Amigos 12 a quién ud no invitaría amenaza en convertirse en libro, y tengo tanto trabajo en muchos frentes que me asusta -j rer k tartan imagen cap 2

by j re crivello

Pude presumir de conocerle y haber estado en la misma barra, pero aquel regusto amargo cuando el tipo no paraba de preguntar por mi calzoncillo rojo me obligo a marcharme molesto, y, al día siguiente me llevo hasta una fuente de información segura y fiable. Mi panadera estaba sola, al entrar y saludarle menciono de corrido que ese día: “se vendería poco pan, después de un 1 de mayo los asalariados han bebido mucha cerveza y…” se detuvo, aquella intuición relativa al sexo de los obreros le dejaría en silencio, a lo que pensé. y ¿no será ella la que anoche visito con su pareja las sabanas, y hoy aun le atrae ese saborcillo del día después?

— ¿Qué le pongo? –dijo

—Uno de aquellos que esta poco dorado y acaba en punta pero tiene poca miga.

— ¿Una txapela? –Dijo para agregar- siempre le cuesta encontrar el nombre de los panes —agrgó mirándome con cierto aire seductor. Por mi parte mantuve el tipo pero venía a preguntar respecto a mi vecino, introduje en la conversación el sombrero panamá, y réferi que algún vecino lo lleva en los días festivos, cuando los obreros sacan las pancartas de puro rojo los 1 de mayo. Ella dijo:

— ¡R. K!  Es un tal Tartán  ¿Cómo narices lo había intuido? Estas mujeres llevan unas fichas de cada comprador –pensé-, y al ver mis ojos desprevenidos y cargados de emoción agrego:

—Ese señor es el único que lleva ese sombrero, aunque yo le he visto salir cada día a las 21:30 a pasear el perro. ¿Quién hace eso?… cada día, y además no le vera Ud. con el sombrero puesto. Una vez me cruce con él a esa hora y olía a loción Nenuco, un aroma infantil que escondía una cara tiesa, deduje que iba camino de alguna aventurilla.

— ¡No diga! Mi cara de asombro salió un poco rara, pero pude recuperarme y preguntar: Pero… ¿está casado?

—Aquí lo están todos, menos los perros

—Y las delgadas señoras que han quedado viudas –agregué.

—Son 7. Tres rubias y 4 morenas que se montan en dos coches para bailar en la Sala del Imperator

—Pero son 7 señoras de muy buen ver. Ella se echó hacia atrás y mirándome con cierta falsedad agrego algo que revelaría su íntimo despecho: a la sangre caliente la dominan la pintura y los aceites –cobró y me despedí. El vecino que parecía estar alterado por mi cruzada del riego en el terrado tenia vidilla y… ¿si le seguía una de estas noches para ver a dónde iba? Decidí hacerlo el jueves, regresaba tarde del trabajo y podría enganchar la pesquisa antes de entrar en casa y no tener que dar explicaciones.

El jueves, era noche cerrada, casi 21:29, mi vecino se había adelantado. Le seguí varias calles y luego entro en un bloque de pisos del cual tuve que usar mi ingenio para que me abrieran el portal. ¿Y en que piso estaría? Espere el ascensor y salió un joven, con atrevimiento pregunte: ¿no conoce Ud. un vecino que viene cada noche con un perrito?

_Ah sí, siempre entra frente a nuestra casa del 4to número tres -respondió. Subí y me mantuve expectante, al final del pasillo una ventana daba a la calle y un rellano me permitió sentarme, consideraba que aquello no duraría demasiado. ¿Una? ¿Dos? Sobre las 23 horas le vi salir. Ahora sabía cuál era su secreto. ¿Y si preguntaba?, con ello me introduciría en el foco de su secreto. Baje y compre en el Restaurante chino y volví a subir y toque el timbre.

— ¿Quién? —Una voz cálida paso a través de la puerta.

—Soy del chino y le traigo el pedido

—Yo no he pedido nada

—Un señor que se marchó hace unos segundos nos dijo que le trajéramos la cena. Un ruido de llaves y la puerta se abrió. Una señora descomunal, morena, con un vestido ajustado y grandes senos pero con voz muy marcada. Quizás era un señor/señora, la cual me sonrió. Luego dijo:

— ¡Ud. no es chino!

—No

—Y tampoco huele a arroz barato de restaurante.

—Algunos no lo llevan.

— ¿Cómo se llama? “R SanDor” –mentí de manera terrible, estaba en un fregado que no venía a cuento, que había comenzado con un calzoncillo rojo repetido ¡joder! Agregue: “me han pagado este pedido y nos han dicho “entrégueselo a mi mujer”

—Yo no estoy casada. Ni soy viuda -dijo. Ni atiendo después de las 23. Ni creo haberle visto en el pueblo. Y se echó hacia atrás encendiendo un cigarro que llevaba en la mano. La luz de su mechero me dejo ver unos ojos negros y unos labios inflamados, redondos y sensuales. Pude contener mi expresión de deseo. Nuestra entrevista nos llevaba a un territorio rocambolesco. La comida del chino me quemaba el dedo derecho, la luz de esta señora me invadía medio cuerpo, su fina sensualidad ambigua despertaba en mí un carro de atracción y repulsión a la vez. Y dije:

—Se lo dejo. Debía escapar de allí, huir de esa loca atracción que rajaba el suelo bajo mis pies.

—Bueno, aún no he cenado y lo deposito en una mesa desde donde al regresar me entrego una tarjeta que ponía Madame Miriam, quiromancia-tarot-stress de soledad.

— ¿Me visitara? –dijo. Quise preguntar cuánto valía aquello, o si lo último, lo de la soledad de la tarjeta en letra dorada y cursiva: ¿qué significa estimada Madam? Pero opte por una disimulada y estúpida respuesta de varón domado.

—Le prometo que vendré. ¡Qué estúpido me confesaba ante ella!

—Llame antes, tengo las horas cubiertas. Antes de marcharme volvió a entrar para recoger algo, no me había dado cuenta, iba montada en unos tacos de 15 centímetros y su masa vital era un trasero redondo y turgente que oscilaba. Al regresar, me entrego un pote de crema, “para que su mujer se lo agradezca” –dijo. Sonreí y dije: “huele a fresa”.

—Lo preparamos cada invierno en mi pueblo –y se despidió.

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