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Calle Florida en 1925

Martin Alsa llega a Buenos Aires, el paso del tiempo le convertirá en el banquero más poderoso, agente secreto de los nazis y confidente de Evita. Este es un adelanto de esta potente novela que aún guardo en el cajón -j re

Había llegado a Buenos Aires hacia el 1925. Mi rostro aguantaba una nariz pequeña, de frente abierta, con unos ojos negros, un poco achinados. Las cejas pobladas me conferían un aire entre judío y mafioso. De complexión fuerte y más bien bajo, de orejas redondas y anchas, más de una vez, al cruzar una frontera, me apartaron para el control, pues les infundía temor y duda. Mi nombre: Martín Alsa. Mi padre me había bautizado con un nombre americano. ¡De película! Recuerdo que al llegar, Buenos Aires era una ciudad horrible, donde se mezclaban hasta 15 idiomas diferentes. Más de la mitad de los habitantes eran extranjeros a quienes el hambre les empujaba desde Europa. Para ellos, América era el futuro, la esperanza, una nueva vida. Del tópico se pasaba a la realidad, y esta era dura, una ciudad donde millones peleaban por la supervivencia. La estación de Constitución era un monstruo de hierro en el cual el interior vomitaba a miles de persona, siempre recuerdo sus apartados, donde un cartel ponía “salón de señoras”, y uno intuía un botín fresco de amores aun por nacer. En las largas avenidas los arboles daban un aspecto fresco y vital; y la agitación que les daban esos autobuses recién estrenados, uno de ellos el que me llevaba a Plaza de Mayo, con la matrícula 310059; o el puerto, lugar febril de ida y venida a Europa. En el primer hotel que estuve -El Continental-, ubicado en la Boca, barrio de italianos, las peleas nocturnas llegaban hasta mi puerta. Había cumplido 16 años, y no llevaba encima ni un centavo. El pasaporte era una falsificación de un primo que me agregaba tres años. Comencé a trabajar de ayudante de camarero, y era tan desastroso que todos los días la furia de mi patrón le llevaba a empujarme contra la pared y alzarme casi 1/2 metro del suelo. Por la noche regresaba exhausto a mi litera, allí solo estirado era capaz de imaginarme en un barco que se mecía sobre la furia de las olas. Fuera las putas y cafishos, se mezclaban con la clientela en busca de sexo.

Al llegar llevaba una fotografía de la persona a quien debía contactar, sin dirección, ni ninguna pista. Solo un rostro entre millones de habitantes. Él me daría protección y un mensaje. También me diría mi tarea.

En una de las primeras noches, había visto bajo mi cama unas luces amarillas, aquella visión quise interpretarla. Pregunté en varios sitios, todos respondían: -el Jockey Club-. Era el lugar de moda, donde los ricos mostraban su poder, imaginaba que allí estaría a quien buscaba. Al no poder entrar, decidí ir donde tiraban la basura, golpeé la puerta. La abrió un gigantón, huraño, su voz seca, me escamo con un grito:

— ¡No hay comida! ¡Busca en los cubos!

Le miré y saqué mi furia:

— ¡Vengo de parte de Luis Filippi, el de Savona! No puse decir nada más.

— ¿Qué quieres? Preguntó.

_Busco trabajo. Se retiró un poco hacia atrás, y volvió a gruñir: ¡Pasa! Vienen muchos mentirosos todos los días! –agrego-.  Hoy necesito un friegaplatos, ponte el delantal y trabaja… Estuve allí hasta las 4 de la madrugada y salí frito, vamos, casi muerto. Al llegar al hotel me tiré en la cama, esa noche no escuché a nadie. Había cumplido mi objetivo, estaba dentro, ahora debía encontrar al padrino.
—Dime chico: ¿Cómo te llamas?

1—¿Yo? Pues, Martín Alsa.

— ¿De dónde vienes? De Italia.

— ¿Cuánto hace que has llegado? “Un mes”.

—Mira te pagaré 6 pesos al mes (1), más la comida, y todo lo pase por delante de tus ojos al salir de aquí… no existe. El día que tú te vayas de la boca, paliza y calle. ¿Entendido? Su expresión al girar la mano fue explícita.

 

Alrededor de la montaña de platos, me giré, al fondo en unas escalinatas, se asomaba un hombre delgado, de tez blanca, nariz fina, el cabello rizado. Tendría muchos años. Iba vestido con un traje gris y una camisa azul con corbata roja. Me recordaba al de la fotografía. ¿Sería a quien buscaba? pero estaba muy consumido y con 50 años más. Hablaba con el Jefe de Cocina, a su alrededor se formaba un corrillo. Estaba estupefacto, sudaba, deseaba salir corriendo y decírselo. No sabía qué hacer, él abrió la puerta y se marchó.
¿Regresaría otro día?  ¿Debía preguntar por su nombre? Era bastante tarde, tal vez la una o dos de la madrugada, deje los platos, marché hacia el lavabo. Cuando estaba orinando, sentí una sombra que se colaba a mi lado. Me di vuelta, ¡Era Él! Parecía más pequeño, su nariz era larga, sus ojos hundidos y el cabello rizado bastante brillante. Le miré, un cierto temblor, se escoro a la derecha, él me observó y dijo:

—Tranquilo chico, ya estás aquí. Me alargó un papel, y dijo: esta es mi dirección, te espero mañana a las 10, en mi casa. Dejá los platos, eso es para un pobre diablo. Lee percibía un aura. Regresé a mi trabajo, en toda la noche no pude apartar de mí el recuerdo de su mirada tan directa. Al terminar de trabajar y antes regresar a mi hotel llevaba en mis manos el papel con la dirección, lo entreabrí, ponía Pueyrredon al 3000. Antes de dejar la sala  detuve a un camarero, describí a la persona y le pregunté por su nombre, me miró, se le escapó una carcajada grande y cristalina:

—Es el dueño, ¿no lo sabes?

— ¿Cómo se llama?

—Ludovico –contesto-. Estaba confuso, había venido a América a hacerme rico, no a perseguir un anciano de cabellos blancos.

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