7e45aabb068730dd2c9ed0b913d2c0ef

By j re crivello

“Alrededor de la noche acentúa su desamparo. La Pampa no goza ni de una estrella ni de un grillo. Sólo rompe el silencio, en las tinieblas cercanas, el balido de un animal que podría ser una cabra salvaje. Temeroso, Walter silba a su caballo” (pág. 92, Manuel Mujica Láinez, Misteriosa Buenos Aires)

Se abre paso en las noches, o nos demuele con su sonrisa en los días calurosos. La soledad es una turba de visitantes que persiste en decirnos que la vida puede ser difícil. Para ello nos rodeamos del ruido, de los intercambios, de la generación del Like, quienes se sacan fotos una tras otra y las publican. Dicen, ¡no estoy solo! Es un canto inmoral a las pertenencias: me tengo, le tengo, nos tenemos. Otros muestran sus encantos, sus intimidades, sus fobias. Pero detrás de cada uno habita ella, la salvaje soledad que engominada y con colonia de olor a lavanda nos rodea y habla cual fruta exótica.

¿No hay solución? No hay recetas, solo un llano estéril y largo parecido al mito de La Pampa de la que habla Mujica Láinez, y tal vez para algunos: un perro, o un gato o… una gata. Las preferencias se muestran en el circo humano, tal vez es mejor intentar enfrentarse a ella, digo a la soledad. A veces en esas raras ocasiones me hago un café, luego lo bebo despacio y le miro a su cara: Ves, ya no te temo —exclamo.

Anuncios