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Comienzo una nueva serie amigos: lo que nos quema —j re

Gerardo baja trabajosamente la empinada escalera. Cuando mira hacia el patio, le acomete un vértigo terrible y la tentación de arrojarse de cabeza, de rebotar, de terminar de una vez. Pero un instante más recio le manda cerrar los ojos. Pág. 169. Manuel Mujica Laínez. Misteriosa Buenos Aires

Cerrar los ojos. Esa es la pauta, lo hacemos ante alguien que está hablando y su forma de construir es tan emocional que uno percibe que lo que defiende esta desajustado de lo que nos rodea, pero decide no contestar, o tímidamente argumenta para ver como en aquel territorio se reafirman. Y puestos, la experiencia nos dicta: ¡retírate! Antes uno no lo hubiera hecho pero uno va aprendiendo de sucesivas trifulcas. Los humanos aparte de las solicitudes antiguas del clan compramos ideas y las ponemos en marcha. Nos unimos férreamente detrás de símbolos, territorios, banderas y todo lo demás: muerte, guerra, no darle agua al enemigo. Que uno vea pelis de Hollywood o use videojuegos terribles de sangre o muerte no significa que la razón se desajuste al analizar lo que nos rodea. (1)

Pues me quema ver tanta imbecilidad suelta y tantos dispuestos a defenderla. Los modernos coach aconsejan una especie de escucha activa. Luego se trataría de trabajar los argumentos del otro para devolverlos en busca de la verdad. Pero vivimos un regreso al mundo de los Hooligans, de las tribus. La razón se bate en retirada, con ella nos marchamos aquellos que contaremos los primeros muertos y les enterraremos.

En suma, me quema cambiar mi profesión basada en la razón por la de enterrador.

Nota: por cierto la industria de videojuegos es tres veces más grande que la del cine de Hollywood.

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