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by j re crivello

Esta madrugada se ha caído el cielo sobre Barcelona. A las seis he cerrado ventanas y mi gato medio mojado ha celebrado el ritual en el alfeizar.

_Llueve de muerte –ha dicho. Medio dormido y con calzones rojos le he respondido.

_Si no llovía nos moríamos. Ya tengo ganas que acabe este verano lleno de mosquitos, turistas y aburrimiento.

_ ¿El invierno te trae alegría? –pregunto Boris. Mi gato es nuevo en la zona, lo traje de casa de un amigo cuando mi otro gato Sam se marcho a San Francisco. No le conozco pasado, tal vez en esos ojos hay una mirada humana.

_Es que este verano ha sido muy abierto –respondo sin saber en qué lio me meto.

_ ¿Abierto?

_No sé… es una sensación. Me imagino con mi intimidad puesta al descubierto. A veces los inviernos son más íntimos: te puedes meter la manta hasta la cabeza, te escondes en una habitación y nada está abierto, el frio exterior rechaza las visitas y las cervezas de la terraza donde nos confiamos las vilezas o las torpezas ya no son tan diarias.

_ ¿O sea que tu amas la intimidad y la sencillez?

_Bueno. Quise replegarme. Fuera caía la de Dios. El jardincillo se doblegaba de agua y los truenos repetían que aquella masa de calor se había transformado en líquido. ¿Tú eres íntimo? –Pregunte-, para mi Boris era un gato nuevo y su silencio era diferente a Sam, tan extrovertido y faltón.

_Para mí lo íntimo es como un jabón de lujo –respondió y continuo- Te resbala suave, te cura, se adueña de tu presente.

_Tal vez –dije. Me había sentado en una parte del comedor al lado del alfeizar donde no lo hacía muy seguido. En mi interior bullía sal espesa y desabrida, antes de ponerme de pie agregue:

_Intimo… Este invierno lo convertiré en íntimo —me dije.

 

Notas, Ver otras charlas con mi gato Sam Dirck

 

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