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By J re crivello Novela El Corazón dormido a publicar en 2017

Lucas Boy dio un escupitajo en su mano izquierda y se alisó su rubia cabellera, luego se puso el casco y en dos minutos estaba en la autopista que une Vilanova con Barcelona. Pero se detuvo un poco antes, en Sitges, casi un garito para el en los años pasados, pero ahora su montura de terciopelo y los años de cuarentón le alejaban de aquello, pero aun así dejo la moto cerca del paseo y camino hasta un bar de aquellos donde el mar se revuelve y los días lunes algún albañil lleva su bocata envuelto en papel de plata. Había quedado con un tipo que le quería contar una historia. No le veía desde hacía 10 años. ¿Estaría mayor? ¿O decadente? No debió esperar mucho, apareció con tejanos y una camiseta para barriga de cerveza. Dijo: ¡Hola! y se sentó. Al quitarse las gafas unos profundos surcos alrededor de los ojos le dieron una cierta importancia. Parecía haber corrido más que una moto de su cilindrada. Pidió una mezcla de anís con moscatel. Y luego dijo:

—Está todo jodido

—Sí. A veces las cosas no salen tan bien –respondió Lucas Boy

—Me refiero a que no hay pasta

—Es normal, nos la hemos bebido en estos años –dijo Lucas

—Y además la gente se irrita por cualquier cosa. O grita. O no tiene orgasmos. Lucas Boy rio de buena gana. El tipo le miro y siguió sin darse cuenta con su lunática experiencia.

—Ayer. Un domingo lleno de brisa y lluvia fui a una fiesta de cincuentañeros y los tipos estaban más arrugados que la leche.

—Y tú

—Más arrugado que ellos. Y una tipa que conocí hace un pila de años estaba allí.

—Es normal, en esas fiestas la gente corroída y sin tregua ve el paso del tiempo en los demás   –agregué sin saber a cuento de que me había llamado después de 10 años para contarme una historia sin final. Le observe mejor, sus botas de caña tres cuartos bordadas al estilo vaquero se deslizaban debajo de un tejado forrado en piel y bordado con tonos rojos y florecillas. De lo que sabía de el –por correos y las redes sociales- no le había ido mal. Vendía y diseñaba ropa y en la comarca su nombre era muy conocido, como en los traseros de media Barcelona, era Ron Carey, un nombre un poco tortuoso pero pegadizo. –Le mire y dijo:

—La tipa ¡fue para mí un flash! hace años y ahora a lo mejor está casada y feliz

—La gente también es feliz –agregué

—Y eso me hizo pensar –insinuó.

— ¡Vaya! –dije siguiendo su pista

— Estos mariconcetes pequeño-burgueses no dan abasto en sus sabanas originales de lino y sus escapadas al Caribe y sus vinos peleones de tinto los fines de semana –agrego Ron. ¿A qué venia esa fraseología marxista en estos tiempos? -pensé y pregunte:

— ¿Y tú no crees que esos tipos no han peleado bastante por  amarse con torpeza o con sencillez en camas de lino?

—Si, tal vez -dijo. Es en mi caso, mi historia. He saltado de una a otra y he acabado traspuesto de infelicidad

—A lo mejor tu felicidad no es la de ellos. Es más movida. Más llena de contrastes. ¡Qué narices! -Un lunes y de consejero espiritual.

—Ves aquello -me dijo y señalo un yate mega gigante. Es mío, y allí meto a gente para que se destornille cada tanto. Y cuando se han ido me convenzo a mí mismo que si lo lleno varias veces más al final un día obtendré un cierto descanso.

—Pero ¿tú querías esto no?

—Yo quería ser un pequeño burgués con mi chica y un nieto o dos -dijo

—Aun estas a tiempo -le insistí

—Pues preséntamela.

— ¿A quién?

—A la que ayer tarde vi. Vivian R., tú la conoces -agregó

—Pero ¡si es una cuarentona! Lucas Boy estaba sorprendido ese tipo de pantalón bordado quería quedar con una ama de casa normal. ¡Imposible! Había amores antiguos y muertos que nos aparecían, año tras año, pero eran tan solo eso, un estilo, un silencio, una tarde. A veces nos aferrábamos a estos soplos de vitalidad juvenil como un remedio ante las decisiones que no nos habían llevado a buenos resultados. Le mire e intente convencerle y el insistió, quería hablar con aquella tipa que este domingo había visto de cerca y a años de su vida. Marque un número de móvil y le invite. A los 10 minutos estaba allí. Ella sorprendida, le saludo. Mi ex esposa se sentó sin saber a cuento de que estaba allí. El tipo garabateo con los dedos en la mesa y la situación incómoda se desarrolló rápidamente: “Tu eres; si ayer te vi, pero no me atrevía saludarte —dijo ella; yo tampoco –dijo él y agrego y hoy ¡mira que sorpresa! ¿Vives en Sitges? ¿Y tú? —preguntó ella. En Barcelona –respondió él. ¿Vendes moda? Hago moda –dijo él. Luego ella se animó:

—Hacía tiempo que deseaba hacerte una pregunta. El tipo se echó hacia atrás y escucho:

— ¿Porque nunca me llamaste? Hace años ¿Te acuerdas?

—No sé –respondió Ron Carey. Siempre me he preguntado el porqué. Quizás era un torpe que ansiaba otras cosas y no una vida de clase media. Ella le miro, se sonrió y dijo:

—Lo que dices ¡es una jodida estupidez!

—No –dijo el tipo intentado excusarse.

—Luego de tantos años -dijo ella y agrego- una mañana uno se despierta pone la lavadora, barre su piso y su ex marido le llama por el móvil para decirle que una viejo amor está allí pidiendo confianza, o calor, o inclusive alguna escena de mantequilla estilo Último Tango. ¡Es muy fuerte!

—Solo quiero que hablemos unos días. Se veía que tenía el corazón abierto y en sus manos un sueño aun latía. Ella dijo. Que iba a decir ella, una mujer dura –yo le conocía- , de sabores castaños, de amplia risa y modelada silueta construida con pan y aceite. Diría, inclusive la imaginé, ya estaba en mi cabeza su respuesta, rebotaba, daba saltos.

—No –al final respondió. Ahora estoy sola y me procuro algún sueño que dura días. –Se levantó y me dio un beso en la mejilla. Para Lucas Boy esa mujer que se alejaba era pura dinamita, y para este paleto de pantalón rosa, un sueño.

Continuará lunes…

 

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