamente el padrenuestro y cada vez que sonaba “tú que estás en los cielos” su anatomía empujaba más contra su pelvis. Fueron minutos clamorosos en la cual la cama se alejaba de la pared y chirriaba. Sobre ellos cayo una imagen de una virgen católica y el crucifijo fue a dar a la puerta de entrada girando sobre sí mismo como si estuviera en el Maracaná en la final entre Uruguay y Brasil en 1952. El la beso, tal vez pensaba que así se podía meter en el papel, pues en tal ajetreo estaba distraído y le costaba irse. Pero la lengua de Mor Fernández le atravesó como un látigo dándole un escozor que tembló hasta sus nalgas. Y… se fue. ¡Uff! Dijo para sí: ¿Cómo ha comenzado esto?

 

—Me puede subir la compra hasta el 10mo —dijo ella. Y al llegar el apartamento un ventanal grande se metía en Central Park, le dejo la compra en la mesa y Mor siguió con un ruego: puede alcanzarme las cosas que me gusta dejarlas en aquel estantillo. Su mirada fue a dar hasta un escuálido representante de las compras a más de dos metros de altura. La escalera hizo lo siguiente, ella subió peldaño a peldaño como si una antigua misa en Sicilia saliera en procesión para pasear la virgen por las calles. Tal vez su error fue considerar que lo que veía en las alturas agitarse, ¡si agitarse! Fuera un atractivo inusual. Y con ello acabo en esta cama. No la conocía de nada, estaría casada, sería una virgen de las antiguas, o tan solo una de aquellas mujeres solas de Nueva York que dieron fama a una serie hace años. Solo preguntó:

—¿Hace mucho que vives aquí? Intentaba adivinar su edad tal vez, o como siempre los hombres cual marcianos atrapábamos el sexo para luego sucumbir ante los silencios, o las resinas secas de posibles amores. Ella dijo:

—Nací aquí. Tengo 30, soy divorciada, sin hijos. Trabajo en el New Yorker y te vi en el taxi hace días deambulando por ese bar que desayunas sushi lleno de veneno y carne de delfín.

— ¿Y?

—Me invente un globo. Fui de compras y pensé que era fácil atraer a un taxista a tu cama.

—¿Te ha gustado?

—¡Ha sido maravilloso! Nunca lo había hecho con un hombre tan atrevido y con tal fuerza.

Te ríes… Ya, te ríes de mí.

—Los hombres sois todos unos bichos llenos de habladurías, pero el 80 % es esa pregunta: ¿Te ha gustado? Al decir se puso de pie desnuda y camino hasta la ventana que daba a otra imagen de Central Park. Encendió un cigarrillo, dio dos golpes de pulmón y lo apago. Su cara era clara y sus cejas marcaban unas suaves ondas, el cabello revuelto, y un tipo elegante hacían el resto. Se puso una camiseta grande y ancha. Le miro para decirle si le apetecía un café. U Faber respondió con un sí. Luego se vistió para ir hacia la cocina.

—¿Hace mucho que no tienes una relación? —preguntó Mor

—Varios años. Es como si fuera imposible quedarme quieto en la vida de otro —confesó U Faber. ¿Y tú?

—Yo ya te he encontrado —respondió Mor mientras servía café y tostadas con una facilidad increíble. Al sentarse sus piernas abiertas de color claro y llenas, le atraían. U Faber puso cuidado en hacer las cosas bien.

—¿Qué piensas? –dijo Mor

—En hacer las cosas bien: amarte, visitarte, respetarte. Los dos sonrieron.

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