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2 minutos y medio

Le vi salir de su casa. Era de piel blanca y al caminar por la Rambla dejaba una cierta estela. Tal vez no era más que un trasero redondo y envuelto en gasa, o en un pantalón ajustado. Aquella mañana se parecía a todas las demás, una fémina que salía de un portal y de la cual yo aventuraba una espita de sexo, pero debo confesarlo, me distraía de mi cita. Pero ya volvería sobre ella. Su paseo matinal me escocía, me intrigaba. Como el de otras tres mujeres gitanas (que veía en la misma Rambla de Vilanova llenas de brío, con multitud de sortijas y abalorios). Estaba tentado de preguntarles, si sus complicidades eran un espejo o la verdad de los deseos femeninos. Pero ese día, había quedado nuevamente con Growing -no antes de las 10 según su emil/orden y en la estación. Un mensaje en twitter me previno la noche anterior:
#Le veré en la estación. Lleve un papel para tomar nota, a las 10. La señora que limpia mi casa, me ha mirado, y ha dicho algo. Suyo Growing.

Mientras pensaba en mi cita, vi pasar de nuevo aquella extraña mujer. Se había lavado la cara y venía con unos croissants. Era domingo -me dije-, la gente va a las pastelerías. Esta vez observé donde vivía. Era un edificio antiguo de tres plantas, sin balcón. La estación quedaba cerca y llegue bastante rápido al bar. Al entrar le vi sentado en el mismo sitio. Con su abrigo marrón y su botella de Letona que sobresalía del bolsillo del abrigo. Me senté, por primera vez, pude ver como la curvatura de sus ojos eran de color verde y las llevaba un poco pintados. O eso me pareció. Él se dispuso a hablar.
– ¿Ud. se acuerda de la carretera estrecha que va al pantano?
–Sí –fue mi respuesta. A cuento de que venía recurrir a una pregunta sobre una de las vías de escape de Vilanova. “Cuando se sale – prosiguió- de la rotonda donde la policía pide la documentación de los coches, un poco antes de la cooperativa del vino”.
–Ya, le sigo –dije.
–Allí encontraron el cuerpo de mi esposa. Luego vino un largo silencio. Intente indagar pero se cerró en banda. Al traer el camarero mi café, el saco la letona y se sirvió en su taza de café con leche.
– ¿Quiere? –dijo.
– ¿Es leche? –pregunte. “No es soja líquida con coñac”. Llame al camarero, pedí un vaso y me serví aquel extraño suero. Sabía a algo azucarado y cálido.
– ¿Vio mi twitter del otro día? –pregunté.
– Se refiere a aquel que decía: “la vaina azulada del protagonista es estúpida” –dijo Grow. Me causo gracia, estuve a punto de contestarle, por aquello de que entiendo de vainas.
– ¡No me diga! –fue lo máximo que pude agregar.
–Yo trabaje muchos años preparando vainas, ¿sabe? Es donde se alojan las balas y la pólvora para luego dar con el percutor una salida a la explosión.
– ¿Y aquello dónde fue?, —pregunté entrando en su pasado.
–Cuando vivía en Rusia, preparaba esas maravillas para los oficiales, era la Gran Guerra Patria. ¡Era tan joven!, tanto, que me atragantaba al saber que las rusas cambiasen de cama sin amor.
–Hay veces que amamos sin amor.
–No creo en ello –respondió Grow. Con mi mujer éramos una piña, hasta que la mataron.
– ¿Cómo se llamaba?
–Svetla, su apellido era Záitsev. Al decir su nombre, su rostro se fue apagando. El tema le escocía. “¿De qué murió?” –pregunté.
–La mataron o eso me dijeron. Nunca encontraron una pista fiable. Solo recuerdo que en la carretera del pantano, abandonaron su cuerpo. Pero prefiero no hablar. “Ud. por Twitter –hablé para que él pudiera recuperar el aliento–, me dijo que la señora de la limpieza le ha saludado”.
–Aquel día fue un poco extraño, llevaba desde la muerte de mi mujer entrando con su propia llave y haciendo su trabajo mientras… yo le espiaba. Ese día nuestras miradas dieron chispas, solo fue un: –hola-. Y yo le respondí.
–Pero, amigo Grow, ¿nunca antes había hablado con ella?
–No. A veces no es necesario.
– ¿Y cómo le decía sus necesidades? ¿Cómo le pagaba? O algo tan simple ¿Cómo convivía con la señora de la limpieza sin intercambiar una palabra?
–Le enviaba o dejaba unas notas. Aun las conservo todas, mire aquí llevo una. Metió su mano en aquel abrigo gigante y destartalado y me acerco un papel. Leí, mientras observaba aquella escritura redonda y gruesa. Decía:

“Quiero que me planche las camisas que le he dejado sobre la mesa. Le adjunto una lista de lo que deseo del súper. También le ruego utilice el vestido que hay en la salita para la limpieza, hace calor y es conveniente trabajar ligero de ropa ante el bochorno de estos días” A. Growing.
Aparte la nota y le mire. ¿Ud. le dice cómo se debe vestir?
–Sí. Ante aquella extraña respuesta recordé una nota suya en Twitter: “el sexo es una abreviatura si le comparamos con otras aventuras humanas”. No pude menos que volver a preguntar:
– ¿Se acuesta con ella?
– ¿Con la señora? No, ¡por Dios! Solo me limito a seguirle en su itinerario diario.
– ¿Y luego? “Le espero sentado, o me distraigo hasta la nueva cita”, su media sonrisa reafirmo su complicidad.
– ¡Así durante tantos años! —Exclamé, intentando superar mi asombro. Estaba ante un individuo unido al pasado y que vivía el presente de una diaria pasión secreta. Su escueta respuesta retumbo en aquella casa de trenes: “desde que asesinaron a Svetla y, -continuó Grow-, en Twitter, Ud. escribió:

“La carcajada y el sexo se parecen. Aunque son difíciles de imitar”.
Acto seguido, se puso de pie y dijo antes de abandonarme: “le escribiré en twitter una señal para la próxima cita”. Al salir, intente pensar, en que me unía al extraño suceso. Decidí averiguar sobre la muerte de la esposa, tal vez en la cooperativa recordarían aquel hecho.

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