7cd346594769757cd80a1378c45c538a

Silvia Salafranca

Ordenando el trastero he desempolvado las fotografías guardadas con cariño en el baúl, los gratos recuerdos me han llenado de nostalgia, quieta, respirando los años pasados y volando por mi memoria muchas anécdotas. Añorando los paseos por el pueblo, ese que de tan pequeña me alejaba de mis amigos de la urbanización  pero que finalmente, me colmó de tantos bonitos momentos.

Cierro el trastero subiendo a mi vivienda con una pequeña caja. Al abrir, encuentro el recibimiento de mis dos fieles amigos que desconocen cuanto he podido permanecer fuera pero que jamás me fallan, ellos se volvieron de aquel pueblo conmigo siendo cachorros y ahora viejos, se tumban a mi regazo mientras desde el sofá miro con más calma cada fotografía y sonrío.

La loca de los animales me llamaban pero no podía ser de otro modo, que se podía esperar de un minúsculo lugar con veinte casas de pueblo, diez habitantes como mucho (puede que en verano fuésemos en algún momento más) de los cuales seis estaban jubilados, dos eran mis padres y solo me encontraba yo con 12 años y el nieto de la señora Matilde de 14 años.

Creo que los dibujos que hacemos de paisajes de pequeños, lo pintan, unas cuantas casitas contadas, un rio atravesando las montañas y un enorme sol iluminando los verdes.

Sin embargo éramos muchos, el pueblo estaba habitado por muchos perros y gatos. En más de una ocasión el pastor, creo que se llamaba Evaristo, del pueblo colindante,  hacia parada en nuestro rio con su enorme rebaño de ovejas. Casi siempre nos quedábamos José (el nieto de la señora Matilde) y  yo, perdidos entre ellas; nos encantaba jugar al escondite cuando Evaristo las hacia bajar y al final la oveja negra me descubría siempre pegando brincos donde yo estaba.

Ahora con mis 27 años y mis fieles canes (que de cachorros se vinieron conmigo) sigo pasando las fotografías y sonrío, cuando llegue Jorge del trabajo le diré de nuestra próxima escapada, no puedo estar recordando con tantas sonrisas y no volver a ir allí.

Entonces la pena me invade porque no llego a saber si alguien todavía existirá, es difícil que José se pueda encontrar allí pero supongo que los perros y gatos serán más, muchos más. Por lo menos cuando era pequeña ninguno de ellos estaba castrado y de ser así, me imagino a todos como en su día, corriendo por los montes mullidos, sin miedo a los pocos de aquella aldea ya que esos pocos, se encargaban de cuidarlos.

Me viene a la cabeza mi madre “ainsssssss la loca de los animales… ¿Puedes comer algo más del plato antes de sacarles todo eso a ellos? “  Que paciencia tenían los dos conmigo, ahora mirando cada imagen les echo de menos, pero claramente sin tener que ver nada, ese sentimiento existe. Los accidentes existen desgraciadamente y ellos tuvieron que correr esa suerte. Ya asimilé en estos tres años la situación y ahora tumbada en el sofá sonrío, un pequeño pueblo que me alejaba de la urbanización donde estaban mis amigos me hacia disfrutar más que nunca.

Me encantaba ver al señor Damián con su boina permanente en la cabeza al igual que su palillo asomando en la comisura de los labios, lleno de sabios refranes mientras que la señora Matilde le perseguía para contarle todo lo sucedido con el resto de habitantes del pueblo. Que eran cuatro gatos de habitantes por personas y un arsenal de animales para acompañarnos.

Todo se conocía, no hacía falta televisión alguna, ni tan siquiera encontraba el hueco para poder pensar en cada puente o vacaciones, en todas las comodidades que no disponíamos allí.

Si los pajarillos me entretenían justo abrir los ojos, ahora esperando a mi marido en mi piso de Madrid, me siento sola, porque las vecinas no sacan sus sillas a la puerta de la calle para hablar, ahora la que te habla, es peor que la señora Matilde porque luego utilizan sus malas artes para ponerte verde por detrás.

La puerta entonces se abre.

̶  Cariño ¿dónde estás?

̶  Aquí, ¡corre ve! ̶ le digo a Jorge más que ilusionada mientras que le muestro las fotos del pueblo y sin opción alguna le digo que el fin de semana iremos allí. No ha podido decirme que no y le beso con cariño mientras que le digo:

̶ ¡Sé que te encantará!

Dicho y hecho el GPS nos está llevando a los cuatro con algo de equipaje para pasar el fin de semana, parando a un tercio de camino para que Tobi y Lara hagan sus necesidades. Yo estoy encantada solo de pensarlo aunque hace bastante que el camino me parece completamente otro.

Entonces a 5km del destino, comprendo que nada será el pueblo que yo recordaba, observo en el valle un impresionante pueblo que posiblemente sea el mío a pesar de que no tiene nada que ver con lo que mi memoria me sacaba tanta sonrisa. ¡Allí está!… el cartel que nos mete en mi tranquilo pueblo tan alejado de aquella realidad. Una alta iglesia es rodeada por multitud de casas y por más que miro por las calles… solo observo a personas, muchos mayores y muchos no tanto. Una ciudad introducida en un pueblo que estaba metido en la paz y ningún perro o gato recorriendo sus innumerables calles que antes se podían pintar en un pequeño folio. Ahora le pido a mi marido que no pare a pesar de llevar las llaves de la casa de mis padres en el bolso, a pesar de saber perfectamente donde se encuentra aquella casa, puesto que es la única antigua en aquel lugar que ya no considero mi pueblo, y la única razón que hace que lo sienta algo mío, es el lugar donde le hago parar pasando un puente que ni existía y aparcando en un pequeño parking marcado, que claramente tampoco estaba. Nos bajamos y le abrazo mientras veo a Tobi y Lara, bañarse en aquel rio que pinta los paisajes y las montañas.

 

Anuncios