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by j re crivello

Hace años, antes de casarme e ir joven y despreocupado, practicaba el ligue en los viajes. Eran momentos de espera en frías estaciones de tren, antes de subir a un nuevo caballo de hierro, merodeaba por los pasillos y siempre aparecía un alma solitaria parecida e igual a la de este actor. Luego no siempre acababa bien, pero aquel momento de cercanía y lucha por descifrar quienes éramos, latía escondido y protegido, algo tan sutil y bello que valía la pena.

Las grandes estaciones de los ferrocarriles son el plasma de la disidencia, donde viven animales ignorados por la gran ciudad, desde carteristas, a lobos solitarios, buscadores de amor sexual y viejos amantes como el descrito. En ese espacio donde habitan tranquilas señoras de paso o jóvenes estudiantes, o señores que van al trabajo, todos pasan sin tiempo para observar. Pero el que se detiene ¡descubre la fauna!

Que crece sin par… que duerme allí o tan solo pide una ayuda. Las hay de todos los colores:

Desde una estación Termini de Roma, refugio de chaperos, hasta la de Buenos Aires, que canaliza la ola de trabajadores que vomitan sus sueños, o la de Barcelona Sants, dominada por la fiebre de la ciudad de los prodigios, siempre en obras y creciendo para comerse toda la zona a su alrededor, o aunque me escape del tema, la de autobuses de Barcelona -con empedrado desigual -lo que le confiere un aura de misterio- donde por cierto, en la noche aún es posible ver el mundo canalla queriendo pispar a una extranjera solitaria y confiada.

Podríamos citar muchas más, pero ¿esto que tiene que ver con el sexo?

Las estaciones de tren, dan de si esa alegre y extrema sensación de hurto, paso, viaje sin saber dónde iremos, como el sexo juvenil de los amantes.

¡Desprevenido y caótico!

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