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Cada cierto tiempo aparece en la memoria colectiva esta obra faraónica y sus recuerdos. Me despido hasta el lunes -j re

Serían las 12 cuando llegamos al Valle. La carretera desembocaba en una amplia explanada en la cual polvo y el viento golpeaban con furia. El Generalísimo marchaba delante, estaba exultante. A nuestro alrededor pude observar que aún trabajaban cientos de personas—: ¿Prisioneros tal vez? El distanciamiento y la manera que nos observaban transmitían un cansancio vital, se percibía la penuria del trabajo forzado.

Según la opinión de los dirigentes que me rodeaban, estaban allí para expiar sus pecados. El techo de basílica ya estaba casi cubierto, su gran Cruz era aún un proyecto, pero ya tenía los cimientos y nos permitía intuir su volumen futuro. Subimos unas escaleras, el grupo aumento su marcha, parecía un desfile de la victoria. A nuestro paso todo se antojaba pequeño. El día estaba nublado, y fuera hacía ¡un frío maldito! Al llegar a la puerta Franco se detuvo, el grupo que le rodeaba viró hacia la izquierda, cual danza que une al líder religioso y sus peregrinos. Al mirar delante, se abrió un pasillo estrecho. Intente introducirme por aquel espacio abierto, al levantar el mentón observe que el Generalísimo me esperaba. Sus ojos inquirían, su orgullo exigía. Esbocé una sonrisa leve, hasta situarme a su lado.

—Martin (1), ¿qué le parece? –preguntó, recto, con la cabeza saliendo de su abrigo y orgulloso de la obra. Estaba esperando aquella pregunta, ante lo cual mi respuesta fue clara, seca hasta diría desabrida e incluyendo una mentira corta, tal vez imprecisa: “¡Excelente! ¡La vista desde aquí es impresionante!” —Dije, manteniendo el tono—. Pude presumir, con un agregado que creo recordar decía—: “Me imagino que cuando la Cruz esté acabada desde su posición señalará lo eterno”.

—Sí, el Eterno Creador –apuntillo con aquella voz tan característica, pero reemplazo “lo” por “el”. Tal vez su catolicismo consecuente y firme chocaba con mi paganismo disimulado, más en la moda de los movimientos de los años 40. “¿Entramos?” —preguntó. Siempre tenía esa forma de mirar acompañada con una sonrisa que uno suponía era simpática y a ratos dudaba sobre su efectos cínicos asociados al poder.

La Basílica era una sala rectangular muy larga, su techo abovedado acababa en un frontal capaz de servir de iglesia. A mitad de camino Franco se detuvo, miré hacia donde señalaba:

—Martin, esta será mi tumba. Superponiéndose a su explicación, mis pensamientos cabalgaban en la atmósfera que nos rodeaba, suponía que aquel momento histórico le resumiría por una frase al uso que en mi caso, luego recordaría durante años: “ni piedra grande ni pequeña el déspota vuelve a reencarnarse”. Pero aleje de mí aquellos pensamientos para centrarme, pude notar como Franco acechaba para conocer lo que pasaba por mi cabeza. Me atreví a insinuar en aquel grupo que nos rodeaba de los funcionarios del estado y dije:

—El sitio escogido veo que está debajo de la Cruz –mi recorrido con la cabeza desde el suelo hasta el donde suponía iría la gran cruz, acompaño la segunda parte de mi frase—: Ud. piensa en todo. Esta última expresión y mi familiaridad no le gustaron, quise rectificar, pero él no lo permitió. Su semblante había dado un giro. Extendió su brazo, apartando de un suave empujón a un coronel y comenzó a caminar girando en dirección a la salida. Todos le seguimos. Su paso era más rápido, el grupo volvía a ese característico balanceo de líder y peregrinos. Casi al borde de la puerta principal freno en seco. Los que le seguíamos nos estrechamos como una acordeón pegándonos unos a otros. De nuevo él, dirigía la mirada hacia el Valle. Me abrí paso entre dos e intente ponerme a su lado. Aquella masa compacta parecía adherida a su cuerpo, una vez que logre zafarme y estar a casi medio metro, contuve la respiración y le hice una pregunta:

—Mi Generalísimo: ¿por qué escogió este sitio? Sus ojos siguieron fijos en el paisaje, parecía no haber escuchado mi impertinencia, pero movió su brazo derecho y con su dedo comenzó a describir un semicírculo imaginario. La voz empezó a escapar despacio y sentida:

—Martin, mire –señalaba un punto abierto y helado que veíamos por delante—: Todo es piedra y roca, todo es silencio, todo es fin y comienzo. El Valle me gusta porque nos hace pequeños entre tanta grandeza. Aquí descansaré después del ruido, de la envidia del poder. Este sitio, me recuerda a los grandes espacios de Marruecos, donde al mando de mi tropa representaba esta libertad. Dicho esto, comenzó a descender las escaleras, le seguimos, mire mi reloj, eran las 2 de la tarde.

Notas:

(1) Martín Amis, banquero, embajador secreto del gobierno de Perón. Extracto que pertenece a la novela “La Mirada”, obra de ficción no editada sobre los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, autor J re crivello

Web con datos del Valle de los Caídos

http://www.generalisimofranco.com/valle_caidos/03f.htm

Además, y en lo que se refiere al salario penal del preso, de cada 2 pesetas diarias en concepto de jornal, una y media se las quedaba el Estado, y la media restante le debía servir a los presos para comprarse botas, calcetines y gorras usadas que no estuvieran rotas, substituir los viejos uniformes por ropa de trabajo menos gastada, comprar si pudiera un nuevo petate sin piojos y alguna raída manta y enviar lo que sobrara (¡¿?!) a la famélica familia, la cual había sido –en represalia– desprovista por los vencedores de toda suerte de ingresos en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas.

La reducción de penas a cambio de trabajo se articulaba mediante el mecanismo de canjear un día de pena menos, por cada dos de trabajo, todo ello siempre a expensas de que el Jefe Militar, su Plana Mayor y el sacerdote penitenciario del Batallón de Trabajadores, Colonia Penitenciaria o Destacamento Penal certificaran y comprobaran que el preso demostraba, en sus obras y en la manifestación de sus nuevas “creencias” políticas y religiosas que se estaba integrando con la Nueva España de Franco y de la Falange.

Fuente e imágenes de quienes lo construyeron: http://todoslosrostros.blogspot.com/2008/09/los-batallones-disciplinarios-de.html

Resultados de la comisión sobre el Valle de los Caídos de 2011 que plantea trasladar los restos de Franco y mantener los de Primo de Rivera por entender que este último si fue asesinado durante la Guerra.

http://www.youtube.com/watch?v=w9xB9xuId0g

La imagen es cover The Time en 1946

 

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