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by j re crivello

Grow detuvo su coche frente a la estación, le vi entrar y llegar a mi mesa. Me pidió le siguiera, le veía agitado, por sus gestos deduje que deseaba mostrarme algo. Fuera hacia un día terrible, llovía intensamente, ambos nos montamos en un Jeep antiguo con un techo de lona lleno de agujeros. El agua corría por aquella balsa sin más, solo le superaba el ruido intenso y difícil de un motor antiguo que tiraba en la proa.

– ¿Hacia dónde vamos? –pregunte.
–Al pantano –fue su respuesta- mientras intentaba encajar la tercera marcha. A la salida de Vilanova por una estrecha carretera a espaldas del mar se subía en dirección a la montaña, hasta dar con un pantano antiguo que regaba la zona. La ciudad le tenía cerca, pero ignoraba esas 2.000 hectáreas de masa de agua, ni siquiera turistas ni pescadores se acercaban, si alguna vez, grupos de adolescentes montados en su moto quienes trepaban hasta ese extraño paraje que más bien servía de riego a los últimos agricultores de la comarca. Después de dar varias vueltas logramos llegar a una especie de mirador que se prolongaba en una lengua de tierra. Algunos le bautizaban “la isla”, desde allí las vistas eran magnificas. Al Salir del Jeep, la lluvia mojaba con tal fuerza que nos impedía ver el camino. Él dijo: “por allí”, y continuamos a pie. Le pregunté:
– ¿Se puede saber que buscamos?
–La tumba de Svetla –exclamó mientras el agua le corría por la cara.
–Y… ¿piensas que está aquí? –mi pregunta era un poco retórica. Yo sentía como el agua me bajaba por el pantalón y llenaba sin más cualquier espacio y sentí un poco de frio, pero si me echaba hacia atrás, me perdería una de las pistas más fiables de la rusa. Al girarse su cara empapada repitió en voz baja:
–Yo la he visitado otras veces. Delante de nosotros un denso bosque nos cerraba el paso. La lluvia estaba dejando su gabardina hecha un asco. No había reparado, cuando ni como, pero en su mano derecha llevaba dos herramientas, una pala pequeña y una tijera de podar. La cerrazón de los árboles y las nubes bajas cubrían el espacio de un denso gris, oscuro y solitario. Le seguí, parecía ir por un sendero estrecho al que de vez en cuando le tocaba podar las ramas que nos cerraban el paso. Llevaba las botas encharcadas, a cada paso me resbalaba, primero en un descenso suave, luego a continuación en una subida escarpada. Al dar la última curva un claro despejó el terreno y desde allí pude ver el lago, delante de nosotros, una hoja de agua plateada y encrespada por la tormenta se extendía dentro de un valle de atrevidas formas. Aquel paisaje tan agreste e indómito parecía convivir con Vilanova y sus habitantes no sentirse participes. Hacia el final daba un salto anémico al cemento lleno de muros y edificios de cinco plantas de la ciudad, y posteriormente aparecía el mar con un lecho hondo de sal y espuma.
–Ves, ¡está allí! –gritó. Una cruz blanca y un banco de madera a un metro, asociados a una roca alta y redonda. “Yo la puse allí” –agregó-.
– ¿A Svetla? –pregunte.
–Cuando murió y me entregaron sus cenizas decidí traerle hasta este descampado, junto a ella deposite algunas cosas personales. Amigo j rick, ha llegado el momento de recuperarlas. Y, dicho ello, Grow se puso a cavar como poseso en la parte delantera de la cruz. La tierra y el barro se separaban como cuentas antiguas, su gabardina rozaba el suelo y arrastraba todo lo que corría a su alrededor. A medida que profundizaba, el foso se llenaba de barro y el lago grande parecía tener envidia ante el charco que Grow formaba con su tarea. Pasados unos minutos se detuvo. Estaba como transfigurado, lleno de sudor o simplemente empapado, me miraba exhausto como diciendo: ¡La encontrare! Extrajo la botella de Letona y se sirvió un trago y me invito. No supe a qué categoría pertenecía la mezcla, pero al beber me ardía todo el esófago. Le pedí me dejara cavar. Hice dos ademanes más y la pala dio con algo metálico. El me aparto, se metió dentro del foso agachado para continuar cavando con sus manos. Al poco rato una caja de acero no más grande de 30×30 estaba fuera del foso. La llevamos hasta el banco, luego busco una llave en su bolsillo. Al abrirla, dentro encontramos una urna que supuse contenía las cenizas de Svetla y a su lado un paquete. Él intento abrirlo, tiro de una punta, de la otra, pero no pudo más y le dejo caer. Lloraba desconsolado, de pie, con la lluvia deslizándose en su inmenso abrigo. Pude abrir el paquete e intente hacer un recuento de su interior: un zapato; un sobre; dos amuletos y una caja pequeña. De ella al abrirla apareció un anillo de piedra fina que brillaba en aquel osario, sometido al viento, la tormenta, al barro y la soledad.
– ¿Y esto? Me giré hacia él y le mostré el anillo. El me dio a entender que era lo que buscaban los cuatro hombres esa noche.
–Vale una fortuna, antes de venir con Svetla lo robamos y lo introdujimos en España -agrego.
–Y ellos ¿cómo lo sabían? –pregunte.
–Nunca pude explicarme como se enteraron. Dos noches antes de su muerte se presentaron en nuestra casa y con amenazas desmontaron nuestras cosas, nuestros muebles. Nos amenazaron si no se lo entregábamos. Svetla luego me conto que no quería perderlo y lo había escondido en un museo de los que visitaba. Cuando le asesinaron pude encontrarlo y enterrarlo con ella en este pantano.
– ¿Y los tipos? ¿Se fueron sin más? El me miro y dijo:
–Insistieron hasta comprobar que yo no lo tenía y se marcharon.
–Demasiado fácil, Grow –dije.
–Fue así, ¡no tengo porque mentirte! Ellos merodearon sin poder encontrar aquello. Les explique miles de veces que ella se había llevado el secreto a la tumba, que podían matarme, que me daba igual. Es que luego de su muerte… ¡me daba todo igual!
–Entonces tu conocías a quienes le asesinaron –pregunte.
–No –su respuesta me desconcertó- desde hace años, pienso que no fueron ellos. Alguien se les adelanto, alguien que tenía otro interés.
– ¿Cuál? –razoné en voz alta ¿Qué otro móvil le llevaría a alguien planear su muerte?
–Nunca fui capaz de descubrir quién podría ser. ¿O, porque le hicieron daño? –añadió Grow.
– ¿Tu conocías de su relación con un hombre mayor, de nombre Papa Xico? Era aquel el momento de preguntar, o de explicar lo que había descubierto en mi larga charla con Papa xico Se dio vuelta e imagine que aquella confesión no le gustaría.
– ¿Te refieres al tipo de la cooperativa del vino? -afirmó.
–Bueno, sí.
–No me lo creo –respondió él, con cara de tristeza. Tal vez se resistía a ver que su amada había unido alguna vez sus sentimientos o tan solo su sexo con un extraño. Por ello agregue:
–El posible amante, me ha reconocido de manera indirecta, que Svetla había pasado alguna noche en su compañía. ¿Tú notaste la ausencia de ella en casa alguna noche?
–Bueno… muchas veces –dijo Grow- y, me lo explicaba por aquella afición que le perseguía… la de ir a ver a sus amigos de otra dimensión. A visitar los museos donde viven los seres reencarnados.
– ¿De qué dimensión? –pregunte, aunque intuía que me diría lo que yo mismo experimentaba al visitar algunos museos y sentir esas extrañas apariciones.
–Ella decía –continuó Grow- que en Vilanova había descubierto algunos fantasmas y era posible hablar con ellos. Yo no me lo creía y lo adjudicaba a una manía que distorsionaba su vida.
– ¿Cuándo comenzó con esas visiones? –pregunté.
–Tres años antes de su muerte. Vino un día y me dijo que había estado en la Torre de la Iglesia. ¿Sabes?, aquella tan alta y blanca, la de las campanas, la que está cerrada en la base con puertas altas y anchas, de reja recia y gruesa. La que dicen en el pueblo que es imposible subir sin permiso directo del cura. Durante aquel día no paro de hablar, que si allí estaba encerrado el miedo; que en el pueblo antiguamente era una costumbre; que suponían los vecinos que la valentía había quedado libre; que el miedo soportaba su carga ¡embrujado y cautivo! También con el paso del tiempo comenzó a visitar espacios, en lo que según su relato, aparecían extraños personajes; que si hablaban de la ira; del amor; del odio; de la alegría. Y, en concreto este último, del Miedo prisionero en la Torre.
–Notables emociones… humanas –dije.
–Sí, pero ella las veía, ella conversaba con esas idealizaciones. Es más, ¡me explicaba que vivían en diferentes edificios de la ciudad! De una de aquellas salidas conservo esta llave. Y saco de su abrigo una llave grande y brillante. Es de la torre de la ciudad. De esa torre inmensa, blanca, de mármol hasta desaparecer en el cielo, la que vemos desde todas partes, o de la cual escuchamos sus campanas y que esta coronada por ese ángel frágil y escurridizo. ¡Es la única prueba que me queda! –concluyó, mientras jugaba entre sus manos con la llave. Aunque la lluvia no amainaba, estuvimos en ese espacio un buen rato. La Letona se acabó y mi amigo sentado en el banco y ensimismado sostenía su mirada atrapada en el lago. Decidí recoger todo. Probablemente se lo llevaría a su casa. Puse la urna de las cenizas en el cofre y lo enterré nuevamente. Le aparte el anillo dejándole a su lado y me quede la llave de la torre. ¿Cómo alguien podía estar encerrado si aquello estaba abierto en su parte superior, donde todos veíamos su campanario? Me senté nuevamente, un ligero manto de agua corría en bajada, se deslizaba hasta hacerse un espacio, estos hilos de agua servían para aumentar la masa dócil y azul del lago que les recogía. Desde hace años desde este pantano regaban, para una agricultura que en nuestros días se aburría desposeída de mercados, trabajadores y precios. Aquello solo le movían unos pocos agricultores, que contrataban “els negros” venidos del sub-Sahara africano, y era la única manera de dar salida a la producción con costes más bajos.
–Nos vamos –le pregunté.
–Vete tú, estaré aquí hasta la noche. Si sigues el camino, a 2 kilómetros esta Castellet, allí encontraras la forma de regresar a Vilanova. Hice lo que me dijo, en dicha aldea, no había ni un alma. Un agricultor me permitió montarme en su tractor dejándome tirado cerca de la ciudad. Al llegar a casa estaba empapado y muerto de frio. Y en mi bolsillo pude encontrar al fondo un anillo de diamante.

Notas:
(1)Saudade del latín solitas, soledad, es un vocablo incorporado al español empleado en portugués y también en la lengua gallega, que describe un profundo sentimiento de melancolía producto del recuerdo de una alegría ausente, y que se emplea para expresar una mezcla de sentimientos de amor, de pérdida, de distancia, de soledad, de vacío y de necesidad. Saudade es la sensación que permanece cuando aquello que una vez se tuvo, material o inmaterial, que en su momento permitía disfrutar alegría y euforia se ha perdido y se extraña y el hecho de recordarlo, tenerlo de nuevo o pensarlo, produce una sensación de volver a la vida.
El término, de extensa y ambigua definición, ha sido considerado uno de los más difíciles de traducir, y es uno de los conceptos clave de la lengua y de la cultura en Portugal y Brasil. Saudade es la emoción predominante tras el fado, la samba y la bossa nova brasileña.
Como ejemplo de la riqueza y profundidad de su significado se puede mencionar el movimiento literario-espiritual, a principios del siglo XX en Portugal, conocido como saudosismo y promovido especialmente por el escritor Teixeira de Pascoaes. Su gestación y fundamento se dio a través de la saudade y, hasta el día de hoy, mantiene una influencia significativa en la cultura de aquellos países. Dentro de los nombres que formaron parte de esta escuela se encuentra Fernando Pessoa.

El edificio de la casa de Santa Teresa es de tres crujías de planta rectangular, con tres pequeños cuerpos que forman accesos y tribunas. Con un sótano, que ocupa, la mitad de la planta; una planta baja, levantada del nivel del jardín, y una planta piso bajo cubierta plana de la que sobresale la caja de la escalera, y una pequeña habitación que divide el terrado en dos partes iguales. La escalera está centrada en la fachada norte del edificio. Las fachadas compuestas simétricamente con aperturas de arco rebajado y algunas formando ojos de buey, presentan una moldura perimetral a la altura del forjado. Erigido en nombre de Teresa Cirera, madre de Víctor Balaguer, en el año 1889.

http://www.victorbalaguer.cat/es/reformaparcialsantateresacast

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