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Última foto que me ha enviado La Gatti hace unos días -j re

Alguien se cruzó por delante del taxi y U Faber freno en seco. Se abrió la puerta y se montó una rubia delgada con sonrisa atrapadora. Labios pequeños, cara de joven rebelde pero tal vez treintañera. ¡Casi la atropello! Exclamó U Faber mirando por el retrovisor. No obtuvo respuesta, la rubia miraba por la ventana como abstraída mientras mordisqueaba una cañita para beber cola sin azúcar. Puso en marcha el coche y atravesó el lateral de Central Park, pero la tipa no hablaba. U Faber repitió su pregunta en francés, luego en alemán y en ruso, ya agotado dijo en español su frase tan remanida pero que daba resultados: ¿Cómo se llama? ¿De dónde viene? Se escuchó una voz marcada y cual torrente que hizo que el taxista notará que en su coche estaba otra de aquellas mujeres que el tanto apreciaba:

—Soy la Gatti. Vengo de Barcelona. U Faber conocía el español de vivir unos años sus padres en Puerto Rico. En su acento tan tropical quiso averiguar si giraba por Central Park o se alejaba, pero escuchó:

—Tú ¿adónde me llevarías? La pregunta violaba sus defensas, a esa flaca, rubia y con cara de gorra la dejaría en la calle o la subiría a su piso de la calle 89. Pero más disciplinado pues ahora tenía una semi-novia una tal Mor Fernández, decidió vender un viaje.

—Si le parece, le puedo llevar a un restaurante donde preparan un sushi de delfín —aconsejó. Esa ruta era de las que sorprendían a los turistas, el tenía varias del tipo: en los próximos 5 minutos veremos el alma de Nueva York. La Gatti asintió, su mirada era verde, suave. Al quitarse las gafas U Faber presintió que aquella arrastraba una gran historia detrás, pero se preguntaba como la haría hablar.

A la media hora se sentaban en el restaurante, siempre paraba el taxi en un reservado ilegal que los polis respetaban y solía comer con quien contrataba su viaje, esa era su rutina, pero con esta clienta nada había sido acordado. Nada era previsible. Dio a entender que la comida la pagaba ella y su mirada verde esta vez más clara, la acompaño con una frase: “no te enrolles”.

—¿Dónde te alojas? ¡Zas! Ese tuteo le parecía tan artificial.

—Me he bajado en el aeropuerto esta mañana y no traigo ropa. Comprare todo aquí. ¿Luego me puede llevar a un hotel no muy caro? U Faber respondió que la llevaría a un hotel acogedor de un amigo y envió un mensaje de whatsapp para reservarle una habitación que daba a una plaza pequeña.

—¿Se quedara mucho por aquí? La Gatti le miro, sus ojos eran de un color verde casi opaco, y dejó caer una historia como que no llevaba rumbo. O tal vez sí. De donde venía aquello seguiría estando allí, incluido sus ex maridos.

—Nueva York es un buen sitio para cambiar de aires —agrego él.

Estás casado –preguntó ella. U Faber soltó una carcajada. Llevaba varios días que su estado civil parecía querer alterarse. Prefirió no responder, o mejor dio un rodeo hablando de la ciudad. “Hablas de las maravillas de la ciudad, con lo cual estás solo” —volvió a la carga La Gatti.

—Hace años que estoy solo —asumió sin reservas un U Faber que reculaba ante una clienta quien parecía conocer desde hace años.

—Cuando estamos solos la vida nos parece muy cabrona —dijo La Gatti. Luego saco una pequeña libreta de su bolso y escribió:

Queremos comer lechuga, pero nos atragantamos de carne. Se levantó, para agregar: llévame a ese hotel de tu amigo. Y salieron dejando el plato de sushi a medias.

Mañana: La Gatti

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