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Mosquitos

Planean en la penumbra nocturna. O en el ácido verano, en su nueva variedad del tigre. Las acacias y los nardos esconden una nube de seres con pintas redondas que se atreven a molestar al malecón de las casas burguesas, en Sant Cugat u otra barriada, de jardines repletos de hambre, de verde y agua. En el interior de esas adosadas, habitan las hormigas humanas del consumo y su intensa parafernalia, acostumbrados al sexo travieso o alocadas sensaciones.

¿Qué nos pasa cuando nos atacan los mosquitos del estatus?

Es el tigre. Un insecto áspero, de pincho doloroso e hinchazón. Se atreve a retar al consumo. A las químicas que van detrás de un veneno que le destruya. Solo es un problema de tiempo. En su corta vida el humano ha sido capaz de fabricar cantidades ingentes de espuma toxica. En ella se han distraído millones de insectos. Les hemos situado en el descenso a los infiernos que conducimos al planeta Tierra.

Para lo cual, primero van ellos, luego nuestras orgullosas ciudades de trato esquivo, de soledad e ingenio para dar muerte al rival. Las ciudades en nuestra clasificación interior de final de civilización:— ¡van detrás!

Nuestra cansina especie de la que con tanto orgullo premiamos, irá luego a por los pueblos de senda ondulada y matorral de corte a la francesa. Después, todo se habrá acabado. El Tigre es parte de la resistencia de la naturaleza –en su final. O, la puerta de entrada a una civilización, de placas de plástico, corazones bio, y anémicas actrices de caras jóvenes y corazones rotos.

Nota:

Merienda ¡que merienda! Al escribir esta hoja, un tigre ha derrumbado el chocolate de mi helado y una actriz joven ha mostrado las nalgas por exigencias de guion y en la radio hace una hora un cocinero conocido intenta que los dueños del restaurante cocinen sin gérmenes ni sarna. Lo dicho ¡todo sigue igual!

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