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by j re crivello

W B –We Be para muchos- había quedado al final de la playa de Sitges donde un hotel inmenso esta encallado desde hace años. A pesar de hacer calor, su contertulio llevaba una camisa larga de color ocre, un sombrero de paja comprado en los chinos y unas gafas estilo señora Kennedy. We Be por su parte solo apostó por un pantalón corto –de las que llevan las adolescentes- que dejaba brillar sus muslos afeitados y con una crema para piel comprada en la dermatóloga de la esquina del hotel. Había pedido el día a Lucas Boy con un pretexto de visitar a una antigua amiga. Y a decir, ella lo era. Se saludaron sin casi respuesta y durante un largo momento miraron el mar romper una y otra vez contra un par de rocas. Luego We Be preguntó:

– ¿Te instalaras aquí?

–No sé —respondió una voz quebrada y llena de intriga, para agregar—: Esta ciudad está llena de gays asquerosos. Tal vez sea Vilanova que tiene playa y un mercado.

– ¿Que queda de nuestros pactos? preguntó We Be

–Todo. Su visitante no cedía ante el recuerdo de aquellas largas sesiones de la cárcel. Utilizo una palabra poco conocida para definirla: “tú y yo, somos como un holograma” We Be no entendió, pero supuso que aquello era casi como una estampita de la virgen de las que al ser niña te colgaban del cuello y no podías dejar de llevar toda la vida. Pero se resistía, allí dentro  —en la cárcel, el anonimato, las presiones tejían una red, aquí fuera deseaba reconstruir una nueva, a su gusto, sin estridencias con nuevas fidelidades. Casi era una respuesta de fin o bordeaba ese delicado equilibrio que tejen los amigos. Su visitante estiro la mano para tocársela, ella noto ese suave calor y la aparto. Luego le dijo al oído, tengo una habitación allí detrás—: “¿Vienes?” – y le siguió. Parecía que no podía responder de otra manera, una vez en la habitación los brillos y sus muslos se rozaron, nadie quitaba un pacto de una manera tan fácil. Y aunque se resistía, fueron pocos minutos, para a continuación estar de pie mirando desde la ventana la arena.

– ¡Has cambiado! –se escuchó en su espalda

–Si –dijo

– ¿Cómo es posible? –pregunto una voz airada. En la cama enredada en la sabana de color ocre, yacía una mujer violenta y antigua, llena de ofensas, caprichosa y fuerte. Para los suyos era un corazón de mantequilla, pero en el descampado vital implacable. Su físico trabajado en el gimnasio de la cárcel sin un gramo de grasa con una irregular concesión, poseía –según confesión propia unas bellas nalgas y si subías más allá de su mentón los labios presidian una cara delicada pero altiva, cautivadora pero muy atractiva para los masculinos.

–Al despedirse —We Be intento organizar una confesión de su retirada—: Me descomprimí –dijo y continuó; pude de ver –de nuevo- una o varias naturalezas masculinas y, recordé a Luis F. También, en la carcél el cerco nos cambia el carácter, nos lleva  a decir cosas o asumir compromisos pensando que el tiempo que esperamos recorrer será larguísimo. Poe ello debíamos protegernos… del asco, de la pasma, o de las violaciones.

– ¡Me utilizaste! Un látigo fue su recriminación

–Tú también a mí –respondió We Be, y, fui generosa contigo. Esta última frase hizo daño. Parecía despedirse de una antigua fidelidad. En la cama se deslizo una sombra, al ponerse de pie podría haber gritado, o un sollozo. Nada, solo un suave hilillo en el wáter contuvo esa despedida. Pero parecía presentirse que una rotura era demasiado, y convinieron verse cada cierto tiempo y ayudarse. Su amiga era una experta en robar sin ser vista. ¿Duraría mucho fuera? Tal vez sí. Era dura, de mirada cautivadora y con cierta tendencia a parecer a los hombres que una fuerza sexual estaba allí para dominarles, luego les ponía bajo su territorio de influencia. Sabía que el sometimiento y la fidelidad estaban a su alcance y algún que otro asesinato no probado cargaba en su cuenta. We Be se despidió de Carmen M. Antes de salir un beso travieso y de labios les separó.

 

23 horas del mismo día

Hay una calle pequeña en Sitges de no más de 300 metros, que muere en el Paseo Marítimo, es la “Calle Del Pecado”, esa noche We Be fue en busca de una copa. Llevaba una camisola abierta de color extremo y el sol le había enrojecido la piel confundiéndola con una guiri. Los bares instalados con terrazas sucesivas estaban animados, no sabía en cual entrar. El tradicional espectáculo gay animaba a una clientela variada en la cual los heteros eran predominantes. Casi al final, pudo ver una barra de colores estridentes e iluminación que surgía de plafones empotrados en el suelo. Entro. Pidió una copa. Se encontraba fuera de lugar, gente joven, turistas que gritaban y reían. Alguien que se desplazó de sitio le dijo: “Hola”. Ella sonrió y sus ojos brillaron –y pregunto—: “¿Qué haces aquí?”.

–Siempre vengo antes que irme a dormir. Su partenaire llevaba una camisa azul marina suelta, encima de un pantalón tejano y unas náuticas. Parecía más joven e inexperto. O, tal vez más fresco. Ella le sonrió, le atraía aquel atrevimiento superficial y, preguntó:

–Luego ¿regresas al hotel?

–Nunca se lo que hare durante la noche. Tengo insomnio y vago por aquí o allá. A veces descubro una mirada explosiva y me dejo llevar. We Be estaba azorada, el tipo parecía otro, como si permitiera un juego nocturno que inclusive en su experiencia le incomodaba. Pero miro hacia un lado y vio un grupo de sillones —y le pregunto—: “¿Nos sentamos?”. Lucas Boy respondió:

–Sí. Hablaron unos minutos de la fauna que observaban. En ella parecía que se había roto algo allí dentro y se preguntó: ¿Lucas será gay? Su aliento estaba muy cerca, para hablar debían acercarse a cada oreja y sus respectivos labios iban y venían. “No –se dijo. Este tipo huele a hombre” y se dejó llevar, primero se entretuvo en mordisquear su labio una y otra vez dejando que la lengua abriera un surco. Tenía a su jefe, y el ex amigo de su antiguo amado metido en su boca y trastabillaba en un juego raro. De repente le aparto con suavidad y bebió un poco de cola. Y al mirarle, aquel seguía sonriendo como si una piedra le hubiera dado en la cabeza y solo quedara un camino, aquel que ella conocía de sexo, violencia y una larga noche. Pero, era demasiado para un día, por la mañana su amiga carcelaria, y en la noche… –y dijo—: “Me duele la cabeza”. Con esa salida en frio y reducida a una variación adolescente de final de sofoco, le dejo. ¿Y él? No le siguió, era una de sus noches de caza tal vez y como decía: “buscaría una mirada explosiva”.

 

 

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