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Compartimento C / Ew Hopper

by j re crivello 05

U Faber se sentó en el mismo sitio donde el sushi venia envenenado y mezclado con carne de delfín y pidió un plato variado, La Gatti hizo lo mismo. Para ella vivir en Nueva York se estaba convirtiendo en un día detrás del otro y variaba continuamente. Vio la mirada de su interlocutor y se dispuso a contarle algo de su pasado. La cerveza rodaría y tal vez el taxista pasaría por la piedra o se frenaría, o ambas a la vez. Qué pensaría él de su vida pasada, y su novia oficial la tal Mor Fernández.

Hace unos años vi la serie de 2 metros bajo tierra, en aquella época me parecía una burla del destino —comenzó a explicarse mientras cruzaba las piernas y el sol raspaba sus muslos tan sensuales y prosiguió-, mi marido, -estuvo a punto de decir el primero de ellos, el original-, se inventó su muerte y su entierro, y ante aquello me eche un amante, él me descubrió al volver y de tal lio, él aún vive desquiciado al lado del cementerio y yo me he transformado en una divorciada, llena de vida y con un corazón arrebatado por las dudas. Otro movimiento de piernas altero a U Faber aún más. Pero ella siguió. A veces la vida no es un camino de rosas. Pasados unos días del escándalo, surgió en mi interior un deseo de ir de aventuras. Recuerdo una, me encontraba sentada en el único bar del pueblo y se detuvo un coche, azul, de faldones dorados. ¿Quién podía visitar esta comarca llena de antiguos pleitos? Cerca de Barcelona pero a la vez protegida de la gran ciudad. Y del coche bajo un tipo espeso, de gomina en el centro de la nuca y camiseta de mangas cortas de color rosa. ¡Por Dios que mal gusto! Pero… al verle: ¡era mi primo! Y venia en mi dirección. Por mi cabeza pasaron rápido y reajustadas en el tiempo las tardes en el pajar, las confidencias, las primeras experiencias referidas a la piel, el vello, la lengua, las nalgas. Conocía su paisaje físico y él mi intimidad. ¡Trágame tierra! –Exclamé- Ya era tarde, una voz con tintes de rock espeso y mezclada en aceite de ciudad dijo:

—Hola

— ¿Qué haces aquí? —pregunte, mientras recordaba a la psicóloga y las prevenciones referidas a contenerse con el sexo, o ráfagas del palo: “Ud. perdió a su marido y el necesito llamar su atención con un suicidio falso”

—Pasaba por aquí, del otro lado de aquella montaña -dijo señalando y mirandole por debajo de las RayBan, y recordé el valle, la comarca. Recordé el pajar, nuestras charlas que están metidas en mis últimas canciones. ¿La has escuchado? La Gatti frunció el ceño, perdida en esa garganta regada en  verde, donde todos se odian. No podía confesar que sus canciones le aportaban un soplo de vida. Ni confesar que veía sus apariciones en el canal de Youtube. Y respondió.

Carne de sauce

Ron y pastillas de jabón

Al pasar tu mano el sol se desploma. Había recitado sin más una estrofa que salía en la radio cada día ¡Qué horror! Estaba ahora a sus pies, como confesando que aquellos días estaban tan presentes aún en su vida, que no eran un amago, no eran un destino, sino una fuerza de los genes que une a algunos primos, como decía en un artículo leído en la prensa hace un mes.

—Me he divorciado –dijo la Gatti

—Ese no era para ti. Cada vez que hablaba te decía palabras cargadas de naftalina. ¿Me llevas hasta allí donde nos juntábamos hace años?

— ¿Al pajar? ¡Tú estás loco!

—Sí, insistió Víctor. Desde que compuse aquella canción siento que debo volver por la senda para saber qué pasa cuando los años nos recorren en sentido inverso.

Carne de sauce

Y… sexo antiguo. Agrego la Gatti, como recitando el final de la canción, pero esta vez dejo escapar su ritmo mientras su rodilla izquierda marcaba el compás. Y se montaron en el coche. El granero estaba a una milla del pueblo. Una sierra que se elevaba despacio, de dorados, de verdes suaves. La propiedad aún era de su familia, pero ese refugio estaba deshabitado, suelto en el paisaje, dejado a medias, rodeado de los humores de la comarca: broncos, llenos de sandeces vitales y de porfiados habitantes que lidiaban entre sí por alcohol y mentiras. Bajaron. La puerta de tres metros de alto quedo entreabierta. Se quitaron la ropa con prisa mientras recordaban el lugar donde todo comenzó con una cita referida a doctores y enfermos. Allí La Gatti afirmaba que deseaba ser médica, que sus inyecciones eran sutiles, y el miro a su vida y paso en segundos por su alejamiento, y las canciones que escuchaba lastradas de abandono. En segundos la desnudez y la gimnasia les separo. Aquello no funcionaba. Estaba rota la aventura, la fantasía, el deseo, pero las lágrimas brotaron y las risas, y las confidencias. Ella dijo:

— ¿A dónde ir?

— Márchate a Nueva York–respondió Víctor. Ya te dejo el dinero. Desnuda la Gatti, de pie, con un físico esplendido, senos como dos astros del cielo, barriga suave, lunares en la cadera y vello castaño, mirándole, dijo:

—Me voy. Déjame más allá de la montaña que cierra el valle. Me compraré un billete en el aeropuerto. Víctor sonrió, desnudo, con tatuajes en la pelvis rodeándole el pene de un dragón. Y entono unas frases:

Carne de sauce

Tus mentiras son las mías.

Hubo una pausa larga, el sushi bailaba en aceite, U Faber apuraba otra cerveza. La Gatti dio a entender que por ello estaba en nueva York. No había ningún proyecto personal detrás tan solo un viaje financiado con dinero de un primo cantante y famoso. U Faber sonrió. Tal vez era fácil dar algún contenido amargo a esa vida contada al revés, o dar consejo, ¡o que se yo! Apuro la cerveza. Solo dijo:

—Si te apetece puedes quedarte en casa hasta que encuentres trabajo y decidas hacia dónde ir. ¿Qué tu ex marido se hizo el muerto? ¿Se hizo enterrar?

Sí, yo le quería. La Gatti le miró como diciendo ya te contaré esa historia. U Faber se puso de pie, le invitó a quedarse en su piso de la 58.

—Tengo una habitación vacía. Dijo— y se marcharon

 

Nota 1

Un día después el coche subió en dirección a la única salida del valle, una carretera espesa y de curvas que ascendía amagando perderse en la montaña. La Gatti miro hacia atrás antes de sobrepasar el Km 46 donde se ve el valle y se abre un sendero de subidas y bajadas de montañas gigantes que dejan detrás un pueblo que solo ve su vida y respira sus amoríos e incesto con orgullo e ingenuidad.

¿Quieres ver una foto de la Gatti? link

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