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by j re crivello

Caminamos entre tinieblas durante años, luego al cruzar un semáforo un peatón nos golpea por casualidad en un hombro y ese suave toquecito cambia nuestra manera de andar. El pie se ha disuelto de su programación anterior y la cabeza se estructura como si aceptara que tantos días adormilados nos llevaban al destierro. Es en esta cantera donde Lucas Boy atrapa sus huérfanos. Como cada día metido en su moto en la misma autopista de la periferia de Barcelona, pero esta vez ha desviado su objetivo, es Castelledefels, cercana a Sitges pero del otro lado de un Macizo –El Garraf- donde los que lo atraviesan en sentido contrario se alejan de Barcelona y olfatean Vilanova, y un valle de verde y viña –que le precede- el cual se atraganta en la vista. Pero esta mañana Lucas Boy va en sentido inverso, le han dejado un mensaje en el móvil, cruel, enigmático irreconocible para los amantes de la tele basura: “te espero donde siempre, llena de pinos y azaleas. Se ha muerto mi madre. –Y, me angustia”. Firmado Mar Pérez. Una ex amante tal vez, o un cruel empacho de seis meses  –pensaría Lucas Boy. Habían cortado hace algunos meses. Al llegar a la calle de la cita, una avenida ancha que desemboca en el puerto de amarre de veleros, de un lado una hilera de bares, del otro la playa de este municipio, ancha, salvaje, con el Mediterráneo sin olas ni viento. Un día frio y amargo como frio y sin futuro es la extraña cascada de malas noticias en que se haya metida Europa. El entro al bar, casi al final estaba ella, de vestido rojo, de ojos negros como dos bolas de billar. Se besaron, se mordisquearon el labio, parecía que el fuego intenso estaba aún deseando unirles más allá de los reproches,

– ¿Cómo estás? –preguntó.

–Hecha polvo. Mi madre era una tirana, pero su vacío me ha dejado este síndrome

– ¿De miedo? –pregunto Lucas Boy

–De saber que las olas sucesivas de vida se agotan. Siempre he remado contra ella y ahora estoy sola –dijo ella. En su cara se traslucía un cierto deje de desencanto. Era lunes, casi 7:30, nadie iría a trabajar, ni ella ni él. Ese tiempo detenido y estéril media los actos individuales. Ella agregó: “quiero que me des un hijo, y quiero –mira, y saco una lista-, repasar cada uno de estos que he conocido y pedirles perdón”.

– ¿Un hijo? Lucas Boy pronuncio la frase dejándose llevar, y pensó que estaba de este lado del Macizo donde todo es más seguro y racional, si la pregunta se la hubieran hecho del otro lado, en aquel valle, en la lunática Vilanova o en el frenesí de Sitges la hubiera rechazado, pero de este lado, se programaban, se unían para traer gente a la civilización y dijo “Si”. Ella le miro y al tener cerca su mano la acaricio un buen rato.

–Has pensado ¿cuándo? –pregunto Lucas Boy

–Los lunes –respondió ella sonriendo y agrego. Los lunes se giran las manecillas del reloj y es un buen momento. Ella vivía a escasos metros del otro lado del macizo, por un camino que sube por esa montaña plana y se detiene al borde del acantilado y deja ver el mar. Lucas Boy escuchó de su voz la explicación de su nueva residencia, de esa casa que había comprado con el dinero de la herencia, y de las dotes que poseen aquello amores que los lunes llaman a la puerta del reloj biológico Y se dejó convencer. El necesitaba creer y dejarse llevar, solo puso un reparo

–Sera también mío y viviremos separados. Como si el miedo les uniera y esta misma emoción les separara ante el futuro. Era tal vez una manera de establecer un pacto de sangre para cuidar la relación. Ella se rasgó el cabello con las uñas separándolo para dejar ver la raíz y dejando ver una frente dorada.

–Solo nos queda… –dijo él. Pagaron la consumición y se montó en su moto detrás del coche para atravesar el macizo hacia el fértil valle que se escondía detrás. ¿Dudaba? No, una emoción le unía  a otra medula: la confianza.

 

 

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