r k tartan capit 04

Nos queda un capítulo mañana de R. K. tartán luego invitaremos a otro. ¿Cuál será? No lo he decidido aún -j re

Ese jueves al regresar del trabajo fui a visitar a Madame Miriam. La señora que conocí a través de mis pesquisas sobre mi vecino R. K. Tartán. Debo confesar que estoy casado y no era capaz de hacerle un feo a mi mujer, por lo cual le dije que la tal señora era una masajista y además futuróloga. Ella me pregunto: “¿y porque vas?” Solo pude responder: “quiero saber un poco más de este vecino que tenemos en frente, el tal R. K. Tartán”. Y explique que el tal personaje era una amistad de bar que vivía con desconsuelo y dificultad y prefería llegar al fondo del tema, que era averiguar mi posición emocional. No sé si le convencí, pero por su mirada deduje que aquella era una mezcla de silencio conmiserativo. Así que esa noche cerca de las 21, toque el timbre en casa de la Madame. Ella me recibió con un traje pantalón ceñido al cuerpo de color café. ¡Empezábamos bien! el color me estimulaba. No llevaba sus naturales tacos de aguja del 15, sino unas bambas marrón oscuro y su cara lavada solo contenía un delicado rímel dibujado alrededor de los ojos, lo que acentuaba, unas esferas cristalinas llenas de fuego. Me hizo pasar a una salita redonda con dos ventanas desde donde parecía verse una terraza llena de flores. El centro de la habitación estaba vacío, con un tapete circular de tono oscuro, me explico que me sentara en la posición de flor de loto, con lo cual con dificultades pude encajar mis huesos, ella se puso a escasos centímetros delante en la misma postura. Con voz suave dijo:

—Apoye sus manos en mis dos muslos. Y, pude sentir una corriente caliente de sangre que subía en mi famélico estado sentimental, luego ella puso sus dos manos encima de las mías y me explico que cerrara los ojos y me concentrara en un punto e intentara ampliarlo. En mi interior sentía un castillo inmenso de dudas, cada tanto me asaltaban sus tremendos senos desnudos que intentaba apartar para concentrarme en aquella luz e ir dominando mis temores, para sustituirlos por una corriente vital en la que Madame Miriam me aupaba. Fueron unos minutos en los que perdí el control para sumergirme en una rara entrega a mi sanadora. Luego ella dijo: “abre los ojos”,  ¡le tenía a escasos centímetros!, su mirada rompía los esquemas, y dijo: ahora yo mencionaré una frase y Ud. intentara fabricar otra partiendo desde la última palabra del final:

— ¡Como en el cole! -exclamé-

—La melodía del abanico cautiva pero corroe

—La corrosión de mi estado sensual me destornilla -repliqué

—Al destornillar cada capa, aparecen muchas vidas —remachó ella

—De la vida de otros, aún recuerdo violencia y sexo —dije.

—El sexo es un arma salvaje, pero cálida -dijo ella

—Un apetito cálido nos acerca a la niñez -respondí-.

—La niñez la pase… en un cuarto con mis primos –aseveró Madame Miriam

—Mis primas eran solteras y mi silencio era impropio -dije, pero tal vez arrepentido.

—Lo impropio es una muestra de nuestras cobardías –aquí sentí un golpe directo.

— ¿Y si libero mi silencio? -pregunté-.

—Del silencio se angustian los que vienen a mi casa –agrego Madame Miriam- y dio dos chasquidos con los dedos. Había despertado. Le veía de otra manera. Esa bella mujer/hombre carecía de la carga moral que le adjudicaban en la calle. Le mire y dije: “¡Gracias!”. Ella se puso de pie y me levante. “Hemos terminado” –dijo. Tal vez confuso ante lo que vendría pregunte: ¿le debo algo?

—No, invita R. K. Tartán. ¿Es su amigo? –preguntó

— No y dije: ¿Sabe Ud. algo de él?

—Siempre dice que trabajó en la CIA. Dirigiendo hacia mí una mirada indecisa. Quise preguntar si conocía a mi panadera. No sé por qué aquella conexión entre la barra de pan y ella me llevaba a alguna parte. Luego la Madame abrió una agenda pequeña y me apunto para dentro de dos jueves y ¡acepte! Fuimos hasta la puerta de salida y al bajar por el ascensor me sentía más liviano, o… ¡más estúpido! Caminé por las calles como un zombi, lleno de una calma imprecisa hasta llegar a la entrada del bar donde tomaba mis cafés.

Era sábado y entre. Vi en una mesa a R. K. Tartán, quise esquivarlo pero me llamo e invito a acompañarle, iba con su tradicional sombrero panamá y una camisa abierta en el pecho dejaba ver unos cabellos color nácar. Por lo demás todo igual, su peinado y afeites con loción de la buena contaminaban nuestro espacio. Pude ver que llevaba un reloj dorado brillante y con incrustaciones de piedras de swaroski. Una vez sentado tenía unas ganas tremendas de salir de lo que me envolvía, pero recordé a Madame Miriam y me serene. Él dijo.

—Veo que fue a casa de mi amiga

—Si

— ¿Y le recibió como es debido?

—Sí. “¿y le sirvió? –preguntó nuevamente.

—Sí. A decir verdad –su insinuación me hería- ella me pareció una excelente mujer.

—Es mi segunda esposa -dijo riendo

— ¿Y su mujer que opina? “Ella sabe lo que debe saber” –agregó. Ya… Y Madame Miriam ¿con Ud. que hace?

—Lo mismo que con Ud. pero con un toque de antiguo cliente –y volvió a sonreír. De mi parte agregué: “le agradezco su invitación”.

—Hombre, me parecía patético verle regar las plantas todos los días con su calzoncillo rojo. A pesar, que mi mujer cuando vemos la tele y salen los cuerpos danones siempre dice: “es una lástima que nuestro vecino se haya quitado tan buen taparrabo para aparecer con pantalones largos y sin ceñir”, a lo que siempre le respondo: Cariño… aquella manera tan frugal de mostrase alteraba hasta las palomas del vecino del 4to ¡no paraban de procrear! Y ayer, pude tomarme una cerveza con su dueño, estaba sentado en ese mismo sitio y me confesó: que después de su abandono estético   –al quitarse Ud. sus calzoncillos rojos-, las palomas están angustiadas o sin fuerza. Se detuvo unos segundos y ajusto su sombrero panameño, no sin repetir, como si fuera un eco en mi cabeza

¡Las palomas! No supe que decir, pero recupere la compostura, tanta observación de parte de su amada nos llevó por una conversación en el cual comparamos las palomas con ella. Sin proponerlo bordeábamos un difícil equilibrio y era un ataque en toda la línea a mi caustico señor de la CIA. El mantuvo el tipo, su sombrero panamá lo empujo un poco hacia atrás dejando ver una marca roja en su frente, el sombrero parecía apretarle un poco y dejaba ver una frente rosada cubierta por una piel cuidada y lisa:

—No creo que ella este así —dijo atrapado en ese argumento—, pero ahora que lo dice —continuó—llevamos tres semanas que no… deteniendo la frase. Por ello volví a insistir:

—Pregúntele a su perro Sandokan, él es un excelente comentarista, no para de gritar cuando Ud. sale a pasear sin rumbo. Y me puse de pie. Esta vez no pague, no había consumido y estaba hasta las narices de sus comentarios. Me sentía envalentonado, le había dado en sus narices. ¡Había llegado hasta su cama! Él por su parte poniendo cara de atrevimiento dijo:

—Esta noche dejare la ventana abierta. Los gritos de quien esta desasistida –como Ud. dice- se oyeran en la calle. No hice caso a una bravuconada, pero si recordé que cada vez que oía algún gritito femenino desde su ventana le precedía de una manera obsesiva la canción ¡O sole mio! Si algo me quedaba por saber era consultar con mi panadera acerca de su mujer. Y, cambie de paso, estaba liberado, Madame Miriam me protegía. Aunque… ¿Dónde se podría consultar sobre los antiguos miembros de la CIA? En ese momento recordé a un tipo, se llamaba Lucas Boy, vivía en el área de Sitges, era dueño de un hotel y había trabajado en los servicios secretos. ¡Que leches también España tenía agentes secretos!

 

 


 

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