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by j re crivello

Fred, el amigo íntimo del vecino, que en la esquina pasea su bolsita de aguas fecales desde que le operaron hace una semana, a veces se da la circunstancia que este señor a veces toca el timbre de los demás -a escondidas- para divertirse, pero además de esas lindezas y de ser amigo de Fred poco más.

Salvo una tarde que haciendo frio, acepte beberme una copa con ambos en el bar que está a 200 metros de casa. Allí solo entran hombres y detrás de la barra hay fotos de tías buenas      —como si fuera un bar de camioneros. Una vez dentro nos sentamos, uno frente al otro y Fred a un lado. La charla no pasaba de futbol, y que si este gana, y aquel es más bueno o que el actual entrenador del Barcelona es muy educado y sabe llevar a la tropa. Poco a poco me entraron ganas de marcharme.  Además la tercera cerveza les había calentado y una risa detrás de otra por chistes en los que nadie daría un duro. Hasta que… la voz ronca y plana del amigo de Fred comenzaría un largo monologo:

Hace unos años me pasó algo espectacular que no he contado a nadie. Con un amigo acepté ir a Andorra, de regreso los grises estaban escondidos en la carretera y nosotros veníamos con una furgoneta cargada de tabaco Winston. Al hacernos una señal el coche que abría para darnos seguridad se apartó dando el esquinazo, y nosotros que íbamos escuchando la radio no atinamos a ver más que una negrura inmensa de la carretera y sus laterales. Mi amigo dijo: ¡puta carajo! Y apretó el acelerador para continuar en aquella acera inmensa sin pensar que nos ocurriría. Dos disparos secos le abrieron la cabeza -la sangre y los sesos se pegaron al cristal. Logre sujetar el volante y mientras pude mantenerme en ruta intente zafar su pie del acelerador y suplirle por el mío. Detrás parecía que nadie nos seguía, aguante el tipo varios kilómetros hasta parar. Retire a mi amigo del asiento y lo traslade a mi sitio, luego limpie el cristal. Estaba frito. ¿Dónde ir? Esa ruta siempre la usábamos para contrabandear, pero mi colega era el único que conocía el contacto. El amigo de Fred hizo una pausa, luego pidió una cazalla con moscatel (1). En este bar la sirven en unos vasitos antiguos de un cristal ancho y tubular, que no mide más de 8 centímetros de alto y los paisanos la beben de una vez como en las antiguas pelis de cowboy.

—¿Y qué paso? -pregunto mi amigo.

—Decidí ir hasta mi casa que estaba a unos 30 kilómetros de allí, y metí la furgoneta en el garaje. “¿Y?” –interrogo el otro presente.

—Me encontraba aterrorizado. Se había roto la cadena del contacto y no tenía donde ir, ante lo cual decidí vender el género solo. Me duro tres años y con ello compre la casita donde me fui a vivir con mi mujer.

— Así tan fácil –dije con cara de desconfiado, para preguntar: ¿Y el muerto? Él nos miró fastidiado para decir: “¿y qué creéis?… ¿qué es un cuento? A mi amigo lo enterré en el patio de mi casa, su familia aún viene a ponerle flores”. Mire a Fred y al señor de la bolsa con las heces y me levante para irme. Dije:

#El Winston es un buen tabaco

 

NoTas:

(1)Diccionario de argot de las adiccionesJOSÉ-FRANCISCO LÓPEZ Y SEGARRA 1980-2005

Barrecha f. sing. Bebida alcohólica compuesta por una mezcla de cazalla o anís, y moscatel. Procedente de la palabra catalana “barreja” (mezcla).

 

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