La historia ya casi se acaba, amigos. Luego será libro en Amazon —j re

A. growing

Al día siguiente me levanté un poco resfriado, tanta lluvia del pantano me había desequilibrado, llamé a mi trabajo y decidí leer algunos trozos del diario de Svetla que me  entregó Grow. No tenía fechas eran apuntes dispares que me permitían entrar en su mundo, Svetla hasta ahora era una personalidad que había reconstruido a partir de los relatos masculinos: el Comandante, Papa Xico y Grow. También al ser un diario de relatos no comprendía si era verdad o tan solo fantasía de su dueña. En Lenta Destreza, ese era el título, se veía una pluma cálida que describía un encuentro con quien tenía sospechas de ser su asesino pero ninguna prueba, me llamaba la atención su retrato desde donde ella se observaba como si fuera parte y a la vez escritora de la vida.

Svetla ni atrevida, ni siquiera intensa, dejo caer sus nalgas en una silla de color marrón, de madera y paño desgastado. En ese mismo espacio, pensaría, le hubiera gustado montarse en un antiguo amor. Y sentir que uno se despoja en tan poco, es una aventura efímera. Mientras, él estaba fuera, ella había descorchado una botella de tres cuartos, un tinto, joven y afrutado. del Penedés. Sin fama de gran vino, pero nacido en una viña donde las ondulaciones de la tierra acaban en el mar. En las ricas villas costeras de Vilanova o Sitges. Muchas veces al estar ebria, con las botellas a sus pies, soñaba que le vestían de miedo, de quedar borracha y necia. Hoy estaba en una casa extraña, nueva. Su dueño era mayor. Y se suponía que dejaba en un interrogante su matrimonio. O, ¿tan solo sumaba una aventura más? Mientras esperaba a quien intuía le cerraría el paso, a su lado, en una mesa bien cuidada y dispuesta -en un plato habían un trozo de pan, aceite y ajo. Tenía apetito. De amar, ¿o de follar? Pero desde esta silla –la de una singular espera- podía ver una pradera verde que se rompía en la autopista a Barcelona y se decía a sí misma: “desde ese increíble y absurdo día no le había visto más que de tanto en tanto”. Fue en aquel invierno –de hace un año, y la viña estaba seca y los terrones de tierra se rompían casi juntos al fin de la hacienda.

“Nada era tan estúpido como amar desprevenida de gracia” –dijo en voz alta. Nada era tan increíble, cómo desde esta incomoda silla dejarse abandonar en el sueño de alguien, que no sabía, si se parecía a una avispa llena de miel o al completo silencio. Detrás de ella sintió un leve sonido. La puerta grande dejo escuchar un murmullo. A tan solo unos segundos escuchó: “Hola”. Un tipo no muy alto y frio estaba  en el rellano. Svetla no se inmuto, o intento disimular pero su corazón latía despellejado. Abandonada a su suerte, respondió:

“Hola”.

Papa Xico traía en sus manos cebolletas tiernas para asar. Le miraba dudando, o tan siquiera resignado a la propuesta difícil de cumplir. Nunca había sido amante de alguien más joven, ni de una casada. ¡Y menos de una extranjera! Ella dijo:

Ya hochuest. Él le miro. Ella atrevida e ingenua tradujo del ruso: “tengo hambre”. Podrían haber dejado allí sin más lo que les rodeaba para que fluyera ese intenso deseo, pero él agarro una silla y la puso casi enfrente de aquel archipiélago que su visita había construido. Y… le sonrió. Ella retiro la pierna izquierda que flexionaba encima de la silla y con un deseo intenso y atrevido, igual le sonrió. La sed de agua del viñedo en un julio, relleno de sol y sometido a violentas olas de calor, daban a la cita un sentimiento pasado. Pero esa particular colonia de néctar –de allí fuera- crecería rápida y dispuesta a madurar antes de septiembre. Ella dijo:

Tymolodovyglyadish. Y tradujo: “luces joven”. El estiro su mano hasta dejar que rozara en su piel. Otra sonrisa volvió a salpicarles. En esta tierra de cálidos inviernos y veranos de sol, la vid rodea con su extraña pericia a sus pobladores. Ellos tejen, creyendo ser los dueños de la espuma de sus caldos, pero la madre tierra hábil les convence de estarse quietos, unos con otros. Luego, los lazos de amor se empecinan en encontrarse. Testigo es el agua que bulle en la playa. Cada segundo, cada porfía de esta brillante e inagotable sed.

Me quede un rato absorto era la primera comprobación de la relación que mantenía con Papa Xico, decidí pasar hojas distraído para detenerme en otro pasaje más directo y relatado en primera persona:

Me había quedado tirada aquí, en un coche, de algún amante fortuito, de carretera, y él se había marchado. Serían las tres de la madrugada, fuera era verano y mi colega no estaba. La carretera era un punto largo y oscuro que se alteraba de vez en cuando el paso de algún camión. Olía fuerte y… desagradable este espacio tamizado de cuero y restos de cervezas. No recuerdo que había pasado o casi. Logre verle en un bar, me solté el pelo y baile en un grupúsculo de aquellos que se juntan en la calle del Pecado de Sitges. Luego el me invito a su coche y el alcohol me hipnotizó hasta despertar dentro de este coche, encima del macadam de cemento. ¿Y el tipo?, ¿se habría marchado? Mis bragas estaban rotas, solo recuerdo, desvestirme y el también, luego como le lamía sus pechos y por su parte amarrarme, pero con unos modales estilizados y suaves, pero ¡ay madre! Luego su sexo vigoroso y largo batiéndose salvaje. Sé que repetimos esa madeja anudada con camaradería ¡casi dos veces! De tanto trapo y fortaleza, yo me caería de lado, dejándome ver su mirada de éxito, de brío y luces, cual parecido a torero de plaza lleno de sangre. Y aquí estaba, despierta, a las tres ¡en la realidad! Algún otro recuerdo brotaba, tal como que mi menstruación le había manchado su pantalón blanco y aquella camisa ¡horrenda de botones dorados!; de auténtico chico de la noche. Pero ¡que narices! Yo estaba manchada de sangre, regada de polvo blanco y líquido, ¿y el tío?, no le veía. Me baje, recorrí los alrededores de aquel camino, un poco más adelante estaba la playa. Las olas eran de final de verano. Iban y venían con fuerza. Todo estaba vacío y oscuro, al no haber casi luna me guiaba por el ruido de fondo. Sin saber que hacer vagabundee un rato, luego regrese hasta el coche y cerré la puerta. Habría pasado una hora, ya más repuesta, preferí caminar y alejarme de aquel estúpido incidente. Aun me daba vueltas la cabeza, y sentía un leve cosquilleo. ¿Qué hacer?, estaba asqueada y me sentía inservible. Camine hasta una gasolinera cercana, llena de remordimientos llame a mi marido. Grow me recogió sin preguntar, ni confesar su dolor. Esa noche estuve un buen rato en la ducha, luego comí un poco de ensalada de arroz. En mi diario escribiría.

 02/05/00

“La calle del pecado estaba llena de un tipo de sexo alegre y bravucón. Una vez acabado, sentí un gran desprecio de mí misma. Pero en aquel infierno, debo decir que antes pase un momento fantástico. ¿Y el tipo? ¿Cómo se llamaba? ¿Carlos? Sí, creo que ese era su nombre. Me debía una, iría a verle ¿para qué? Cerrare el diario y me iré a dormir con mi marido”.

 

 

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