A. growing

Me habían dicho en la cooperativa, que Papa Xico se encontraba en su propiedad. Siguiendo la comarcal en dirección a Barcelona, a la izquierda, antes de entrar en la autopista, desde allí se ve una ondulación del terreno y su línea se rompe en un valle dividido por la autopista. En ese predio que dejamos un poco antes del asfalto y con una profundidad de 2 kilómetros, aparecen unas hileras sucesivas de viñedos de su finca. Esta geografía se esmera en reproducir -cada año, una uva que el Penedés conoce y aprecia. Siempre había pasado por allí, pero su entrada estaba disimulada por un camino de tierra, que le atraviesa por debajo de la carretera. Una vez dentro, uno dirige el coche por un sendero paralelo a una cañada estrecha, cinco minutos después, casi estamos en la parte más alta de la explotación. Desde esa altura, se puede ver el mar a 5 kilómetros. Esta comarca es un pan estrecho y largo que se aprieta entre la sierra y el manto del Mediterráneo. Al final del itinerario por la playa, un brusco látigo nos muestra el Pasifae. Un toro/vaca amado por los coetáneos que está sujeto al final de la playa sobre un pedestal de cemento, al que solo le disputa su liderazgo el otro mito local, la Carpa Juanita. Detuve el coche y continúe a pie, la uva ya había sido recogida y una espesa neblina rodeaba la base de las plantas; la imaginación me informaba de esa fuerza del clima, que es capaz de preparar una tos seca que estalla año tras año. Al caminar, el estrecho sendero describía una columna encorvada de vides. Después de algunos minutos pude ver su furgoneta. Papa Xico estaba sentado en una circunferencia en la que confluían varias hileras de vid. En aquel espacio, temido y discreto, aún le rodeaban unos rosales bajos, antiguos. Dicen los expertos del vino que juntos, la unión de esta flor y la uva ayunan durante el año a la espera del vino. Le salude. Me acerco un cajón. Luego fue hasta el furgón y trajo una madera, un fuet y un cuchillo –de acero, fino y largo. Su hoja estaba arqueada y reducida por el uso. Dio vuelta a una caja y dispuso allí la madera, el fuet y un poco de pan. Luego se desplazó nuevamente hasta traer una botella de vino oscura y sucia. No llevaba etiqueta. La abrió y dijo:

–Es un tinto de la zona de 5 años. ¿Le gusta el buen vino? Sus ojos se movían rápidos y llenos de cierta ironía. Pensé en responder al estilo, después de la Letona y anís o menta de Grow, esto sabe a gloria. Pero asentí con la cabeza. Su mirada se oscurecía, era chusca. Sus movimientos corporales lentos y anfibios. De los restos – ¿genéticos?, de nuestros antepasados, algunos habíamos quedado en tierra; otros veníamos del mar; o éramos simples monos; y los demás hijos de ratas, malcriadas y ambiguas. Aquel espacio de finales de octubre, con maleza en el campo, dos o tres rosas y el otoño dando un toque gris, me hacían verle ¿más grande y grave? O, más ofuscado y humano. Le pregunte:

– ¿Ud. ha nacido en esta comarca? “En 1930 –dijo. En esa época –continuó-, hacíamos el vino lentamente y le dejábamos respirar. No había rosales al comienzo de las viñas, ni miedo a la… muerte. Recuerdo que esa autopista –señalo en dirección al monstruo de cemento-, no dividía el territorio y este valle era un rio verde en verano y ocre en invierno. Los que venían hasta aquí eran los modernistas de Sitges. No íbamos a la playa. No teníamos retrete y mi padre se levantaba muy temprano para llevar lechugas o tomates al mercado. En Vilanova aún se confesaban los ricos y los pobres en la misma capilla. ¡Hoy todo esta desajustado!; los pobres quieren ser ricos y han perdido la vergüenza, y los ricos, esconden su piel detrás de twitter o mierdas parecidas”.
_ ¿Ud. conocía bien a la rusa? Bien, ¡que pregunta tan torpe! Se conoce o se miente, pero bien… ¿a Svetla?
_Alguna vez había comprado vino en la cooperativa. La última vez me hablo de un libro pequeño y no mayor de 10 centímetros de alto, escrito en 1851(1). No quedaban ejemplares, bueno ella había descubierto el último –decía que estaba en el Museo Balaguer.
_ ¿Cuál era su título?
–Los misterios de Villanueva. “¿De qué hablaba?” –pregunte.
–Solo recuerdo un párrafo de la Vilanova de 1850 decía algo así como: “el carácter de sus habitantes es honrado, pacífico y laborioso, amigo de la hospitalidad y muy religioso: las clases en ella preponderantes son las de hacendados, algunos de bastante consideración; muchos llamados americanos por haber ido desde sus más tiernos años á conquistarse una fortuna en América a fuerza de trabajo y probidad”. Luego agregó, creo que Svetla estaba obsesionada por un pasaje de la obra que habla de la relación de dos esposos y sus miserias. De Don Juan, un rico y su mujer y como saldaron sus venganzas. Un largo recorrido para tampoco –pensé— . ¿Por qué estaba allí sentado si un asesinato me llevaba al siglo XIX? Algo no encajaba y tal vez me querían distraer de la historia real. Volví a preguntar:
– ¿La rusa le explico alguna vez que estaba casada?
–No –respondió. Ella solo me compraba el vino, hablábamos de cosas generales y luego se marchaba. Vi en Papa Xico, un cierto destello. Se movía un poco ansioso en su asiento. La brisa suave se estaba acelerando y le despeinaba sus cabellos, despejando una pequeña calva. Su físico mediano contradecía los mensajes cruzados que me enviaba. Insistí. Me dijeron que era una mujer muy guapa…
–Sí. Era de tez blanca y llevaba unos vestidos pegados al cuerpo.
– ¿Le vio alguna vez acompañada?
–No -dijo, ella venia sola y al pagar abría un monedero rojo, por dentro estaba forrado de color purpura. Sus labios eran inquietos y miraba con interés extraño.
– ¿Qué quiere decir, con lo de interés extraño? –pregunte.
–Que tal vez dejaba una estela –de estar próxima y resuelta a medrar. ¿Ud. sabe?… en nuestra tradicional inquietud masculina.
– ¿Cómo?, ¿puede definirlo? –dije con sorpresa. Su inquietud iba en aumento, se puso de pie y mirándome explicó:
–Esa mujer seducía. A quien le observaba le transmitía un calor que solo describirían quienes le han tratado. Papa Xico se puso de pie y comenzó a caminar por un sendero rodeado de dos hileras que bajaban suavemente casi 1.000 metros hasta dar en un bosquecillo. Decidí seguirle durante un rato. Se detuvo y retiro un racimo abandonado, se metió una uva en la boca y me dio otra.
– ¿A qué sabe? –pregunto.
–A vinagre, pero percibo un leve sabor dulce, que se queda en el fondo. Movió su cabeza y sonrió.
–Así es la vida y las mujeres –y continuó la frase: amarga, pero con un poso de dulzor. No quería agregar nada más. Se fue en dirección al furgón y lo puso en marcha. Antes de salir bajo el cristal de la ventanilla y se despidió con un: ¡llámeme cuando quiera!

Pase varios días a la búsqueda del libro. Tal vez suponía ¿que los misterios de esta villa a sus pobladores no les permitían dormir?; ¿sería por ello que les han bautizado lunáticos? De aquel día aún recuerdo la fragancia de una de aquellas rosas, fuerte y acida. Su poso dulce y áspero.

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