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by j re crivello

Un mensaje en twitter decía:

#El Comandante está muy alterado desde tu visita. ¿Puedes venir? –firmado tu colega del Museo.

Visite la noche siguiente al Comandante, entre tranquilo, por la misma puerta. Se veía una iluminación inestable – mi amigo me había prevenido que la ira le imponía encender y apagar las luces continuamente. El alcalde estaba preocupado por su comportamiento y por lo que dijeran los vecinos; los estudiantes de informática -al frente- ya creaban bromas al respecto y las adjudicaban a la alcaldía. Está vez me senté más cerca de la caja de cartón, al intentar tocarla apareció su imagen. Llevaba un traje militar gris con botones dorados y en sus hombros unas charreteras de color dorado rodeadas de hilos que se despegaban suaves de su centro. Esta vez no tenía puesta su gorra militar, lo cual me permitía ver dos surcos de piel y una ola de cabello gris ondulado. Tampoco llevaba condecoración ni fajín y estaba más sucio y demacrado; además en la parte de arriba, su camisa estaba abierta. Pero su rabia y malhumor –pude comprobar nuevamente, no decaían.

— ¿Por qué no hizo lo que le dije? –bramo. No he tenido tiempo –respondí de una manera ambigua y cansina; recordé que me había pedido visitar la casa del lado. Ello no le calmo y volvió al ataque y agregó: ¡llevo días esperándole!

—Mire, en este tiempo, he buscado información sobre Svetla, y he tratado de unir algunas noticias sueltas –dije- para agregar: — si Ud. la conocía, ¿podría describírmela mejor?

—Era dulce y amiga. Me visitaba todos los jueves y siempre insistía en que debía aceptar mi rabia. Con su paciencia, me impulsaba a pensar repetidas veces respecto de mi situación. Se sentaba en el mismo sitio donde ahora esta Ud. Aún recuerdo como un día me dijo:— algún día me iré para siempre y quiero que estés preparado. A lo que le pregunte:

— ¿Por qué debería estarlo? Ella respondió entre despreocupada y seria:

—Para no sufrir y reconciliarte contigo.

—Svetla no comprendía –prosiguió El Comandante- que mi rabia es eterna, no puedo darle fin, su causa y razón es ¡tan humana! La época en que desaparezcan los hombres y mujeres, será el momento de marcharme. ¡Con vosotros! Repitió con fuerza y se quedó inmóvil. Y ante mi sorpresa encendió un cigarrillo, al fumar, el humo escapaba sin control por su cuerpo, lo que le daba un aspecto extraño. Al mirarle podía ver unos ojos impregnados de una cierta nostalgia. Aquel espíritu me conmovió. Le pregunte:

— ¿Qué necesitas para que abandones este sitio?

—Ni la bondad de Svetla lo hizo posible –respondió, dejando escapar otra dosis de amargura.

— ¿Y si voy a la casa del lado? –dije.

—Allí se reirán de ti -respondió.

— ¿Porque? ¿Qué o quién hay allí que te impide encontrar ayuda en tu rabia?

—Allí está instalada la alegría y como tal, su ironía es dolorosa -dijo.

—Por cierto, me darás el libro -insistí al verle un poco débil y asustadizo.

—Si prometes volver, te prometo que te lo entrego –dijo. Deduje que estábamos en la misma situación, pero busque un compromiso: “dejaras las luces en paz, por aquello del alcalde, sabes”.

—OK –respondió, para agregar con una cara de resignación: Svetla buscaba el amor y en ese camino siempre equivocaba el paso. Salí de aquella habitación, nuevamente sin nada.

 

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