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Ha sido una maravilla
— ¿El qué?
—El polvo –dijo él.
—Bueno ni he tenido tiempo de respirar –dice la Gatti. Sus ojos redondos, aparecen cubiertos de una humedad que carga de fuego el habitáculo.
—Y en un wáter –insistirá él, como cualquier hombre que después del sexo quiere hablar de la proeza, de la descarga, de aquella aventura tan inusual. Es Román Brodwsky, vendedor de zapatos y lunático.
—Es el mejor sitio. Es autentico. La risa de la Gatti avisa de su peculiar encuentro.
—Lo hiciste antes alguna vez… ¿de esta manera? –pregunta él. Imagina que los hombres son malas compañías de los sueños femeninos, les asusta dejar de ser amantes ideales.
—Dos veces responde ella, fría. Para la Gatti el sabor de tanta fuerza de la naturaleza es parte de su historia. Hasta que se divorció por que su marido le descubrió con otro, fue hace un tiempo cuando a él le dio por hacer una broma y hacerse el muerto con entierro incluido, si no ella tal vez no habría salido a esos espacios de caza donde los hombres son dueños y se descomponen para sumar conquistas. La Gatti había ido dejándose ver poco a poco, en esto del sexo y el amor, y ahora era una forma de salir de la rutina. De vivir experiencias singulares. Y… -ella agrego-, a veces lo hago para romper con la rutina.
— ¡Quiere decir que no fue una casualidad! Para él aquello se torcía. Dentro de dos horas no le vería jamás a esta mujer, ni a este lavabo de señoras. El sexo sería un remoto espectáculo.
—Fue casual. ¡Siempre es casual! Dijo la Gatti despegándose de sus dos muslos y subiendo unas bragas rojas hasta muy poco más arriba de su sexo. Su fina barriga y un vello rubio trepaban más allá de la cintura. Era lo que siempre deleitaba a sus fans. Esa silueta dominada por un vello rubio zigzagueante. A los minutos la mesa del bar les unía de nuevo. Me queda media hora –dijo ella. Me tengo que ir. El dudaba que hacer, si acompañarle hasta el andén pero se refugió detrás de la cola. Se despidieron. La Gatti camino hasta la salida y pudo verle aun detrás de los cristales. La estación de trenes era antigua y los carteles de neón puestos por aquí o allá daban un aire antiguo y destartalado. Ella solo deseaba montarse en su vagón. Miro la hora. Miro el número. Y se sentó. Había quedado con U Faber en la estación central de Nueva York. Fuera el viento que corría se llevaba los papelillos de un grupo de seguidores de un club de futbol local. La Gatti sentía que su corazón le apretaba. Intentaba quitarse esa responsabilidad que tienen las mujeres cuando el sexo es hambre y diáspora. Hambre y ruptura con el aburrimiento. Saco su diario y escribió.

¡Joder! ¡Estoy hasta las narices de no poder separar sexo de amor!
¡Hasta las narices!
Roman Brodwsky llego a su casa cerca del mediodía, abrió una cerveza y puso la tele. Luego vago en calzoncillos por su departamento, mordisqueo la pizza que le sirvieron de la casa de las pizzas de dos colores. Luego lloro un rato, si hubiera estado un amigo cerca habría escuchado su frase dicha en voz alta: ¡la muy puta… me gano en todo!

U Faber se puso colonia a lavanda, venia de un asalto de sexo con Mor Fernández, y en unos minutos vería a la Gatti. Mientras se alisaba el pelo pensó:

“Atrapado estoy entre la adrenalina y las dudas de amor. Como siempre resolveré desde lo caliente, espero esta vez no equivocarme”. Paro el taxi y pudo ver una flaca, rubia de ojos verdes sentada en un descansillo. Sus piernas brillaban desde lejos atrayendo las miradas masculinas. La saludó. El beso en la mejilla rozo un labio. Sabía a sal.

A sal

 

Nota

Continúa el Lunes: La Gatti

Web de 12 a quién Ud. no invitaría a cenar

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