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By J. re crivello

La máquina del tren, de aquellas de los años 20, posee una furia de leña y carbón y dos que le administran. Esa noche, soltaba un humo negro y turbio. Detrás colgaban un largo carguero, duros vagones de metal, oxidado y recio. Al ser petrolero, a ambos lados había un pasillo. La noche era fría, pendiente de la ceniza y el bosque de su contorno. En esa masa verde se abría sin más una vía dejada allí hace un siglo por los ingleses. Cuando la riqueza del país construyo en la selva y en el llano, un musculo que reventó en el Reino Unido con la crisis de la Baring Brothers. Desde hacía 100 años no le habían renovado. Su ruido indolente entraba por el centro de la Republica hasta dar en Bolivia. Si me dormía el suelo que corría debajo, amenazaba devorarme. Si seguía despierto el hollín lavaba mi cara. Aquella escena, daba un aire dantesco al permiso paterno esquivado desde hace unos días.

A los 16 años, nadie se escapa de su casa. A esa edad nadie es desvalijado por la tortura del comer, o del con quien hablar o que cama sufragar. Lo más real, es esta máquina que parte el monte en dos; o el árbol tropical de Tucumán. Este valle y los sucesivos son de los dueños de grandes haciendas, quienes no saben si morderle a uno en su pezuña o dejarle pasar hasta el fondo, allí arriba, un espacio alto y llano, donde cambiaran los verdes por los ocres prestados de la frontera boliviana. Este  es un sitio con miedo y furia, donde tejen los mandamases de la provincia -su futuro. Estos espacios de riqueza olvidada sufren  como el cacahuete prestado, aquel que se balancea con sabor amargo, si cae del lado de la pobreza, o dulce, si está recogido por el caudillo provincial.

Pero, ¿hacia dónde iba? Ni la noche tenía respuesta, ni la deuda en mi bolsillo. Por la mañana me atizarían el estómago. Me darían cuenta de un ocasional trabajo. O simple y hablado. Una mujer mayor y servicial me daría un plato de sopa. O, un diente de una mujer más puesta y rotunda, con un favor sexual remataria mi boca… de canela. Eran las 3. Habíamos comenzado una subida, la maquina pegajosa en su vaina, parecía triste de ver siempre al mismo camino.

Me desate de los laterales de hierro que contenían el vacío y me puse de pie. Decidí recorrer el vagón hacia atrás. Pase al siguiente, al final gire a la izquierda. De repente un tipo -olvidado en su demonio- se masturbaba. Su jadeo daba un son a la oscuridad. Al verme, escondió con prisa su sexo. De ser tan voraz, desapareció el apetito. Era mayor. Levante mi mano en disculpa y retrocedí. Regrese por la misma ruta a mi guarida. Ya no pude dormirme. Presentía, que el sueño el tipo me asaltaba. La noche se construyó larga y fina. Sostuve con fuerza mi macuto. Me concentré en que darían las siete y el sol despuntaría. Y así fue, inclusive detendrían la locomotora frente a una manguera alta y llena de agua. Estas naves de acero se alimentaban de carbón y agua. En este descansillo, los maquinistas me dejaron duchar. Un chorro de líquido marrón escapaba de la manguera, nade de alegría, luego me seque con mi toalla y regrese a los laterales del vagón. Con el día, aparecían los mosquitos, moscas y culebras. Mi colega de dos vagones atrás ¿habría desaparecido? Atado por una cuerda al acero, dormí un buen rato.

El viento y el sol empujaron con fuerza el resto de la jornada, llegue al sitio por la noche. El tren se detuvo. Una nueva Republica de cuerdas, aceites o monjas aburridas quizá esperaba. Decidí apostar por el fetiche, fui directo al convento. En esas casas de rezo, de plegarias, no hay infierno, pero alguna vez he sido capaz de encontrar una alterada compañía, que ya no reza, ni come, ni sueña, prisionera de un enjambre de culpas y deseos.

Nota: Tucumán, cuando tenía 16 años

 

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