cc5d2ae7b9c4190fbd1da60c0d1c0854by j re crivello

Eran la tres de la tarde, el cielo estaba encapotado y Grow me había citado en el pantano, en aquel espacio que estuvimos hacia unos meses, en la pequeña isla de la tumba de Svetla. ¡Qué sitio tan cargado de recuerdos!;  además la última vez me había quedado completamente mojado y hoy  por alguna extraña razón el cielo estaba negro y zumbaban truenos amenazadores. En el camino comenzó a lloviznar, esta vez llevaba un plástico con capucha y un buen paraguas. Aparque el coche, al ver cerca su Jeep. El sitio estaba desolado y triste, eran días de casi invierno y la lluvia espesaba con fuerza. Subí por el descampado y al descender  le vi al final, donde el montículo se elevaba y permitía ver el lago. Estaba sentado en el banco frente a la cruz. Desde allí el lago era un terrón de azul intenso y estaba cargado de un mal gusto, mientras olas pequeñas y grises daban una atrevida pintura de ansiedad. La curvatura de las montañas al inclinarse, nos parecía dejarnos aún más solos. Le salude. Nos estuvimos un rato en silencio. El me pasó la botella de Letona, la tenía agarrada en la mano derecha, sabia a alcohol de quemar con leche. Me dio asco. Al bajar por el esófago ardía de manera brutal. Allí sentados y con esa lluvia fina y densa que se esparcía en el plástico, me imaginaba una existencia donde maldecíamos una mezcla de pecado y soledad.

— ¿Estás bien -pregunte. Él se giró hasta dejarse ver. Su mirada estaba triste y ausente. La parte verde del cristalino se derretía de cansancio. Y agregué:— A veces comprendo que además del asesinato, no tengas ganas de aceptar el recuerdo de sus infidelidades.

— ¡Lo que me jode! -dijo. Es que se lo hacía con un tipo que luego le mato. Y, ¡no pude hacer nada para salvarle! Aún hoy me digo, que le amaba hasta convencerme de perdonarle todo, inclusive, hasta aquellas ausencias. Decidí volver a preguntarle algo que ya me había confirmado pero seguía escociéndome:

— ¿Ella se marchaba más de una noche?

—Pues si -dijo, un poco melancólico y con cara de estar arrepentido –y agregó— en los últimos tiempos lo nuestro no dejaba de ser una compañía a la cual ella se sometía a sí misma para no caer en las manos de él.

—Grow –dije, él –no me atrevía a introducir el nombre de Papa Xico—, también habla de sus sentimientos de cansancio, de su irregular constancia. Me ha dicho: a veces le deseaba, a veces le hubiera quitado de en medio.

— ¡Eso dice el muy cabrón!  “Si” -respondí.

— ¡Pues miente!, ella era muy delicada y suave, tal vez un poco exagerada en sus sentimientos y en… su sensualidad, pero pasado esto, siempre respondía con franca y sincera alegría. Hubo un silencio y luego dijo: vámonos de aquí mientras se levantaba del banco. Ven, acompáñame.

—¡Nos vamos a poner un desastre de agua!. Comenzaba a llover con gotas grandes que hacían ruido. Elagua del lago se habí rizado y se desplazaba hacia delante y atrás amenazando a la isla, pero él quería caminar bajo aquel espanto de tormenta.

–Ven, te quiero mostrar algo —dijo Grow.

— ¿Dónde? -fue mi pregunta . “Sígueme”. Caminamos hasta un montículo más alto desde allí se veía todo el lago, yo temía que un rayo nos calcinara, estuvimos debajo de aquel diluvio un buen rato, y luego dijo:

—Vamos hasta casa. Tengo allí un diario de ella.

Al llegar a la casa de Grow espere unos momentos en su puerta, al poco rato apareció, traía en sus manos algo. Estaba envuelto en papel de periódico, lo desenvolvió y me lo entrego. Era un diario encuadernado con tapas de cuero, lo abrí y pude comprobar unas letras suaves y apaisadas, en tinta de plumín. Y mezcladas con recortes y dibujos alegres, muy, muy coloridos. Le mire. Él dijo:

—Era su diario, nunca me he atrevido a leerlo. Espero te ayude. La cita se había acabado. Antes de irme, pude ver a la señora que le limpiaba y cocinaba, ella me saludo y yo respondí moviendo la cabeza. Era una mujer recia y de cara redonda, y de pestañas y maquillaje alrededor de los ojos en negro al estilo del cantante M. Bose. Me recordó a una chacha que tuve cuando niño, se llamaba Doña Fernanda. Siempre me viene la misma estúpida anécdota: yo aparezco subido en una terraza y desde allí  viéndole en la calle; el viento de ese día le levantó las faldas dejando ver aquel armazón femenino que utilizaban en los años 50. En el caso de mi amigo Grow, tal vez ella representaba: carne, misterio, y un señuelo, un mundo de intriga y devoción con el sexo que cultivamos los hombres.

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