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By Conchi Ruiz

Tras la muerte de mi madre, mi padre,  viajante de comercio, me envió a vivir con sus primas, Brenda y Dolly Talbo, dos hermanas solteronas. Hasta entonces no se me había permitido visitarlas y por razones que nadie supo con certeza, Brenda y mi padre no se dirigían la palabra. Posiblemente mi padre le pidiera dinero prestado y ella se lo negó, o es posible que Brenda le hiciera un préstamo y él no se lo devolviera, lo cierto es que era un tema de dinero pues nada les importaba tanto sobre todo a ella, la mujer más rica del pueblo. Bien, el caso es que mi padre dijo que jamás pondría los pies en su casa y se dedicó a difamar a sus primas, de Brenda que era morfinómana y en cuanto a Dolly algo tan ridículo que hasta a mamá le pareció demasiado. Creo que mis padres estaban muy enamorados porque cada vez que tenía que irse de viaje, mamá lloraba. Se casó con 16 años y murió antes de los 30. La tarde en que murió, mi padre sin dejar de gritar su nombre, se arrancó la ropa y se puso a correr desnudo por el jardín.

A día siguiente del entierro Brenda llegó a casa. Era bonita y flaca como un palo, pelo corto y canoso y pómulos delicados. Abrió la puerta y entró sin vacilar y se quedó parada mirando a su alrededor. Papá se había dedicado a romper después del funeral, todo lo que tenía por delante contra el suelo, la pared, o las escaleras. Brenda recorrió con la mirada aquel caos.

— He venido a hablar contigo— dijo con fría cordialidad.

— Sí, siéntate. Suponía que vendrías

Esa misma tarde vino Catherine, la amiga de Dolly, a recoger toda mi ropa. Papá me llevó en el coche a la casa impresionante y sombría de Talbo Lane. Al marcharse no dejé que me abrazara, tenía miedo de él y ahora lo siento de veras porque unos días después su coche derrapó y se precipitó desde una altura de 20 metros. Cuando volví a verle, le habían puesto dólares de plata en los ojos para que se cerraran con el peso.

 

Excepto para decirme que era muy bajito para mi edad, once años, siempre había pasado desapercibido y ahora todo el mundo al verme decía ¡Pobrecito Kevin! ¡Qué pena! y yo me hacía el apesadumbrado porque sabía que era lo que gustaba a la gente. Y en la escuela saqué las notas más altas, cosa que nunca había ocurrido.

Por fin y ya más calmado, conocí la existencia de Dolly y cuando lo hice, me quedé prendado de ella. Era una de esas personas capaces de disfrazarse de objeto en una habitación o de sombra en un rincón. Calzaba zapatos silenciosos y trajes sencillos hasta los tobillos. El pelo rubio y canoso se lo recortaba constantemente con las tijeras de podar. Catherine vivía en una casita blanca en el jardín de la casa, era de África y tenía la piel tan negra que destacaba de entre los girasoles y decía que era india y vestía como igual que ellos. Nadie entendía lo que decía, solo Dolly, le faltaban casi todos los dientes y Brenda solía decirle: “Maldita sea, Catherine, si no hay manera de entenderte vete al doctor para que te ponga algunos dientes en la boca”. Sólo Dolly la entendía.

Nos hicimos amigos Catherine, Dolly y yo. Tenía 11 años y de repente tuve 16. No hubo notas muy brillantes, pero fueron unos años muy agradables.  Los domingos nos íbamos los tres al bosque a coger plantas y troncos para las medicinas que preparaba Dolly para todo tipo de enfermedades, primero las regalaba y era tanta la demanda que muy sabiamente pensó en tener beneficios, empezamos a recoger de la casa botellas de plástico, ellas hervían un caldero enorme de agua y removían la mezcla el tiempo conveniente que Dolly creyera, yo era el encargado de los tapones y como darle la forma al corcho era muy lento y aburrido, acabé con tapones de papel enroscado, poniendo a continuación a unas cajas de madera cuidadosamente colocadas las botellas. Brenda no sabía nada de ésto porque jamás entraba en la cocina y comía sola en el gran comedor, lo que nos hacía felices a los tres. Una noche en el jardín pusimos el caldero que estaba hasta arriba para un gran pedido y la sombra apenas visible de Brenda se me clavó en los ojos, nos vigilaba. Dolly raramente aguantó su rabia cuando bajito se lo dije y Catherine dijo algo pero lógicamente no la entendí y menos hablando bajito. Y pasaron varios días cuando Brenda nos contó que iba a Chicago a unos asuntos. Nos extrañó porque no salía de la casa más allá de la iglesia y los entierros, aborrecía las bodas, pasada la sorpresa nos alegramos de su marcha porque adelantaríamos el trabajo, que iríamos al bosque todos los días y que las misas las escucharíamos más adelante todas juntas.

Una semana después apareció la tía Brenda y no sola, con un señor altivo, con corbata de lazo y aspecto adinerado que inclinaba la calva para saludar a todos los que pasaban a su lado. Se hospedó en el hotel más lujoso del pueblo, en realidad solo había ese, los demás eran hotelitos. Brenda nos dio la noticia, era el doctor Norton de Chicago que había llegado a un acuerdo con ella para analizar y patentar las medicinas de Dolly. Yo no me atrevía a mirar su cara, pero me la imaginaba de todos los colores menos su blancura habitual.

— Kevin, Catherine, dejarnos solas. Kevin subió rápido las escaleras y busco una rendija para saber lo que estaba ocurriendo.

— Todo esto lo hago por ti ¡solo por ti!— estaba diciendo Brenda

— ¿Todo por mí?— su voz sonaba triste— Tú eres de mi propia carne y te amo, pero no me quites lo único que es mío, deja que eso me pertenezca. Siempre dices que nos has dado todo a Kevin, Catherine y a mí, pero creo que nos lo hemos ganado manteniendo la casa cuidada y en orden ¿no es verdad?

— ¡Oh, una casa cuidada, tú y ese tonto escandaloso ¿sabes por qué no invitaba a nadie a esta casa? Pues por una razón, ¡estoy avergonzada de vosotros! Pude oír el profundo suspiro de Dolly.

— Lo siento, de veras que lo siento, pensé que nos necesitabas. Nos marcharemos

— ¡Pobre Dolly! ¡Pobre infeliz! ¿Adónde vais a ir?

La respuesta llegó, tan frágil como una polilla.

— Conozco un sitio.

 

 

Era una noche de septiembre pero me desperté y Dolly estaba junto a mí. Empezaba a amanecer.

— Chist Kevin, sólo quería que supieras adónde nos vamos.

— ¿A la casa del árbol?— dije y Dolly afirmó con la cabeza.

— Y no te olvides del peine.

El reloj del pueblo estaba dando las campanadas, cuando daba la quinta Kevin ya llevaba sus ropas puestas. Catherine se nos unió con una gran bolsa de plástico. Tenía los ojos hinchados, había estado llorando. Sigilosamente cruzamos el jardín y salimos de la casa y caminamos al bosque. El árbol parecía un cuenco lleno de todas las fragancias de septiembre. “Se va a caer y nos vamos a romper la cabeza”: —dijo Catherine. Pero no fue así y ella, a pesar de su abundante trasero, no tuvo dificultad para subir la escalera y al llegar arriba abrió la gran bolsa de hule y sacó el desayuno, todas las sobras de la cena del domingo con el desencantado doctor de Chicago que se marchó sin las fórmulas de Dolly y el desencanto de su negativa.

 

Al día siguiente el pueblo entero conoce la noticia a través de un joven cazador. Brenda pone una denuncia de la desaparición de “sus seres queridos” y la posible locura de su hermana. El Sheriff fue autorizado por Brenda por alegar que se habían llevado joyas y cosas de valor, así que ésto fue puesto en conocimiento del juez y como no, del Reverendo Caster para interferir con Dios y salvar su almas cuando vivía junto a una condenada de envidias y críticas, la de su esposa. Todos fueron al árbol. Trataron por todos los medios de palabras y obra sacudiendo el árbol, de hacerlos bajar. Dolly les ofreció muslos de pollo y pasteles un poco secos ya. Solo el juez aceptó, subió al árbol, colgó su reloj de oro en una rama y dejó pasar las horas sin decidirse a marchar.

— Dos mujeres solas con un chico joven a merced de la noche y la estupidez del Sheriff imposible de saber hasta dónde puede llegar. Me quedo con ustedes. — Y nunca se marchó.

 

La reconciliación.

 

Brenda después de varios meses, cuando aquel septiembre quedaba muy lejos y las lluvias desaparecen, cuando las estrellas empiezan a jalonar los cielos, fue hasta el árbol y subió a él. Todos guardaron silencio y las miradas de las hermanas quedaron fijas haciendo salir las palabras calladas.

— Quiero que vuelvas Dolly, pero no eres la misma

— Te equivocas, he seguido tu consejo y he dejado de agachar la cabeza, te dedicamos nuestras vidas Catherine y yo; y resultó muy doloroso saber que habíamos desperdiciado nuestro tiempo.

— Si, lo sé. No me encuentro bien, soy una mujer enferma, de veras, Dolly

— Nunca pensé que tendría que decirte que yo también me avergonzaba de ti.

Yo observaba la escena y miraba la cara del juez que había perdido el color y sus ilusiones de cumplir su sueño junto a Dolly.

— No recojáis nada, dejad todo aquí, es hora de marcharnos— la voz de Dolly sonó sin matices.

Atrás quedaba la hierba húmeda, el árbol gigante donde seguramente se resguardarían de las lluvias los pájaros que nos despertaban por las mañanas. Atrás quedaba un gran trozo de mi vida que me enseñó a no agachar la cabeza y a no levantarla demasiado.

 

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